LOS novios se aman en su oscuridad, solo suya, la noche de este mundo. Les fue entregado el día en el altar como un regalo que gozaron, prósperos en la felicidad, hasta agotarse. El cansancio provoca la torpeza cariñosa con la que se desnudan, y la piel queda como tierra abierta donde desciende una respiración que trae consigo primavera y lluvia. Atrás quedan las horas solitarias, como fragmentos de un momento pleno que reúne por fin una presencia.
Ahora culmina tanta espera, ya, hundidas las barreras de la carne, los cuerpos confundidos en las sombras, mientras celebran el advenimiento de la tan anhelada compañía. Ella le siente respirar, cernirse sobre su cuerpo de tiniebla y agua. Él fluctúa, mecido sobre un mar que se estremece.