Tú pudiste evitar que me rasgara el alma en los alambres espinados y puestos por los hombres. Yo bien te pregunté si tras aquella senda——en apariencia clara—— habría noche para los sentidos. Y noche para ti. A ti te alcanza. Tú nada respondiste. Yo creí que asentías. Caminé poniendo mucha luz en las pupilas. Caminé... Tú pudiste evitarlo. Tú veías... Lo veías, Señor. Y, lo mismo que ahora, jugaste con el brillo de una estrella asustada y fugacísima. Y me dejaste ir. Pisar. Hundirme. Pero aun así siento que yo te lato en la divina arteria de tu Esencia (los humanos decimos corazón). Aun así ciegamente confío en esa muda voz que te reclamo. Sólo digo a menudo: «No comprendo..., no sé. ¡Porque Tú podías!»