Muerte en el olvido – Ángel González

Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.

                         Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva 
mi carne, pero será otro hombre 
—oscuro, torpe, malo— el que la habita...

Hablo con mi madre – Antonio Gamoneda

Mamá: ahora eres silenciosa como la ropa		
del que no está con nosotros.		
Te miro el borde blanco de los párpados		
y no puedo pensar.		

Mamá: quiero olvidar todas las cosas		
en el fondo de una respiración que canta.		
Pasa tus manos grandes por mi nuca		
todos los días para que no vuelva		
la soledad.		

Yo sé que en cada rostro se ve el mundo.		
No busques más en las paredes, madre.		
Mira despacio el rostro que tú amas:		
mira mi rostro en cada rostro humano.		

He sentido tus manos.		
Perdido en el fondo de los seres humanos te he sentido		
como tú sentías mis manos antes de nacer.		

Mamá, no vuelvas más a ocultarme la tierra.		
Ésta es mi condición.		
                   Y mi esperanza.

Homenaje – Luis Cernuda

Ni mirto ni laurel. Fatal extiende
Su frontera insaciable el vasto muro
Por la tiniebla fúnebre. En lo oscuro
Todo vibrante un claro son asciende.

Cálida voz extinta, sin la pluma
Que opacamente blanca la vestía,
Ráfagas de su antigua melodía
Levanta arrebatada entre la bruma.

Es un rumor celándose suave;
Tras una gloria triste, quiere, anhela.
Con su acento armonioso se desvela
Ese silencio sólido tan grave.

El tiempo, duramente acumulando
Olvido hacia el cantor, no lo aniquila;
Su voz más joven vive, late, oscila
Con un dejo inmortal que va cantando.

Mas el vuelo mortal tan dulce, ¿adónde
Perdidamente huyó? Deshecho brío,
El mármol absoluto en un sombrío
Reposo melancólico lo esconde.

Qué paz estéril, solitaria, llena
Aquel vivir pasado, en lontananza,
Aunque trabajo bello, con pujanza
Surta una celestial, sonora vena.

Toda nítida, sí, vivaz perdura,
Azulada en su grito transparente.
Pero un eco es tan solo; ya no siente
Quien le infundió tan lúcida hermosura.

KERALA – Verónica Aranda

VEO morir las tardes junto al mar
desde una baranda en Travancor
en donde leo a Borges. Hay jardines
con perros color luna y bibliotecas.

La memoria, sus plazas de palomas,
el desembarco de los portugueses,
la noche de Panjim, sin ataduras,
en que bebí licor mal destilado,
y este amor que se acaba lentamente
al igual que las tardes junto al mar,
bajo la tenue luz de salones de música
y la frondosidad de las palmeras.

Porque temer la noche
no es tan sólo un oficio de cobardes
o viajeros ociosos.
Es pensar en las celdas de septiembre
e ir por tu cuerpo como por las viñas:
la embriaguez transitoria y luego el desarraigo
como única forma de regreso.

Veo morir las tardes junto al mar,
con miedo a la palabra y sus astillas.
El doble filo de la dualidad
nos hace vulnerables
más allá del ocaso y de los patios
con la ropa tendida.

Las buenas intenciones – Carlos Marzal

Como, mal que le pese, uno en el fondo es serio,		
debe dejar escrita su opinión del oficio		
(los muertos aplicados dejan su testamento		

aunque a los vivos, luego, no les complazca oírlo).		
Hablo con la certeza de que mis impresiones		
serán para los tristes una fuente de alivio.		

¿Me estará agradecida la juventud del orbe,		
siempre desorientada y falta de modelos,		
y me idolatrarán los investigadores?		

Escribo, simplemente, por tratarse de un método		
que me libra sin daño (sin demasiado daño)		
de cuestiones que a veces entorpecen mi sueño.		

Por tanto, los poemas han de ser necesarios		
para quien los escribe, y que así lo parezcan		
al paciente lector que acaba de comprarlos.		

Se me ocurre, además, que trato de dar cuenta		
de una vida moral, es decir, reflexiva,		
mediante un personaje que vive en los poemas.		

Esas ciertas cuestiones que he mencionado arriba		
son las viejas verdades que a la vida dan forma,		
y la forma en que urdimos nuestras viejas mentiras.		

Ahora bien, reconozco que no sólo me importan		
estas pocas razones. Escribo por capricho,		
y por juego también, para matar las horas.		

Porque puede que sea un destino escogido,		
pero también, sin duda, para obtener favores		
de algunas señoritas amigas de los libros.		

Me es grata la figura del artista de Corte,		
riguroso y mundano, descreído y profundo,		
que trata por igual la muerte y los escotes.		

Sobre qué es poesía nunca he estado seguro;		
tal vez conocimiento, o comunicación,		
o todo juntamente. Lo cierto es que el asunto		

carece de importancia, no afecta al creador.		
Doctores tiene ya nuestra Sagrada Iglesia		
y en futuros Concilios harán salir el sol		

para todos nosotros. Sin embargo, quisiera		
que se tuviese en cuenta el hecho de que existe		
poesía por vicio, porque es una manera		

que tienen unos pocos de vivir su declive,		
pero ignoro si hacerla los convierte en más sabios		
y si esa obstinación los vuelve más felices.		

Aspiro a escribir bien y trato de ser claro.		
Cuido el metro y la rima, pero no me esclavizan;		
es fácil que la forma se convierta en obstáculo		

para que nos entiendan. La mejor poesía		
acierta con deslices, convierte lo imperfecto		
en un arte y se olvida de los juicios puristas.		

Aunque he escrito bebido, cuando escribo no bebo.		
Trabajo siempre a mano, y no me enorgullece		
no tener disciplina ni ser dueño de un método.		

No suelo, me figuro, romper lo suficiente,		
tal vez porque tampoco escribo demasiado,		
al pasar media vida ocupado en perderme.		

Del lector solicito como único regalo		
que esboce alguna vez una media sonrisa:		
tan sólo busco cómplices que sepan de qué hablo.		

No reclamo, por tanto, privilegios de artista:		
me limito a ordenar, quizá sin merecerlo,		
asuntos que una voz ignorada me dicta.		

De entre los infinitos poetas, yo prefiero		
a aquellos que construyen con emoción su obra		
y hacen del arte vida. De los demás descreo.		

Y para terminar, confieso que esta moda		
de componer poéticas resulta edificante.		
Con ella se demuestra que son distintas cosas		
lo que se quiere hacer y lo que al fin se hace.

El mar – Jorge Luis Borges

El mar. El joven mar. El mar de Ulises
y el de aquel otro Ulises que la gente
del Islam apodó famosamente
Es-Sindibad del Mar. El mar de grises
olas de Erico el Rojo, alto en su proa,
y el de aquel caballero que escribía
a la vez la epopeya y la elegía
de su patria, en la ciénaga de Goa.
El mar de Trafalgar. El que Inglaterra
cantó a lo largo de su larga historia,
el arduo mar que ensangrentó de gloria
en el diario ejercicio de la guerra.
El incesante mar que en la serena
mañana surca la infinita arena.

Visión – Carlos Edmundo de Ory

Te he sentido tan mía en esta alada		
alta visión de tu honda primavera,		
que voy perdido por tu mundo fuera		
de mi mundo sin rosas ni alborada.		

Bajo el temblor azul de tu mirada		
nostálgica de amor y marinera,		
he pulsado tu imagen de quimera		
sobre el río del alba reflejada.		

Solo en tu gracia altiva blanca y pura		
como un mismo latido en mis latidos		
te he llevado en el ritmo de mi anhelo.		

Y he gozado en tu frente la segura		
aurora de tu luz en mis sentidos		
para palpar la ruta de tu cielo.

Agua escondida – Dulce María Loynaz

Tú eres el agua oscura
que mana por dentro de la roca.
Tú eres el agua oscura y entrañable
que va corriendo bajo la tierra,
ignorada del sol,
de la sed de los que rastrean la tierra,
de los que ruedan por la tierra.

Tú eres agua virgen sin destino y sin nombre
geográfico; tú eres la frescura intocada,
el trémulo secreto de frescura, el júbilo secreto
de esta frescura mía que tú eres, de esta agua
honda que tú has sido siempre,
sin alcanzar a ser más nada que eso;
agua negra, sin nombre…
¡Y apretada, apretada contra mí!

septiembre, 2 – Vicente Gallego

Es ahora la vida		
esta extraña y frecuente sensación		
de sopor y distancia,		
y es también una luz que vela el mundo:		
salir del caserón tras la comida,		
recorrer bajo el sol la carretera		
con los ojos ardientes de un verano		
y sentarme en la roca frente al mar.		
Abandonarme entonces		
al sonido sin pausa de la tierra		
mientras me vence el sueño algún instante		
y me moja las sienes con su agua bendita.		
Descubrir con asombro renovado		
al pescador que vuelve cada tarde,		
como vuelven las olas,		
como vendrá la brisa con la noche.		
Y esperar otra vez sobre la roca,		
abrumado en el centro de la vida,		
a que la sombra inunde		
lentamente mi sombra.

Discurso fúnebre – Nicanor Parra

Es un error creer que las estrellas
pueden servir para curar el cáncer
el astrólogo dice la verdad
pero en este respecto se equivoca.
Médico, el ataúd lo cura todo.

Un caballero acaba de morir
y se ha pedido a su mejor amigo
que pronuncie las frases de rigor,
pero yo no quisiera blasfemar,
sólo quisiera hacer unas preguntas.

La primera pregunta de la noche
se refiere a la vida de ultratumba:
quiero saber si hay vida de ultratumba
nada más que si hay vida de ultratumba.

No me quiero perder en este bosque.
Voy a sentarme en esta silla negra
cerca del catafalco de mi padre
hasta que me resuelvan mi problema.
¡Alguien tiene que estar en el secreto!

Cómo no va a saber el marmolista
o el que le cambie la camisa al muerto.
¿El que construye el nicho sabe más?
Que cada cual me diga lo que sabe,
todos estos trabajan con la muerte
¡Estos deben sacarme de la duda!

Sepulturero, dime la verdad,
cómo no va a existir un tribunal,
¡o los propios gusanos son los jueces!
Tumbas que parecéis fuentes de soda
contestad o me arranco los cabellos
porque ya no respondo de mis actos,
sólo quiero reír y sollozar.

Nuestros antepasados fueron duchos
en la cocinería de la muerte:
disfrazaban al muerto de fantasma,
como para alejarlo más aún,
como si la distancia de la muerte
no fuera de por sí inconmensurable.

Hay una gran comedia funeraria.

Dícese que el cadáver es sagrado,
pero todos se burlan de los muertos.
¡Con qué objeto los ponen en hileras
como si fueran latas de sardinas!

Dícese que el cadáver ha dejado
un vacío difícil de llenar
y se componen versos en su honor.
¡Falso, porque la viuda no respeta
ni el ataúd ni el lecho del difunto!

Un profesor acaba de morir.
¿Para qué lo despiden los amigos?
¿Para que resucite por acaso?
¡Para lucir sus dotes oratorias!
¿Y para qué se mesan los cabellos?
¡Para estirar los dedos de la mano!

En resumen, señoras y señores,
sólo yo me conduelo de los muertos.

Yo me olvido del arte y de la ciencia
por visitar sus chozas miserables.

Sólo yo, con la punta de mi lápiz,
hago sonar el mármol de las tumbas.

Pongo las calaveras en su sitio.

Los pequeños ratones me sonríen
porque soy el amigo de los muertos.

Estoy viejo, no sé lo que me pasa.
¿Por qué sueño clavado en la cruz?
Han caído los últimos telones.
Yo me paso la mano por la nuca
y me voy a charlar con los espíritus.