Si no te sale ardiendo de dentro,
a pesar de todo,
no lo hagas.
A no ser que salga espontáneamente de tu corazón
y de tu mente y de tu boca
y de tus tripas,
no lo hagas.
Si tienes que sentarte durante horas
con la mirada fija en la pantalla del computador
o clavado en tu máquina de escribir
buscando las palabras,
no lo hagas.
Si lo haces por dinero o fama,
no lo hagas.
Si lo haces porque quieres mujeres en tu cama,
no lo hagas.
Si tienes que sentarte
y reescribirlo una y otra vez,
no lo hagas.
Si te cansa solo pensar en hacerlo,
no lo hagas.
Si estás intentando escribir
como cualquier otro, olvídalo.
Si tienes que esperar a que salga rugiendo de ti,
espera pacientemente.
Si nunca sale rugiendo de ti, haz otra cosa.
Si primero tienes que leerlo a tu esposa
o a tu novia o a tu novio
o a tus padres o a cualquiera,
no estás preparado.
No seas como tantos escritores,
no seas como tantos miles de
personas que se llaman a sí mismos escritores,
no seas soso y aburrido y pretencioso,
no te consumas en tu amor propio.
Las bibliotecas del mundo
bostezan hasta dormirse
con esa gente.
No seas uno de ellos.
No lo hagas.
A no ser que salga de tu alma
como un cohete,
a no ser que quedarte quieto
pudiera llevarte a la locura,
al suicidio o al asesinato,
no lo hagas.
A no ser que el sol dentro de ti
esté quemando tus tripas, no lo hagas.
Cuando sea verdaderamente el momento,
y si has sido elegido,
sucederá por sí solo y
seguirá sucediendo hasta que mueras
o hasta que muera en ti.
No hay otro camino.
Y nunca lo hubo.
Todas las entradas por Ricardo Fernández
De la historia – Julia Santibáñez
Son necias las barricadas
los torreones, inútiles
si en la aldea las niñas codician al extraño
espían su arma fulminante
buscan su saeta
si se abrasan al ataque sugerido
ansían quedar de bruces
hinchada la boca
la blusa, un jirón.
Y yo
sin barricadas
sin torreones.
SHATABDI EXPRESS – Verónica Aranda
Cabe la incertidumbre en un expreso
que atraviesa suburbios, maizales.
Va cortando la luz de arcilla seca,
va llevando la luz de los abrevaderos.
Este intermedio nómada que se va prolongando…
Y la extranjera que hace el viaje sola
pasa la enfermedad y los monzones.
Yace en el coche cama
cuando es la noche el recorrido ingenuo
al rapto del temblor.
Si renueva su don para el asombro
en alguna estación dejará ofrendas
en el árbol de Shiva.
Remendará la luz que arriesgó en el periplo.
Beso – Kirmen Uribe
Mis pechos son pequeños y mis ojos redondos.
Tus piernas, largas y frías,
como el agua de la fuente.
Te mordisqueo el cuello,
lo tienes firme, inmaduro aún,
como una nuez recién caída.
Te pones arriba y me besas el vientre,
húmedas olas por toda mi piel,
ahora aquí, ahora allá,
como las primeras gotas que caen
antes de que descargue la tormenta: pla, pla, pla.
Nos quedamos dormidos,
pecho y espalda se cierran
como unos labios tras un suspiro.
Nunca la mirada – Mario Benedetti
Hace tanto que pasé mi ecuador
los años bajan como rompehielos
traen edictos nada promisorios
el pellejo es conciso y elocuente
tiene arrugas y manchas desgarbadas
lunares sospechosos y en capilla
es archivo de tactos y contactos
registra las caricias
dadas y recibidas
fue tieso y joven
eso dicen
la luna asoma
la creciente
la de los locos y murciélagos
creciente sólo para recordármelo
hace ya tantas lunas
que pasé mi ecuador
los ojos cambian
nunca la mirada
El retrato – Ezra Pound
Los ojos de esta dama muerta me hablan,
porque en ellos estuvo el amor, y no fue posible ahogarlo.
Y en ese cuerpo el deseo, que no pudo ser borrado
con besos.
Los ojos de esta dama muerta me hablan.
Soneto a la virgen – José Lezama Lima
Deípara, paridora de Dios. Suave la giba del engaño para ser tuvo que aislar el trigo del ave, el ave de la flor, no ser del querer. El molino, Deípara, sea el que acabe la malacrianza del ser que es el romper. Retuércese la sombra, nadie alabe la fealdad, giba o millón de su poder. Oye: tú no quieres crear sin ser medida. Inmóvil, dormida y despertada, oíste espiga y sistro, el ángel que sonaba, la nieve en el bosque extendida. Eternidad en el costado sentiste pues dormías la estrella que gritaba.
Confía en ti, se dijo,… – Olvido García Valdés
confía en ti, se dijo, y sintió que volvía
la frase, confía en la gracia, eso que está
en ti, la nada y el miedo que hay
en ti te ayudarán, y la fatiga, que la energía
vaya a menos, que para quienes quieres
sea leve, la gracia te ayudará.
Fracaso – Kay Ryan
Como lodo
dentro de un tanque
estancado,
su verde
se intensifica
de lima
a esmeralda,
una floración
húmeda
pero menos
efímera
que el éxito
en general.
Failure
Like slime
inside a
stagnant tank
its green
deepening
from lime
to emerald
a dank
but less
ephemeral
efflorescence
than success
is in general.
Nindirí – Ernesto Cardenal
Nindirí es una ciudad sin casas y sin calles.
Desde lejos sólo se miran las cúpulas de sus árboles.
En vez de cuadras con casas son huertas y jardines;
y sus calles sin aceras, como caminos simétricos
entre fachadas de flores y de árboles frutales.
Las casas están adentro, entre los huertos.
Unas cuantas en cada cuadra: casas de paja
o de madera pintada —blancas, rosadas y azules—
entre las veraneras rojas y moradas
y las primorosas rosadas y blancas,
jazmines-del-cabo, jalacates, jilinjoches,
papayas, mameyes, malinches y guayabas
y ropas rosadas y blancas tendidas a secar.
En las ramas hablan loras, verdes como las hojas,
y lapas con los colores de un ramillete de flores.
En las calles mojadas hay pétalos regados.
Y no hay más tráfico en ellas que el de las gallinas,
las mariposas que han sido atraídas por Nindirí
y las carretas de los vendedores de agua.
De tarde sale de las chozas el humo de la cena
con el rumor de las mujeres moliendo maíz
o palmeando las tortillas, y alguna guitarra.
(En uno de estos huertos, entre los malinches,
tendría su palacio el cacique Tenderí,
su dorado palacio de paja, con pisos de petate
donde él se sentaba rodeado de su corte
a beber chocolate en jícaras labradas
y cincuenta muchachas le hacían las tortillas.)
La plaza es como un bosque de palmeras y mangos
y malinches que cuando florecen son como llamaradas,
como si hubiera muchos incendios en el pueblo.
Los caballos y los burros pastaban en la plaza.
Y recuerdo que había una primorosa blanca
en mitad de la fachada de la iglesia.
Los sábados ponían banderas rojas en las casas
donde mataron chancho y venden nacatamales.
—Y de pronto me he acordado que estamos en junio
y que allá en Nindirí ya llegaron las lluvias,
y me imagino la plaza con los malinches en flor.