Oigo pequeños chasquidos dentro de mi sueño.
La noche gotea su taconeo de plata
espalda abajo.
A las cuatro. Me despierto. Pensando
en el hombre que
se marchó en septiembre.
Se llamaba Law.
Mi rostro en el espejo del baño
tiene manchas blancas en la parte baja.
Me enjuago la cara y vuelvo a la cama.
Mañana voy a ver a mi madre.
Todas las entradas por Ricardo Fernández
Ni memoria ni olvido – Luis Antonio de Villena
Yo quise olvidar, estoy seguro. Incluso
aceleré tanto los caballos lujosos de mi vida
que pude haber llegado más allá del olvido.
Pero si hay arte en olvidar, cuando el recuerdo
vuelve, no como nostalgia sino cual boca viva,
también ha de haber arte en no sucumbir
a esa trepidación de odio, tristeza y futuro
que es el recuerdo no deseado, aquel garfio
que resultó, a la postre, más potente que la fantasía.
Quise olvidar. Quise tapar al niño negro que fui,
a esas tardes tan tristes, a los días violentos,
al extraño odio de unos camaradas de piedra…
Quise habitar un palacio de olvido. Y no pude.
Afortunadamente, dioses, no he podido. Pues si
es un arte olvidar, también lo es (y terrible)
volver virgen a morder aquella fruta podrida.
Venecia – Gloria Fuertes
La isla-cementerio
está entre dos canales
—sería facilón llamarlos Ser Noser…
allí viven los muertos rodeados de nada
—digo de agua—
porque el agua no es nada si no se tiene sed.
Advertencias – Nicanor Parra
Se prohíbe rezar, estornudar
escupir, elogiar, arrodillarse
venerar, aullar, expectorar.
En este recinto se prohíbe dormir
inocular, hablar, excomulgar
armonizar, huir, interceptar.
Estrictamente se prohíbe correr.
Se prohíbe fumar y fornicar.
El Efebo – Sophia de Mello Breyner Andresen
Claro y esbeltamente calculado como el ánfora
Como el ánfora
Contiene un intenso vino de resina
La lucidez de su forma oculta la embriaguez
Su claridad nos conduce al encuentro de la noche
Su rectitud de columna preside la inmanencia de los desastres
El silencio – Elvira Sastre
El silencio.
Los pasos sordos.
Los murmullos desconocidos.
El crujido seco.
La habitación fría.
Las puertas cerradas.
La casa limpia.
La alegría perdida.
El suelo vacío.
Tu ruido.
Tu ruido apagado.
Tormenta – Juvenal Ortiz Saralegui
Hoy juega a los relámpagos el cielo.
Patina un rayo ebrio
sobre el patio universal de un trueno.
Y hay viento:
viento que galopa sobre la ciudad.
Se hincan los árboles;
los hilos del teléfono se ponen a temblar.
Desde mi ventana siento
el clarín rojo de la electricidad,
mientras las palabras cruzadas del cielo
se rompen en sílabas de agua infernal.
Hoy juega a los relámpagos el cielo:
reflector universal.
Decrepitud – Carlos Marzal
Asilados en una infancia obscena,
en el exilio de su misma sombra,
desde un limbo de hielo,
derritiéndose,
los viejos testimonian, sin enigma,
sobre el enigma viejo de estar vivo.
Gota a gota en presente, son futuro,
evanescencia al fin fuera de tiempo,
que en la fronda del tiempo anda perdida.
Espectros de la carne en su derrota,
se acogen al sagrado de la carne,
que en deserción de sí no los ampara.
pabilos sin fulgor de inteligencia,
arden a fuego extinto en su hendidura,
ascuas de quienes fueron, balbucientes.
Isla del fin del mundo, conmovidos,
vemos flotar en pasmo la vejez,
a la lunar deriva del asombro.
Nos resulta del todo inconcebible
nuestra decrepitud, nuestra mudanza
hasta desconocernos en nosotros
y en nosotros errar entre lo ajeno.
Cómo subsiste ciega la energía
en su impúdico afán de propagarse.
Madre senilidad, nunca te amamos.
Madre senilidad, no te amaremos.
Qué frágil, en su ser, la fortaleza.
Qué sólido el vivir, de sumo frágil.
Concierto para violín – Rocío Arana
Pequeños estallidos en el aire
con olor a jabón de casa antigua
y frasco de perfume en el armario
de una mujer de cabellera mágica.
Incendios forestales en mi cuarto;
por entre los visillos se desviste
y moja los ladrillos con su rojo
a pinceladas suaves todavía.
Teléfonos ladrando entre la lluvia
y meriendas fugaces en el parque;
si el aire se detiene, no respires
para escuchar los árboles creciendo.
Narciso – Rosa Chacel
¿Dónde habitas, amor, en qué profundo
seno existes del agua o de mi alma?
Lejos, en tu sin fondo abismo verde,
a mi llamada pronto e infalible.
Nuestras frentes unánimes separa
frío, cruel cristal inexorable.
Zarzas de tus cabellos y los míos
tienden, en vano, a unir lindes fronteras.
Sobre el mío y tu cuello mantenido
un templo de distancia en dos columnas
silencio eterno guarda entre sus muros;
nuestro mutuo secreto, nuestro diálogo.
Silencio en que te adoro, en que te encierras,
recinto de silencio inaccesibles
y lugar a la vez de nuestras citas.
¡Siglos espero frente a la cruenta
muralla dura que lamento inerme!
Eternidades entre nuestras bocas
a cien brisas y a cien vuelos de pájaros.
¿Para qué pies que hollaban la pradera
jóvenes, blancos corzos corredores
si no me llevan hacia ti ni un punto?
¿Para qué brazos tallos de mis manos
si jamás alcanzarán a estrecharte?
¡Límpida, clara linfa temblorosa
jamás en nuestro abrazo aprisionada!
¿Para qué vida, en fin, si vida acaba
en el umbral de la mansión oscura
donde moras sin hálito, en el vidrio
que con mi aliento ni a empañar alcanzo?
¡Oh, sueño sin ensueño, muerte quieta
lecho para mi anhelo, eterno insomne!
¡Único al fin reposo de mis ojos
tu infinito vacío negro espejo!