Quién esparcirá cal en las paredes de esta casa. Quién, con sus propios dedos, con sus propias manos, tallará el albor sobre la piedra. Quién será capaz de pronunciar una palabra y crear de su sonido la blancura. Quién construirá para mí el azar de sus ventanas, la ruptura del orden y las líneas, el cristal pálido y sucio ocultando las espinas de los cactus. Quién señalará para mí la barda plateada, la gente apretada contra el límite, casi los unos encima de los otros y tras el cerco, oculto, pero magnificado en su certeza, un toro cuyo pelambre ha de ser como la tierra tocada por primera vez con la llama del incendio, y sus músculos, delineados con rigor desde la noche, y su sudor, ¿Quién ha visto acaso la lluvia resbalando por el tronco de los árboles? y sus cuernos turbios, como un hueso triste que se alarga y se adelgaza hasta fundirse con el aire, es la punta de una flecha, o un llamado fraguado desde el bronce. No puedo verle entre la gente. No puedo oír sus pezuñas contra el polvo, pero para qué serviría una barda tan hermosa si no es para contener la sangre y la belleza.