En la demente dispersión… – Giorgos Seferis

En la demente dispersión
a diestra y a siniestra por encima y abajo
revolotean las basuras.
Sutiles humos deletéreos
paralizan los miembros de los hombres.
Las almas
apresuradas a dejar el cuerpo
tienen sed y no hallan agua por ningún sitio;
fíjanse acá fíjanse allí a la ventura
pájaros atrapados en varetas;
inútilmente se debaten
tanto que no resisten más sus alas.

La región se reviene sin cesar
jarro de tierra cocida.

Sol – Jidi Majia

Al observar el sol, deseo
Con ayuda de sus rayos
Descubrir y despertar a mis ancestros
Al observar el sol, hablo recio
De forma que puedan escuchar
Me dirijo a sus almas
En mi propio lenguaje místico
Al observar el sol, a pesar de las heridas
Y no ser comprendido por otros
Creo todavía
Que la mayoría de la gente pertenece al lado bueno
Al observar el sol, qué maravilloso es,
La marea invisible de las estaciones lame
Mi piel de bronce
Observar al sol siempre me hace extrañar
A aquellos de antes de mi tiempo
Que alguna vez pudieron sentir esta calidez
Y ya no están en este mundo 

Una novela – Louise Elisabeth Glück

Nadie podría escribir una novela sobre esta familia:
hay demasiados personajes parecidos. Además, todos son mujeres.
Tan sólo un héroe hubo.

Y el héroe ya murió. Las mujeres, como ecos, duran más;
resisten demasiado por la cuenta que les trae.

Y a partir de aquí, nada cambia:
sin héroe, no hay argumento.
Y en esta casa argumento significa historia de amor.

Las mujeres no evolucionan.
Oh sí, se visten, comen, guardan las apariencias.
Pero no hay acción, no hay desarrollo en los personajes.

Todas han decidido suprimir
la crítica del héroe. El problema reside
en que el héroe es débil, sus escenas indican
su función, no su carácter.

Quizá eso explique por qué su muerte no fue conmovedora.
Primero está sentado en la proa de la mesa,
donde más se necesita el mascarón.
Luego, a pocos metros, agoniza y su mujer
le acerca un espejo a los labios.

Asombroso, cómo se afanan estas mujeres, la esposa y las dos hijas.
Ponen la mesa, retiran los platos.
Una espada les perfora el corazón.

Crepúsculo – Huang Fang

Cuántos crepúsculos
ella se sentó en los escalones más altos
para ver condensar y dispersarse los pliegues del ocaso.
La gente vestida de rojo sube.
La gente vestida de verde desciende.
El viento bateó la enorme túnica gris.
Parecía un excedente de huesos
pesados y saltarines.
Por fin, las luces de la calle se iluminaron en sucesión.
Los árboles, las casas, la multitud,
largas sombras menguantes.
Los excedentes de pliegues se entrelazaron
como un oráculo en el espacio de los mortales.

Mi poesía soy yo – Amílcar Cabral

...No, Poesía:
No te escondas en las grutas de mi ser,
no huyas de la Vida.
Quiebra los barrotes invisibles de mi prisión,
abre de par en par las puertas de mi ser.
Sal...
Sal para para el combate (la vida es lucha).
las gentes de ahí fuera te llaman,
y tú, Poesía, también eres persona.
Ama los poemas del mundo entero,
ama a los Hombres.
Derrama tus poemas sobre todas las razas,
a todos los seres del mundo.
Confúndete conmigo...

Anda, Poesía:
Toma mis brazos para abrazar el Mundo,
y dame los tuyos para abrazar la Vida.
Mi Poesía soy yo.

Sublimación – Cristina Camacho

Dame una solitaria estrella
y multiplicaré firmamentos,
multiplicaré tu vida
junto a mi cuerpo.

Dame un solo beso
y el movimiento de los planetas
quedará suspendido
en poemas tibios y secretos.

Siento sed de ti,
una sed que no se apaga
ni con todo mi silencio.

Siento tenerte en noches infinitas,
en los rayos del sol
que iluminan el disco de mi sueños.

Dame una solitaria estrella,
un beso, y elevaré nuestro amor
hacia las profundidades giratorias
del universo.

Lloraban los amantes – Raquel Lanseros

Lloraban los amantes
yo los recuerdo
eran
pétalos desprendidos desde una misma llama.

Lloraban sumergidos en la triste corriente
exhaustos como hélices
los amantes lloraban.

Lloraban y están muertos como lo estamos todos
como lo hemos estado y como lo estaremos
amando se alejaban erguidos de la muerte
pero la muerte no ama ni llora ni se aleja.

Lloraban los amantes que están vivos por siempre
su llanto fue camino fue presencia fue flecha.

Lloraban los amantes y sin aquellas lágrimas
no existiría el amor
ni tú ni yo ni el llanto
el sol no existiría
ni las otras estrellas.

El Maelstrom en la sopa – José Luis Rey

En el viaje al confín del alimento,
al fondo de la luz no masticatile,
en esta expedición al sol hirviendo, en nuestro descender
a los misterios de otro corazón
que burbujea en el volcán, volando
en los lagos del norte, en nuestra vida gótica,
en azafrán dorado de los fiordos,
en este remolino acaba el mundo.
La cuchara del náufrago y el cuerpo adolescente
ya no sirven, se quiebran en la fuerza del descenso.
Y el vacío nos lleva, ni siquiera una pluma escapará
de tanta clara gloria.
En el borde del plato se congregan las ranas
como monjas en torno de una espiga.
Acordaos de mí, acordaos de mí,
dice el hombre que va a ser absorbido
y alzando así los ojos
ve arriba una vez más el jarrón con las flores amarillas,
el día puesto allí, desordenado,
el viejo humilde don
que se aleja en el aire. El remolino
ya convierte sus piernas en raíces del mar
y en círculos desciende, más amplios cada vez,
con cangrejos, sirenas y podrido pescado.
Todos los hombres se hunden en la sopa.
Abismo, ten piedad,
pues en la rueda azul del alimento
solamente quisimos ser muy jóvenes
para apretar los pájaros que cantan
en las axilas de una mujer.
Suena, sopa, despierta a tus ahogados.
Y lánzalos, escúpelos de nuevo
a la tierra caliente de Abraham.
En los tobillos del día, en sus escamas,
han de tenderse los despiertos y
cantar, cantar, cantar.
Y del cuerpo aterido, encallado en la costa,
se derrama otra vez
el primero y el siempre último amor.