Salimos del amor
como de una catástrofe aérea
Habíamos perdido la ropa
los papeles
a mí me faltaba un diente
y a ti la noción del tiempo
¿Era un año largo como un siglo
o un siglo corto como un día?
Por los muebles
por la casa
despojos rotos:
vasos fotos libros deshojados
Éramos los sobrevivientes
de un derrumbe
de un volcán
de las aguas arrebatadas
y nos despedimos con la vaga sensación
de haber sobrevivido
aunque no sabíamos para qué.
Yo soy aquel esperma… – Rosa Díaz
Yo soy aquel esperma
que ganó la batalla
y el óvulo fue mío.
Allí se congregaban
mis hermanos de orígenes
cuando yo, incipiente persona,
fuera Caín remoto
de millares de Abel.
Mi crimen concluyó.
De una sangre incolora
se mancharon mis manos
para poder ser forma.
Como en mi propia casa – Rocío Arana
Aquí llega mi madre
felizmente
cansada
con su tacto de agua
con sus ojos
de fruta
y con esa sonrisa
que despierta
castillos medievales
aquí llega mi padre con los años
latiendo
como pájaros
como si no tuvieran
peso alguno
viene
trayendo
el viento en las pupilas
viene
con la cartera
trabajosa
los ojos fulgurantes
como un niño
lo mismo
que un niño que regresa
del colegio
y sueña que es mayor
calvo
filósofo
y con una mujer
que despierta castillos
medievales
Pigmalión – José Hierro
Soplé en tus ojos. Luego dije: ‹‹Toca
la luz, mira la vida, cara a cara››.
Alma mía, obra mía, con mi vara
hice manar el agua de tu roca.
Sé libre, alma fluvial. Ve: desemboca
en el mar vasto, canta y sueña. Para
en un remanso, una mañana clara,
donde el amor venga a besar tu boca.
Pero tú te has negado a tu destino.
Cantando huías –eras libre–, el vino
se derramaba de los odres llenos.
Y tú bebiste hasta saciarte. Ahora
no precisas de mí, mi creadora.
Eso era todo. Nada más ni menos.
ESTABA ciego en la lucidez pero… – Antonio Gamoneda
ESTABA ciego en la lucidez pero tú has hecho girar la locura.
Todo es visión, todo está libre de sentido.
Tentación – Alfonsina Storni
Afuera llueve; cae pesadamente el agua
que las gentes esquivan bajo abierto paragua.
Al verlos enfilados se acaba mi sosiego,
me pesan las paredes y me seduce el riego
sobre la espalda libre. Mi antecesor, el hombre
que habitaba cavernas desprovisto de nombre,
se ha venido esta noche a tentarme sin duda,
porque, casta y desnuda,
me iría por los campos bajo la lluvia fina,
la cabellera alada como una golondrina.
The house among the roses (Monet, 1925) – Martha Asunción Alonso
Todos la señalaban con el dedo, asentían,
se alejaban para observar mejor, muy fijamente,
como niños siguiendo una cometa por la playa.
Una mujer incluso usaba unos prismáticos,
muy seria y sigilosa, la cabeza inclinada,
igual que si escrutase un mapa falso del tesoro.
Yo me sentía imbécil. Recuerdo que pensé: quizá
la casa entre las rosas esté fuera del cuadro,
donde nadie la piensa,
allí donde se nubla tu mirada.
Quizá hayamos perdido el tiempo buscando el animal,
nunca su sombra;
el destello del sol sobre la fuente, no la sed.
Seguí pensando un rato, como ciega,
mientras los japoneses sonreían.
Porque tal vez la casa sólo fuera las rosas
y aquel cielo turquesa,
alegría compacta y lumbre fácil.
Hoy creo que la casa entre las rosas siempre fuimos
nosotros. En su busca.
Quién tuviera todavía… – Andrés Trapiello
Quién tuviera todavía
aquella suave elegancia
de rimar Francia y fragancia
como Lamartine hacía.
Quién tuviera todavía
en el cristal de los ojos
un bergantín viajero
con el amor verdadero
de los crepúsculos rojos.
La vieja melancolía
de cerrados caserones
junto a abandonados huertos
y de los sonidos muertos
que tienen los esquilones
la muerta melancolía.
Quién pudiera todavía
vagar como los vilanos
en deriva silenciosa
hasta la fosa
y si estuviera en mis manos,
quién pudiera todavía
morir de melancolía.
De la lonja – Juana Castro
No te amaré mañana. He aguardado
tantos días desnuda, con tu nombre
grabado entre las cejas, que olvidé
los inviernos, el azul y las rosas.
Ciertamente, habría de ser negra
la piel negra del perro que amordazó
mis piernas y fue lenta, hacia dentro
vistiendo de parálisis la gallarda
evidencia del hombro. Hoy he visto
que tan sólo milímetros le restan
a los hilos del túnel. Pero existe el remedio:
Mañana, cuando tú te despiertes,
encontrarás el lecho bañado con mi sangre.
Un panal de uñas rotas, y tal vez
una pluma deshojada en la lucha.
No debes sorprenderte. Habré ganado
en el instante último mi guerra.
Con un ala perdida junto al cielo
y la llave morada de los labios, estaré,
torpe y triste, otra vez aprendiendo.
Mas debe ser así, pues que la libertad
hermana es gemela de la muerte.
El desanimador – Félix Grande
Ofendo, como ofenden los cipreses. Soy
el desanimador. Yo soy el que contagia
con sus besos un vómito de silencios oscuros,
una sangría de sombras. Ofendo, ofendo, amada.
He ofendido a mi madre y a mi padre con esta
tristeza que ellos nunca buscaron, ni esperaban,
ni merecían. Y voy a ofender a mi siglo
con el frío y el nunca y el no de mis palabras.
Se ofenden ante mí las risas, como deben
ofenderse los pájaros enfrente de una jaula.
Ofendo como un rostro de naúfrago en el lago.
Ofendo como un coágulo de sangre en una página.
Ofendo como ese camino que conduce
al cementerio. Como la cera ofendo, amada.
Como la cera, madre. Desanimo y ofendo,
madre, como las flores que mienten en las lápidas.