A Raúl Luis
No lo puedo decir. La voz precisa
quedó bajo el silencio sepultada;
cuando retoza el crimen ya no es nada
el diente que pelea en la sonrisa.
No lo puedo decir. Y acaso es largo
el camino que el daño me asegura.
No lo puedo decir, y sin embargo
sé que está cerca la total negrura.
No lo puedo decir ...Todas las penas
se van volviendo ya como serenas
soledades que aquí no tienen signo.
Aunque la muerte simplemente abra,
aunque al fin me arrebaten la palabra
no me voy a callar ni me resigno.
Duele, desasosiega
saber que muere el que nació con llanto
de desesperación feliz porque una vez llegamos
a encontrarnos.
Tiempo después,
cuando uno a otro nos pusimos la camisa
de fuego, se nos pegó de tal modo
al cuerpo que no hubo forma
de arrancárnosla.
Lo digo con violencia
mal contenida mientras cae
con sordo estrépito, lejana, deshecha en polvo
la pira de nosotros.
El niño busca la cicatriz por donde sacaron su cabeza
Cuando la encuentra
dibuja la cicatriz con un lapicero rojo en la pared
La madre
más tarde
sin saberlo
tendrá que limpiar su propia herida.
A esa matria hay que añadirle
un poco de experiencia y un poco de evasión.
Un toque de embriaguez, algo de elipsis,
más espacio y un buen par de excusas.
Reformular ciertas ecuaciones. Prestar
atención a algunos enveses.
Exploración, encuentro, poder de vez en cuando eclosionar.
Una extraña envidia hacia todo lo estéril.
Borrar estigmas, redefinir la estirpe,
permitirse alguna equivocación.
El sutil encanto de la encrucijada.
Un cierto fondo expedicionario. Expectativas.
A la vez, sentido de lo efímero y capacidad para elegir.
Que sea el ego el eje más elástico.
A un tiempo entereza, euforia y extravío.
La dosis de egoísmo que no te derrame sobre los demás.
Un salvoconducto para errar o escaparse.
Habría que introducirle un suave aire errático.
Enigma, equilibrio, escándalo.
Emancipación.
Musgo mefítico, adherencia
matinal de lo inerte, día
a día arrastrándome
hacia un fondo de esponjas
oxidadas, broncas burbujas
balbucientes, tentáculos
que en las marañas de la noche
acechan.
Toco a ciegas
la luz, las alas
de las horas, escucho
cómo restallan los cristales
de la mañana llameando
desde el centro
del sueño, desde el centro.
Lentas ondas me emplazan
en lo opaco del día, busco
la cajita de yerbas, el papel
ocasional de los recados.
Salto
por fin al borde de la vida.
Busca estes amores..., búscaos,
si tes quen chos poida dare;
que éstes son sóio os que duran
nesta vida de pasaxen.
ROSALÍA DE CASTRO
A menudo me decías
que una legión de ángeles rilkeanos me protege
y era cierto.
En las mañanas en que llovizna
y el ruido del roce de la nada me hace vibrar
sintiendo que estoy viva...
se acerca sin más pisando sobre hierbas aún no nacidas
el buen amor
que salva y canta allá
donde se unen mis vértebras y los astros.
Como aquel libro leído en plena adolescencia
que ardió en mi boca entre Dante y los sueños.
Ahora sé por fin
que en medio del camino de la vida
entre Vilarmao y Bastavales
la bestia de la felicidad pacía con paz entre flores amarillas.
Y le doy de beber esta sangre fluvial
y proclamo su armonía como un tratado barroco
para zanfoña y lágrimas
de alegría.
A menudo me decías
pero yo no entendía...
Que en las mañanas de nieve
donde la blancura asume la suma total del color
y yo me alzo tres metros sobre mí apenas sin ser notada
por la gravedad y sus manzanas maduras...
Que en esas mañanas
todo perdura
al pender de las manos del buen amor
que cura y percute en la piel
como un bombo de esferas celestes.
Extremo saber que todo cambia
que nos levanta del barro la lengua al límpido lenguaje
donde te digo que te quiero y todo arde
sutil y tranquilo en esta tarde...
Mil años ante Ti son como sueño.
Como de aguas el grosor de una avenida.
Hierba que en la mañana crece,
florece y crece en la mañana
aunque a la tarde es cortada y se seca.
¿Qué es el tiempo ante Ti, qué son los truenos
que blandes contra mí cuando me nombras?
Pavor siento a tu idea, te veo hosco
mirándome en la lumbre de tu Arcángel.
La espada Tú también, eres el filo
y el pomo que se aprieta con el puño.
Para verte a Ti mismo me has nacido.
Por no estar solo con tu omnipotencia.
Soy la nada, soy de tiempo, soy un sueño...
Agua que te fluye, hierba ácida
que cortas sin amor...
Tú no me quieres.
La más grande pureza es abyección.
No hay duda.
Pero, consuelo, oh puros:
Tampoco los abyectos y los viles
lo son del todo.
A veces huelen rosas
y acarician corderos con sinceridad
o besan niños
y dan su vida por la Revolución.
En todo amor se escucha siempre
la soledosa vena de agua
donde se copia ausente
un rostro vivo que fue nuestro.
El agua surge, el agua nombra,
con suaves labios transparentes,
la vieja cuna sola
y unas palabras en rescoldo.
El amor es así. Nos siembra
sol en el alma, y con el agua
cánticos de la tierra
nos traen anhelos memoriosos.
Paloma triste de mi madre
abre en mi pecho la nostalgia;
Córdoba es adusta, y cae
en mí un ocaso susurrante.
Mi padre cabalgando. en marcha,
en hierro gris. en enemiga;
el Cuzco, noble patria.
piedra viril ante el destino.
Oh corazón, sé pozo quieto
pero vivo de amor por ellos;
guarda sus sombras, guarda
sus muy humanos resplandores.
Por sobre ti pongo el oído
y siento el rumor del sol, la luz
del agua, el surco tibio,
la mano buena del labriego.
El amor es así. La sangre,
el país que me habla por dentro,
me hacen saber, y sabe
ser corriente agua el recuerdo.
Mamá: ahora eres silenciosa como la ropa
del que no está con nosotros.
Te miro el borde blanco de los párpados
y no puedo pensar.
Mamá: quiero olvidar todas las cosas
en el fondo de una respiración que canta.
Pasa tus manos grandes por mi nuca
todos los días para que no vuelva
la soledad.
Yo sé que en cada rostro se ve el mundo.
No busques más en las paredes, madre.
Mira despacio el rostro que tú amas:
mira mi rostro en cada rostro humano.
He sentido tus manos.
Perdido en el fondo de los seres humanos te he sentido
como tú sentías mis manos antes de nacer.
Mamá, no vuelvas más a ocultarme la tierra.
Ésta es mi condición.
Y mi esperanza.