Miraba yo las rosas penando de alegría,
solas entre mis manos, atónitas, perdidas.
Miraba antes las rosas. Quería tener, tenerlas.
Quería querer. Quería. Mas la forma no sueña.
Yo canté entre los chopos. Y contra el sol poniente
vi florecer los ramos de luz dorada y verde.
Y besé el agua, el cielo. Me trasfundí, fui todo.
Pero en la cima, siempre, sentí que estaba solo.
( Queremos lo infinito. Nos duele lo que escapa,
aunque entre luz y rosas sintamos fluir el alma.
Sólo es cual si cesara la corriente del tiempo
con otro tiempo humano. Tú y yo, remanso eterno. )
Felicidad contigo. Nos viven y sustentan
en lo hondo de la noche las eternas estrellas.
¡Felicidad! Tendremos, alba de cada día,
nuestro infinito en rosas desnudas. Nuestra vida.
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Carmen del éxtasis – Eugenio de Nora
Distraída del mundo; más, lejana
como un vuelo de pájaros, tú existes
donde el silencio empieza, donde el alma.
Donde las avenidas, misteriosas
de árboles altos y de sombra extraña
nos llevan a la pena más hermosa;
donde la noche llora, constelada
frente a sí misma, porque todo es poco,
porque los mundos brillan en la nada,
como nosotros, donde la belleza
suspende el tiempo; donde canta
mi voz más sola; en mi reducto último,
allí estás tú, silencio, alma.
Alza los ojos, tienes la cabeza
de una imposible luz aureolada;
quieres, querrías, pero no te sientes,
porqué eres sólo noche, noche clara.
¡Ah, dame ese silencio, rompe
esta belleza que nos mata!
Y en tu infinita noche, álcese
un viento dulce, despertando ramas.
Carmen de lo repetido – Eugenio de Nora
Quizá, quizá me repito;
si tú lo dices es cierto;
y aunque estrene siempre el alma,
será en el mismo universo.
Pero también se repite
el mar, múltiple y perpetuo,
y fulge en estrellas únicas
cada noche eterno el cielo.
La primavera, las nieves,
en la corona del tiempo,
cuando todo había pasado
lo devuelven, limpio y nuevo.
Así que si mis palabras
se enlazan porque te quiero
deben, con varia hermosura,
decir siempre el mismo sueño.
La afinidad de las cosas
tiembla en el rocío del verso
repetido: ¡Gota, mundo,
alba del conocimiento!
—También las rosas, también
los suspiros, y los besos
se repiten en ternura...
Todo lo repetiremos.
Carmen de la plenitud – Eugenio de Nora
Más bien no tener palabras,
sino estrellas, sino rosas.
Más bien decir, al pensarte,
la belleza: ella te nombra.
Ah, si el mundo que sé y quiero
se implantara, forma a forma,
¡qué plenitud, qué alegría,
qué nueva creación gozosa!:
Desbordarían las fuentes
a la sed; las tensas rocas
a los cielos; la caricia
a las manos creadoras,
felicidad!
Todo, nuevo
a tu imagen; todo sombra
de tu paso: porque existes
y vivo tu eterna hora.
¡Cima, plenitud: sentirte
descanso del alma, y forma!
¡Quererte!: florecer astros,
y estrellar la noche a rosas...
Carmen de la riqueza- Eugenio de Nora
Yo, muchacho aldeano, regresando
por mis años de fresca y verde senda,
traigo, para tu tiempo, la alegría
de aquella inagotable primavera.
Para tu boca traigo la caricia
de tantas flores de color que sueña;
para tus ojos en los que oscurece,
la estrella de la tarde triste y bella.
Traigo la voz del agua que ha pasado
en el silencio tibio de la hierba;
te traigo el cielo, corazón sonoro
con álamos de música y ribera.
Abre tu alma. Mira el valle inmenso.
Nos ha correspondido esta riqueza.
es todo tuyo. el borde de la dicha
va más allá del tiempo y de la tierra.
Carmen de la lluvia fina – Eugenio de Nora
¡Oh universo en que quiero
estar! ¡Ramo de estrellas!
Estas gotas de lluvia,
tierra tibia, te encuentran...
Hasta ti fue la vida toda
como un inmenso mar de ausencia.
Pero, poco nos basta.
Las medidas humanas
no son tan infinitas como piensas
felicidad: ese algo
de concreción, de pura forma bella,
ya nos basta. ¡Racimo
de lluvia, cabellera
levemente mojada,
y que ilumina una sonrisa eterna:
te basta ya!
Y éste es el mundo
estrellado en que habitas; ésta era
la lejanía soñada. ¡Canta!
Aquí está la promesa.
Carmen de las flores tempranas – Eugenio de Nora
Los almendros en flor, embriagados
en la luz clara de la tarde,
dan su color feliz y delicado
a la esperanza núbil de los aires.
¡Las flores al azul, precisas, leves,
las hojas verde y luz en la corteza;
la maravilla, los almendros de aire
sobre esta tierra parda y seca!
¡Oh corazón, ya llega abril; ya el cielo
tendrá el color de la felicidad!
Mira las flores: ah, suspiran;
están diciendo que amarás.
Carmen de la impaciencia – Eugenio de Nora
¡Oh mediodía! Mis oscuros ojos
del valle al monte lentamente van,
buscando entre lo verde, o en lo blanco,
ay, rama o nieve en la que descansar.
Pero los caminos del aire y la tierra
los paseaba sólo la tristeza.
Yo buscaba en la vega, en la cima,
mi compañía, mi alegre libertad,
y ni ternura vegetal ni frío
me habrían podido contestar.
Todos los caminos del aire y la tierra
esperaban algo que nunca llega.
La corola tan azul del cielo,
hecha tiempo, se mustia al girar,
y el mismo sol, el mismo sol de oro
va decayendo con dulzura astral.
Mira, ¡tantos caminos de tierra y aire!,
y van sin nadie, solos de no encontrarte.
Carmen del amor implacable – Eugenio de Nora
Está lejos el mar, pero recuerdo
el musical chasquido de las olas
—oh cima, oh prados de agua florecida—,
corona de la fuerza melodiosa.
Está lejos el mar, pero recuerdo
la luz del sol en mil alfanjes rota,
la intensidad feroz, la luz de fuego
reverberando, primavera honda.
Oh, la visión alegra y embellece
la tristeza infinita de las horas
en espera; el azul innumerable
acoge al alma innumerable y sola.
Está lejos el mar, pero ¿Quién ama
sin recordar las implacables olas?
La Fuerza insoportable hiere, rapta,
y de palabras bellas nos corona.
Carmen de la tarde bella – Eugenio de Nora
Querría solamente una rosa;
esta luz clara y tibia en los ojos,
y una rosa entre las verdes hojas.
Una rosa,
para mirarla, para descansar,
para sentir el alma y ver su forma;
para estar solamente en silencio,
en armonía con la tarde hermosa.
Dejar que el tiempo, como una muchacha
deshoje su blanca corola,
eligiendo, dejando caer
entre las cosas, nuevas cosas;
el tiempo de luz y de sombra...
Quisiera solamente ser
una ternura frente a otra;
quisiera únicamente soñarte;
quisiera una rosa, una rosa.