Archivo de la categoría: Poesia española

El aviso – Pureza Canelo

Todo vivir
es un olvido
a quien pertenezco.
Flecha que se va
sin conocer otro dueño.
Horizonte que busca
un lugar indescifrable.
El rumbo ha sido
sorprenderte: vivir,
que al instante
ya es olvido
como el mar
de infinitas lenguas
llega y borra.

A quien pertenezco
se esfuma
y lo que soy
puede sobrevivir sin mí.
Pálida noche
donde me muevo
al lado de un pájaro
que todavía respira.

Próximo rumbo
el aire que hace vértigo
allí donde nada ocupe
lugar de existencia.
Crúzala, crúzala.
Algas sin sueño
nos avisan.

El llanto de los puentes – Miguel Ángel Velasco

El llanto de los puentes no es el río,
no es la vena que enhebra el ojo hundido
del paso de los hombres.
El llanto de los puentes
es un llanto de piedra silencioso
que sus paredes celan.
Este puente se amasa en llanto oscuro.
Cien esponjas se embeben
de ese llanto cautivo, corazones
de cien niños tapiados
a cal y canto para propiciar
la carrera del sol
con su sangre secreta.
Cien espinas de infantes apuntalan
la iglesia encastillada en la colina
como un quebrantahuesos.
Amantes, pisad quedo; laúd, refrena
tu son enamorado:
esta piedra nos dice un canto sordo
que el agua sabe y las campanas callan.

El amor duerme en el pecho del poeta – Federico García Lorca

Tú nunca entenderás lo que te quiero
porque duermes en mí y estás dormido.
Yo te oculto llorando, perseguido
por una voz de penetrante acero.

Norma que agita igual carne y lucero
traspasa ya mi pecho dolorido
y las turbias palabras han mordido
las alas de tu espíritu severo.

Grupo de gente salta en los jardines
esperando tu cuerpo y mi agonía
en caballos de luz y verdes crines.

Pero sigue durmiendo, vida mía.
¡Oye mi sangre rota en los violines!
¡Mira que nos acechan todavía!

Interior – Aurora Luque

A menudo converso con mis sueños.
Los invito a salirse de la noche
y se sientan, con trajes neblinosos,
junto a mi mesa sucia de papeles.
y les pregunto sobre su sintaxis
porque se ofenden si hablo de semántica.
Hoy he recuperado de sus manos
un fragmento de ti tan exquisito .
como una noche de junio en Gil de Biedma,
un otoño de Keats o aquel sabor a polo de naranja
de las viejas mañanas de domingo.

El imposible – Josep Palau i Fabre

Si fueses espíritu, amor, yo te amaría.
Abrázame fuerte, que tus brazos son débiles,
no llegan a mi cuerpo, tan recóndito en mí,
y mis brazos son débiles para atraerte allí.

Si pudiera tan sólo amarte, amor, yo te amaría.
Fueses rostro y fuese yo rostro, tan sólo,
podríamos adoramos el uno al otro,
dejar tus labios y besar tu sonrisa,
mirarme en tu mirada para hallar mejor vida.

Fueses reposo y sueño y ensueño que abriga,
serías para siempre, amor, mi única amiga.

Ocurre a veces, en las calladas horas de la noche… – Juan Luis Panero

Ocurre a veces, en las calladas horas de la noche,
al filo mismo de la madrugada,
tras el telón caído de la euforia y del vino.

Unos ojos parpadean, se abren,
nos miran con su última transparencia
y un instante a nuestro lado
su doloroso transcurrir, su apretado paisaje de ternura
muestran, como un mendigo o un esclavo,
la humillada quietud de su tristeza.

Entonces, cuando no hay una sola palabra que decir,
con la avidez que lleva en sí lo fugitivo,
besar, unirse en la húmeda tibieza,
en empapada, áspero de arcilla de otra boca,
donde nada al fin y todo nos pertenece.

Después, igual que el viento
agitando fugaz unas cortinas
la claridad de la mañana nos muestra,
desvelar un instante en la memoria
aquello que una noche, una mirada,
la destruida posesión de unos labios, nos dio.

Lo que ahora ciego tropieza, resbala
por la gastada pared del corazón,
aferrándose terco hacia la muerte,
desplomándose sordo hacia el olvido.

Un viejo en Venecia – Juan Luis Panero

En Venecia, viejo y envejecido, casi mudo,
rodeado de libros, de soledad, de gatos,
el poeta Ezra Pound,
habló, en un breve, muy breve encuentro con Grazia Livi.
Le comentó, sin autocompasión y sin desprecio,
secamente, con voz entrecortada:
«Al final pienso que no sé nada.
No tengo nada que decir, nada».
Si después de tan alto ejemplo, de tan clara sentencia,
aún sigo escribiendo, arañando palabras en el humo,
no es, que la muerte me libre,
por bastardo interés o absurda vanidad,
sino tan sólo por una simple razón,
porque no conozco otro medio, a excepción del suicidio,
-innecesario es un poema como un cadáver-
para dar testimonio de nada a nadie,
del mundo que contemplo, de esta vida,
de su horror gastado y cotidiano.
Que el viejo Pound, desde su tumba,
me perdone por unir su nombre
a estas sórdidas palabras desesperadas.