Quizás no has existido
pero estás aquí, después de dos mil años
entrando en esta lámina.
Ven ahora, cuando se entrega negra la tiniebla
y negra es la muerte de los mansos.
Una niña enferma arrastra a su padre
hacia tus pies.
Archivos Mensuales: julio 2023
El abuelo – Nicolás Guillén
Esta mujer angélica de ojos septentrionales,
que vive atenta al ritmo de su sangre europea,
ignora que en lo hondo de ese ritmo golpea
un negro el parche duro de roncos atabales.
Bajo la línea escueta de su nariz aguda,
la boca, en fino trazo, traza una raya breve,
y no hay cuervo que manche la solitaria nieve
de su carne, que fulge temblorosa y desnuda.
¡Ah, mi señora! Mírate las venas misteriosas;
boga en el agua viva que allá dentro te fluye,
y ve pasando lirios, nelumbios, lotos, rosas;
que ya verás, inquieta, junto a la fresca orilla
la dulce sombra oscura del abuelo que huye,
el que rizó por siempre tu cabeza amarilla.
Será – Elvira Sastre
Será que por ir contracorriente
hemos acabado mirando en la misma dirección,
que mientras la gente nos llenaba de excusas
tú y yo solo pensábamos en besarnos,
que justo cuando el mundo se quedaba sin palabras
nos llenamos la boca con acentos de otro mundo
y en cierto modo lo salvamos
-nos salvamos-,
y nos dio a nosotras en compensación.
Será que me levantaste la mirada del suelo
mientras tú mirabas al cielo
y el choque fue algo así con implosionar
pero de ti para mí,
y viceversa.
Será que me acariciaste así,
como si fuera de mi cuerpo
terminarán los límites de esta ciudad,
y quise quedarme a vivir en tus manos
más de lo que dura un beso.
Será que no nos esperábamos
y por eso ahora no nos vamos,
porque lo bonito de esto
es ver que la sorpresa sigue ahí
cuando abres los ojos
Haces de luz – Esther Giménez
Recuerdo que una vez te di un poema
con los ojitos prietos y asordado,
que aún no llegaba a ser, que era un poema
en estado embrionario.
Se haría de mayor un buen soneto.
Qué habría sido de él si a cada paso
torpe y atropellado, si al boceto
de cada simple hallazgo
no lo esperara un molde de sorpresa,
de asombro rescatado, tu crisol
tallando calabazas en calesa
como quien ve algo nuevo bajo el Sol.
Y al fin creció y se alzó de entre el tumulto;
se irguió luciendo altivo el capirote
de las maneras propias del adulto:
a ser sin ser y a hacer sin que se note.
Pero cuando la luz de la mesilla
-tu lámpara genial, tu falsa luna-
se apaga a largo trecho de la orilla
y vuelve El Coco raudo hacia la cuna,
le apremian veinte toques en el hombro:
¿por qué no das la luz de un nuevo asombro?
Igual que un niño entre rosales canto… – Juan Ramón Jiménez
Igual que un niño loco, entre rosales, canto,
mirando al cielo azul, canciones sin sentido,
el ritmo es de abandono y la rima de llanto,
hablan de sed, de viento, de ceniza y de olvido...
Dulces niñas sin nombre, que, al nacer, se perdieron
con los pies hechos sangre en no sé qué recodo;
llores sin madre, blancas, que un día se cayeron,
de manos descuidadas, en abismos de lodo...
Música envilecida que no pudo ser pura,
coronas que se hicieron de negror y de espinas.
mariposas de luto, que estelan de amargura
un hastío abrileño de doradas ruinas...
Despedida – Rafael Cadenas
Nuestras inscripciones fueron barridas,
nuestros lugares devorados por la arena,
nuestras fiestas convertidas en fogatas que avientan su ilusorio mediodía.
Contemplamos la devastación.
Todas las creaciones de nuestros ojos
se hunden.
Respiramos
separación. El cisma
es nuestro
refugio.
No hay luz que nos enlace
pero una vez
corrió el licor abandonado,
desconocidas fuerzas de unión
manaron para marcar a fuego
toda la vida.
Ahora
quiero sentir sobre mí la alianza
que anonadó nuestros rostros.
Devuélveme el fulgor
y los ojos que le pertenecen.
El vino se ha eclipsado.
Los días de los amantes también pasan.
Excelencia de lo vivo sobre lo vivido.
Costa que se aleja,
puedes
darme el poder
de vivir en otra parte.
Qué será ser tú – Ana Rossetti
Qué será ser tú.
Este es el enigma, la atracción sobrecogedora
de conocer, el irresistible afán de echar el ancla
en ti, de poseerte.
Qué será la perplejidad de ser tú.
Qué, el misterio, la dolencia de ser tú y saber.
Qué, el estupor de ser tú, verdaderamente tú y,
con tus ojos, verme.
Qué será percibir que yo te ame.
Qué será, siendo tú, oírmelo decir.
Qué, entonces, sentir lo que sentirías tú.
Maternidad – María Elvira Lacaci
La venía mirando, penetrando
mi alma,
aquella su palidez hiriente. Macilenta.
Sus ojos,
desbordadas laguas de cansancio o de hambre.
Sus manos,
ennegrecidas y a la vez gastadas.
Sus pómulos
que parecían desprenderse vivos
de su reseca cara
conformada
al hálito podrido de donde emergía.
Sus zapatos, su ropa...
Y yo sentí el dolor de aquella vida (una mujer de apenas treinta
años)
que solamente a Dios le dolería.
Y su miseria floreció en mis ojos,
trepó por mi garganta
y, adherida,
tembló sobre las fibras de mi pecho.
Alguien —fue un varón del Metro—
se levantó para cederle el asiento.
Pude verle de frente
su tan redondo vientre. Palpitante. Y...
súbitamente
sentí la gran belleza de su carne
erguirse luminosa
sobre toda razón de sufrimiento.
Mis pupilas,
brillantes y entregadas,
la veían,
ahora,
con derecho a existir. Junto a los otros.
Obertura – Félix Grande
Has sido aquí infeliz y alguna vez dichoso.
Muchos años son ya recorriendo estas calles.
Como un verdín, tu historia se sumerge en los muros:
junto a ellos has amado y vomitado y muerto.
Derramaste tu insomnio como ardiendo o borracho
en las plazas vacías, clementes, silenciosas.
¿De qué huías errabundo por la ciudad? ¿Qué buscas
errabundo hoy, entre la suma de tus fugas?
Estos ancianos edificios, estas aceras
preservan tu fantasma. Las gentes se retiran,
la oscuridad adormece a las calles, y quedas
solo, entre vagas luces, solo entre vagos años.
Desesperado y lentamente, con emoción
caminas en la noche llena de levadura.
Se diría que escuchas un órgano: es el mundo
y el tiempo, y un sonido de ilusión y orfandad.
Desamor – Blas de Otero
Cuando tu cuerpo es nieve
perdida en un olvido deshelado,
y el aire no se atreve
a moverse por miedo a lo olvidado;
y el mar, cuando se mueve
e inventa otra postura,
es solo por sentirse de este lado
más ágil de recuerdos y amargura.
Cuando es ya nieve pura,
y tu alma señal de haber llorado,
y entre carta y besos
amarillos suspiras porque, al verlas,
no te serán ya ésos
más que —pendientes de los ojos— perlas;
y los rosas ilesos,
y los blancos sin roce,
entre cintas desnudas, enterradas,
reavivan el goce
triste de ver ya frías, desamadas,
las prendas y el amor que aún las conoce.
Entonces a mí puedes
venir, llegar, oh pluma que deriva
por los aires más solos:
yo tenderé y tiraré hacia arriba,
altos sueños, mis redes,
para que eterna, si antes fugitiva,
entre mis alas, no en mis brazos, quedes.