Yo te veo, Señor, en las montañas
que soberbias se miran en su altura,
dó reciben la luz con que las bañas,
antes que este hondo valle de tristura;
y en el último y lánguido reflejo,
que recogen del día moribundo,
cuando su altiva cumbre es el espejo
de las sombras que caen en el mundo;
y en su color azul y nieve fría
que oculta la preñez de los volcanes,
como encubre falaz hipocresía
de infame corazón pérfidos planes.
Que tú les das la niebla matutina
que se pierde por leve y vaporosa,
tú les enciendes llama que ilumina,
tú su cráter entibias y reposa.
Desataste en sus cimas y pendientes,
para calmar la sed de los mortales,
las cristalinas venas de las fuentes
y escondiste en su seno los metales.
Mas ellos ambicionan el tesoro
que previsión de un padre les encierra,
no pueden apagar la sed del oro
y rompen las entrañas de la tierra.
¡Metal de execración! ¡metal maldito,
cuya pálida luz cegó los ojos,
doró deformidades del delito
y alumbró los desórdenes y enojos!
Yo te veo, Señor, en los breñares
poblados de malezas muy bravías,
en los altos, difíciles lugares,
dó el águila renueva largos días,
el águila que es hija de los vientos,
con su nido que es campo de batalla,
lleno de los despojos más sangrientos
del vulgo de las aves que avasalla,
sombría como el sitio donde habita,
de furibundos ojos y de garras
duras como las peñas que visita,
corvas como moriscas cimitarras.
Que tú para cortar los aquilones
la fuerza muscular le diste en prenda;
te busca por las célicas regiones,
por eso mira al sol como a tu tienda.
Tú contaste sus plumas más ligeras,
como cuentas los árboles y frutos,
los átomos que cruzan las esferas,
y hasta la eternidad por sus minutos.
Yo te veo en el mar: en la ola verde,
azul, o sonrosada que camina,
que con orla de aljófares se pierde,
mientras otra más alta se avecina.
También cuando lo tienes en bonanza,
para el pequeño alción que a sus cristales
fía su hermosa prole y su esperanza,
mientras atas furiosos vendavales.
Y en el cetáceo enorme que entre hielos,
que muros de cristal pueden decirse,
alza dos ríos de agua hasta los cielos,
y agita el mar del norte al rebullirse;
que herido del arpón, iras alienta,
con su sangre las aguas enrojece,
y las pone agitadas en tormenta...
¡Tanto puede su mole que padece!
Tú le diste los mares por presea
donde tenga por lecho las bahías
el boreal y antártico pasea;
por abismos de espuma tú le guías.
Yo te veo, Señor, en el insecto
que busca en la camelia nido y casa,
con las galas de adorno tan perfecto
que unas púrpura son, otras son gasa;
y en el que enamorado de su pompa
se contempla en la fuente bulliciosa,
y en el que chupa almíbar con su trompa,
y en el que se adormece en una rosa;
y el que queda suspenso ante las ovas
mecido en equilibrio con las alas,
y al parecer les canta dulces trovas
que solo entiendes tú que a ti te igualas;
y en el reptil que turba ninfas puras,
que por su cauce nítido se alegra,
y el que por las musgosas hendiduras
asoma su cabeza verdinegra.
Tú has vestido de flores las colinas
cual nunca Salomón se engalanara,
cuando a ruego de hermosas concubinas
ídolos en los bosques adorara.
Tú has dado los aromas y canelas,
papagayos hermosos y parleros,
búfalos, elefantes y gacelas,
cedros, palmas, acacias, bananeros.
Que tú eres el principio de ti mismo,
sin contar el origen de tus días,
grande en la inmensidad y en el abismo,
dios de eternas venturas y alegrías.
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LA ODALISCA – JUAN AROLAS
¿De qué sirve a mi belleza
la riqueza,
pompa, honor y majestad,
si, en poder de adusto moro,
gimo y lloro
por la dulce libertad?
Luenga barba y torvo ceño
tiene el dueño
que con oro me compró,
y al ver la fatal gumía
que ceñía,
de sus besos temblé yo.
¡Oh, bien hayan los cristianos,
más humanos,
que veneran una cruz,
y dan a sus nazarenas
por cadenas
auras libres, clara luz!
Ellas al festín de amores
llevan flores,
sin velo se dejan ver,
y en cálices cristalinos
beben vinos
que aconsejan el placer.
Tienen zambras con orquestas,
y a sus fiestas
ricas en adornos van,
con el seno delicado
mal guardado
de los ojos del galán.
Más valiera ser cristiana
que sultana
con pena en el corazón,
con un eunuco atezado
siempre al lado,
como negra maldición.
Dime, mar, que me aseguras
brisas puras,
perlas y coral también,
si hay linfa en tu extensión larga
más amarga
que mi lloro en el harén.
Dime, selva, si una esposa
cariñosa
tiene el dulce ruiseñor,
¿por qué para sus placeres
cien mujeres
tiene y guarda mi señor?
Decid, libres mariposas,
que entre rosas
vagáis al amanecer,
¿por qué bajo llave dura,
sin ventura,
gime esclava la mujer?
Dime, flor, siempre besada
y halagada
del céfiro encantador,
¿por qué he de pasar un día
de agonía
sin un beso del amor?
Yo era niña, y a mis solas
en las olas
mis delicias encontré;
de la espuma que avanzaba
retiraba
con temor nevado pie.
Del mar el sordo murmullo
fue mi arrullo,
y el aura me adormeció:
¡triste la que duerme y sueña
sobre peña
que la espuma salpicó!
De la playa que cercaron
me robaron
los piratas de la mar:
¡ay de la que en dura peña
duerme y sueña,
si es cautiva al despertar!
Crudos son con las mujeres
esos seres
que adoran el interés,
y, tendidos sobre un leño,
toman sueño
con abismos a sus pies.
Conducida en su galera,
prisionera,
fui cruzando el mar azul;
mucho lloré, sordos fueron;
me vendieron
al sultán en Estambul.
Él me llamó hurí de aroma
que Mahoma
destinaba a su vergel;
de Alá gloria y alegría,
luz del día,
paloma constante y fiel.
Vi en un murallado suelo
como un cielo
de hermosuras de jazmín
cubiertas de ricas sedas;
auras ledas
disfrutaban del jardín.
Unas padecían celos
y desvelos;
lograban otras favor.
Quién por un desdén gemía,
quién vivía
sin un goce del amor.
Mil esclavas me sirvieron
y pusieron
rico alfareme en mi sien;
pero yo siempre lloraba
y exclamaba
con voz triste en el harén:
«¿De qué sirve a mi belleza
la riqueza,
pompa, honor y majestad,
si, en poder de adusto moro,
gimo y lloro
mi perdida libertad?».
A UNA BELLA – JUAN AROLAS
Sobre pupila azul, con sueño leve,
tu párpado cayendo amortecido,
se parece a la pura y blanca nieve
que sobre las violetas reposó;
yo el sueño del placer nunca he dormido:
sé más feliz que yo.
Se asemeja tu voz en la plegaria
al canto del zorzal de indiano suelo,
que sobre la pagoda solitaria
los himnos de la tarde suspiró;
yo solo esta oración dirijo al cielo:
sé más feliz que yo.
Es tu aliento la esencia más fragante
de los lirios del Arno caudaloso,
que brotan sobre un junco vacilante
cuando el céfiro blando los meció;
yo no gozo su aroma delicioso:
sé más feliz que yo.
El amor, que es espíritu de fuego,
que de callada noche se aconseja
y se nutre con lágrimas y ruego,
en tus purpúreos labios se escondió;
él te guarde el placer y a mí la queja:
sé más feliz que yo.
Bella es tu juventud en sus albores
como un campo de rosas del Oriente;
al ángel del recuerdo pedí flores
para adornar tu sien, y me las dio;
yo decía al ponerlas en tu frente:
sé más feliz que yo.
Tu mirada vivaz es de paloma;
como la adormidera del desierto
causa dulce embriaguez, hurí de aroma
que el cielo de topacio abandonó;
mi suerte es dura, mi destino incierto:
sé más feliz que yo.