Tempestad secreta II – Alfredo Gangotena

¡Abrid de juntas, de par en par las puertas,
Y las alas tiernas del encuentro, abridlas!
De llegada me sorprenden tu latido,
Las urgencias consabidas de la noche.

¡Oh mundo, cuán cargado está mi pecho!
¡Ay! tan corto voy de brazos,
¡Corto y lento en poquedad de mis primicias,
Poquedad de las miradas!

Ni lámparas en zaguanes,
Ni las flores en su asunto.
¡Qué ceñiglos, qué albañales!
Daos prisa de esponsales, dadme al punto
Acicalada de umbrales la morada,
Las delicias de encontrarla
Toda adentro de jardines y rumores.

No hay pregón de luz que la compare.
Ya se cumplen las edades.
En las huellas de su paso reverberan los leones;
Ya sus senos encendidos me circundan de inmanencia.
¡Heredad tan seca, oh tienda de desierto!
Acudid, vosotros todos los del soto, con palmeras y cristales,
Con la fiebre de los ojos y otras tantas claridades.

¡Oh ímpetu total de ansias
En los senos temblorosos de la espera!
Las manos agobiadas a expensas de este peso duro de los montes.
Vedme el pecho jadeante,
Y la boca en su premura.
Cerrado bosque, atiende unánime al sol de mi llamada,
Como un solo golpe de alas.
El velamen se acrecienta
Y alza vuelos en mi sangre.
A sien de muros el cortinaje oscuro de la estancia
Tal se empaña en los alientos
De un sudor sanguinolento.
Altas horas de este mundo,
Dadme aviso: ¿Cuánto llega?
Vuestro péndulo mortal de movimiento
Únicamente late en la cavidad de mis latidos.

Con rojo mirar de sentimiento,
A poco, la veréis:
Bajo el indijado manto de sus párpados,
En la oculta transparencia de los muros.
Dadme esfuerzo.
¡Ya en la sed de los ijares
Un derrame tan profundo
De estos senos!
Y aquel rayo de los altos,
Desnudo y devorante como el tiempo, de parte en parte me atraviesa.

¡Perdí, en ascuas, cuánta imagen de la vista?
Y las puentes alabadas;
Grandes plazas y caminos, los cerrojos;
En gonces de alas, las puertas entornadas.
¡Oh quejido de mis ansias!
¡Qué profundidad de soplo!
Adentro, tan adentro, me sorprendes, me das caza.
El mundo está a la mira, la noche en vela,
Y el espíritu
Desatado en los arrecios, Adorada, de tu cuerpo.

¡Sobrada noche de cuita y menester!
¡Oh secretos esponsales de este sumo conocer!
Ni la sal de mis heridas,
Ni entrañas éstas como pulso de sangre de otras lágrimas,
Nada queda de poder si hoy aliño mis enojos:

¡Abridme a vida las puertas, los portales,
Cuantos lechos,
Los holanes!
¡Dadme aliento!
Es de cena la holganza:
Ya en mi cauce, a grandes vasos,
Se desborda, a plena fuente,
Tan adentro,
La inaudita, deseada,
Sangre viva de la Amada.

Hoy he vuelto – Laila Belghali

Hoy he ido al lugar de nuestros besos
a recoger lo que quedaba de tu aroma;
la pequeña sonrisa rezagada,
la palabra postrera
que flotaba en el aire,
alguna sombra vaga de tu cuerpo,
un eco, un gesto, un roce, una mirada.
No he vuelto para borrar la última huella
y que nadie sospeche de lo nuestro.
No, no. ¿Eso que importa?
Mi avaricia
de ti me ha hecho volver,
a ver si entre el silencio y la caricia
te dejaste olvidado algún deseo.

Meditación en el umbral – Juan Herrero Diéguez

COMO quien va tirando de un hilo sin saber
a dónde le conduce,
te has quedado a mirar los negativos
del día que bajasteis unos cuantos
a bañaros al río sin permiso.

Los padres no querían que salierais 
a explorar los caminos, pero claro:
el peligro, los límites.

Circulaban entonces las leyendas
de niños que jamás
volvieron al calor de sus hogares,
pero nadie sabía de quien eran,
ni cuál era su calle y os decían
que era imposible ver desde la presa
la negrura del fondo.

La oscuridad enseña a no burlarse
de lo desconocido, pero ¿Cuál 
sería el precio entonces? ¿Qué darías
a cambio de saber lo que hay debajo?

El corazón perplejo – Carlos Marzal

Desventurado corazón perplejo,		
inconsecuente corazón,		
                  no dudes.
No tiembles nunca más por lo que sabes,		
no temas nunca más por lo que has visto.		
Calamitoso corazón,		
               alienta.

Aprende en este ahora		
el pálpito que vuelve con lo eterno,		
para latir conforme en valentía.		
Los números del mundo están cifrados		
en la clave de un sol tan rutilante		
que te ciega los ojos si calculas.		
Ciégate en esperanza,		
                  errátil corazón,
suma los números.		
Un orden en su imán te está esperando.		

Desde el final del tiempo se levanta		
un ácido perfume de hojas muertas.		
Respíralo y respira su secreto.		
Abre de par en par tu incertidumbre.		
No permitas		
que encuentre domicilio la tibieza,		
ni que este inescrutable amor oscuro		
cometa el gran pecado de estar triste.		
Acógete a ti mismo en tus entrañas		
con tu abrazo más fuerte,		
tu mejor padre en ti, tu mejor hijo,		
gobierna tu ocasión de madurez.		

Insiste una vez más,		
aspira en estas rosas		
su pútrido fermento enamorado.		
En este desvarío de tu voz		
se desnuda el enigma, transparece		
la recompensa intacta de estar siendo.		

Aquí estamos tú y yo,		
altivo corazón,		
             en desbandada.
A fuerza de caer, desvanecidos.		
y a fuerza de cantar,		
                   enajenados.

Justificación de la poesía – Jorge Riechmann

La poesía es injustificable.		
La tensión de las sílabas no es ni con mucho tan alta		
como la de las zumbantes torres eléctricas hincadas en el lomo de la tierra.		
La energía represada en los versos resulta ridícula		
en comparación con la embalsada por la presa.		
La canción y el cirujano prestan ayuda a la vida		
—¿quién preferiría la de la canción?		
La poesía tiene manos de nieve,		
tiene manos de cebolla, tiene manos de arena.		
Su respuesta al último para qué		
es un silencio		
ensimismado de angustia y de esperanza.		

La respuesta del ser humano		
al último para qué		
es también un silencio		
ensimismado de angustia y de esperanza.		
El ser humano es injustificable.		

Sentí un funeral en mi cerebro… – Emily Dickinson

Sentí un funeral en mi cerebro,
los deudos iban y venían
arrastrándose — arrastrándose — hasta que pareció
que el sentido se quebraba totalmente —

y cuando todos estuvieron sentados,
una liturgia, como un tambor —
comenzó a batir — a batir — hasta que pensé
que mi mente se volvía muda —

y luego los oí levantar el cajón
y crujió a través de mi alma
con los mismos botines de plomo, de nuevo,
el espacio — comenzó a repicar,

como si todos los cielos fueran campanas
y existir, sólo una oreja,
y yo, y el silencio, alguna extraña raza
naufragada, solitaria, aquí —

y luego un vacío en la razón, se quebró,
caí, y caí —
y di con un mundo, en cada zambullida,
y terminé sabiendo — entonces —

Obra de amor – Alfonsina Storni

Rosas y lirios ves en el espino;
juegas a ser: te cabe en una mano,
esmeralda pequeña, el océano;
hablas sin lengua, enredas el destino.

Plantas la testa en el azul divino
y antípodas, tus pies, en el lejano
revés del mundo; y te haces soberano,
y desatas al sol de tu camino.

Miras el horizonte y tu mirada
hace nacer en noche la alborada;
sueñas y crean hueso tus ficciones.

Muda la mano que te alzaba en vuelo,
y a tus pies cae, cristal roto, el cielo,
y polvo y sombra levan sus talones.

Jardín secreto – Ulalume González de León

En el jardín que recuerdo
sopla un viento que mueve las hojas
del jardín donde ahora estoy escribiendo

En el jardín que imagino
sopla un viento que mueve las hojas
del jardín que recuerdo

Y en el jardín donde ahora
estoy escribiendo
sopla un viento que mueve las hojas
sin jardín:
armisticio
de fronda imaginaria y de fronda recordada

pero tabmién las hojas verdes
del jardín donde escribo

pero también las hojas blancas
en que estoy escribiendo

y nace otro jardín

Cuando yo aún soy la vida – Francisco Brines

La vida me rodea, como en aquellos años
ya perdidos, con el mismo esplendor
de un mundo eterno. La rosa cuchillada
de la mar, las derribadas luces
de los huertos, fragor de las palomas
en el aire, la vida en torno a mí,
cuando yo aún soy la vida.
Con el mismo esplendor, y envejecidos ojos,
y un amor fatigado.

¿Cuál será la esperanza? Vivir aún;
y amar, mientras se agota el corazón,
un mundo fiel, aunque perecedero.
Amar el sueño roto de la vida
y, aunque no pudo ser, no maldecir
aquel antiguo engaño de lo eterno.
Y el pecho se consuela, porque sabe
que el mundo pudo ser una bella verdad.