SUCEDE que a menudo
me echas de menos, dices.
Que ya no soy el mismo.
Que estoy como más serio.
Que cómo se me nota
el peso de los días.
Y yo, Juan Meseguer,
el amante imperfecto,
me pongo panza arriba
y me defiendo:
Tú no te quedas corto,
Señor; Tú
no me vas a la zaga
en faltas de caricias.
Tú fuiste Zarza ardiente
o(h) llama de Amor viva;
fuego devorador,
en cualquier caso.
De pronto, las cenizas.
No de pronto, se entiende:
poco a poco.
Primero una cuaresma;
y después otra y siempre
todavía otra más.
Y yo lleno de polvo,
de rutina,
sin ver jamás la pascua
radiante de tus ojos.
¿Cariño del tangible?
Más bien poco, Señor.
Tuviste que encerrarme
en el sagrario:
rozarme bien la carne;
comerme a beso limpio.
Y entonces, sí, Señor,
entonces
lo nuestro fue una fiesta
que no cesa.
Un secreto temblor, 2011