Todas las entradas por Ricardo Fernández

Aficionado a la ciencia ficción desde hace más de 40 años. Poeta ocasional y lector de poesía, novela negra, ensayo, divulgación científica y ciencia ficción.

Descanso – Gabriel Celaya

Con ternura, con paz, con inocencia,
con una blanda tristeza o el cansancio
que viene a ser un perro fiel que acariciamos,
estoy sentado en mi sillón y soy feliz,
y soy feliz
porque no siento la necesidad de pensar algo preciso.

Con una fatiga que no es un desengaño,
con un gozo que no alienta esperanzas,
estoy en mi sillón, y estoy
en algo que quizás sólo es amor.

Sé que floto
y nada me parece sin embargo indiferente;
sé que nada me alegra ni me duele
y que sin embargo todo me enternece;
sé que eso es el amor,
o que quizá solamente es un dulce cansancio;
sé que soy feliz
porque no siento la necesidad de pensar algo preciso.

Canción para ese día – Jaime Gil de Biedma

He aquí que viene el tiempo de soltar palomas
en mitad de las plazas con estatua.
Van a dar nuestra hora. De un momento
a otro, sonarán campanas.

Mirad los tiernos nudos de los árboles
exhalarse visibles en la luz
recién inaugurada. Cintas leves
de nube en nube cuelgan. Y guirnaldas

sobre el pecho del cielo, palpitando,
son como el aire de la voz. Palabras
van a decirse ya. Oíd. Se escucha
rumor de pasos y batir de alas.

El reposo del fuego – José Emilio Pacheco

(Don de Heraclito)

Pero el agua recorre los cristales
musgosarnente :
ignora que se altera,
lejos del sueño, todo lo existente.

Y el reposo del fuego es tomar forma
con su pleno poder de transformarse.
fuego del aire y soledad del fuego.
al incendiar el aire que es de fuego.
Fuego es el mundo que se extingue y prende
para durar (fue siempre) eternamente.

Las cosas hoy dispersas se reúnen
y las que están más próximas se alejan:

Soy y no soy aquel que te ha esperado
en el parque desierto una mañana
junto al río irrepetible en donde entraba
(y no lo hará jamás, nunca dos veces)
la luz de octubre rota en la espesura.

Y fue el olor del mar: una paloma,
como un arco de sal,
ardió en el aire.

No estabas, no estarás
pero el oleaje
de una espuma remota confluía
sobre mis actos y entre mis palabras
(únicas nunca ajenas, nunca mías):
El mar que es agua pura ante los peces
jamás ha de saciar la sed humana.

Conjuros para la noche de una virgen – Juan Luis Panero

Ah, ese látigo, ese látigo que gime entre los muslos,
que despliega en la sombra su tenaz poderío,
ese látigo que viene de la muerte hacia la muerte,
aventando cenizas a los aires más puros,
señalando fronteras en cinturas y pechos,
recorriendo la piel con ciego escalofrío.
Ese látigo, su furor incansable,
pongo hoy en tus manos y celebro sus llagas.
Fuente de esperma, cabellera al viento,
navegar de tu vientre en un mar imposible,
coronas de cansancio y manos que resbalan
y resbalan y caen y caen trepando el muro,
la imponente pared que, al fin,
mármol o sangre, resquebrajada se desploma.
Ah, ese látigo, camino de elefantes,
muñeca de trapo herida de alfileres,
cruz donde la piel termina y su bosque de pelo.
Olas blancas de sábana sobre tus ojos locos,
dientes sin más oficio que morder en su dicha,
placer de ser un dedo, un cuchillo, la sombra.
«Hemos venido caminando, hemos buscado eternamente,
y hoy, por fin, llegamos a nosotros,
ponemos nuestra planta en tierra verdadera.»
La ceremonia, el rito con incienso de voces,
húmedos labios, palabras como espejos,
ha de tener su principio solemne:
dilatada pupila, ejercicio de furia y de sonámbulo,
estatuas que el cincel deseara.
Más tarde se extenderá el silencio,
un silencio de océano vacío,
una calma impasible de nieve
donde la sangre cantará su derrota.
Al terminar se oirán dos voces,
súbitamente naciendo de la nada
y un tropel de caballos en celo
moverá las cortinas y pisará los sueños.
La luz del día, 26 de agosto, pondrá su velo azul
sobre caricia y hueso, pezón alzado y extinta lengua.
Jornal de ausencia pagará estas horas,
olor de sucia oveja y plantas que se pudren.
«Sí hemos andado, hemos andado hasta llegar aquí
y ahora sabemos que no era ésta nuestra tierra.»
Rasgando el aire, nubes, sol, luna, estrellas,
un látigo de fuego pregona su condena.

Ella – Vicente Huidobro

Ella daba dos pasos hacia adelante
Daba dos pasos hacia atrás
El primer paso decía buenos días señor
El segundo paso decía buenos días señora
Y los otros decían cómo está la familia
Hoy es un día hermoso como una paloma en el cielo

Ella llevaba una camisa ardiente
Ella tenía ojos de adormecedora de mares
Ella había escondido un sueño en un armario oscuro
Ella había encontrado un muerto en medio de su cabeza

Cuando ella llegaba dejaba una parte más hermosa muy lejos
Cuando ella se iba algo se formaba en el horizonte para esperarla

Sus miradas estaban heridas y sangraban sobre la colina
Tenía los senos abiertos y cantaba las tinieblas de su edad
Era hermosa como un cielo bajo una paloma

Tenía una boca de acero
Y una bandera mortal dibujada entre los labios
Reía como el mar que siente carbones en su vientre
Como el mar cuando la luna se mira ahogarse
Como el mar que ha mordido todas las playas
El mar que desborda y cae en el vacío en los tiempos de abundancia
Cuando las estrellas arrullan sobre nuestras cabezas
Antes que el viento norte abra sus ojos
Era hermosa en sus horizontes de huesos
Con su camisa ardiente y sus miradas de árbol fatigado
Como el cielo a caballo sobre las palomas.

Tempestad secreta I – Alfredo Gangotena

Para ti, profundamente.
Para David García Bacca,
esta «desvergüenza».

 

                                                            I

Las razones de la vista: aparecen consiguientes las llanuras, el cárcavo de las selvas.
Encendidas aves, romped de vuelo mis cristales;
Las consabidas alas de este mirar,
La luz naciente que en soledades llevo a los más altos ayes,
Juntad las de vez segura ya en su común medida, en su cenit secreto.

Me devora, del espíritu, la absoluta permanencia de estos polos.
Te escucho, como el ámbito a sí mismo de los cielos,
Allá en cuantas las miradas, en el golpe a ciegas de mi paso.
Sangre desnuda que vertiré en tu flanco:
De ella mi sudor de angustia, de cesación y noche.
Con el ceño adusto al trasluz de las sienes,
Toda inquieta en cima de voces,
De pronto me acusas a deudas, a más rehenes.
¡Habrá espacio de cabida
Junto al labio gota a gota de tus senos?
¡Mente, de flores tan vacía!
Afuera el grito, los deleites;
A darte encuentro, las brisas relucientes.

Me mantuve afuera, en suelo de leones:
Deseando el cumplimiento de tu sexo,
De cuanto jugo a altas horas de este cuerpo seminal,
De cuanto crece en la pendiente.
Ya no miro. Me golpea la sangre de los ojos.
En trances tales de denuedo como el párpado de los héroes,
Ya no asiento el calcañar.
¡Oh vientre, oh boca en la frontera!
Pecho absoluto de mis ansias,
Me vacías, pecho mío, de substancia y tiempo en derredor.
Y reparos, valladares y provincias
A cuanto supe desear.
¡Abridme! llevo el ala fatigada
De arrecios tantos, de espumas y de celos.
Estoy de pena y resonancias,
Más aún: de gala y esponsales.

Os diré ayes como un latido de aguas.
Abridme las urnas, al conjuro de estas lágrimas.
¡Oh vehemencias! mis venas agolpadas en su cúmulo.
¡Oh huésped mía de delicias:
De monte en valle, de noche en claro, de tienda en tienda,
Cabe el temblor seminal de las rodillas,
Como el ámbar del estío en la cepa de la vid,
¡Te acrecientas de presencia, -penetrante y temblorosa de substancias seculares!

Su contorno en mis sabores: ¿me estuvo acaso, me está vedado?
Van mis órdenes: a su merced, la hacienda.
¡Y jugos tales en mi cuerpo, de aquella prenda oculta tan deseada!
Crecida noche, en su caudal de luna, ¡oh gargantas de blancura!
¡Ay! decidme cuánta savia de mi lecho.
Más adentro la pupila, las moradas, cuánto lo escondido.
De vivas flores, en la cumbre, abierta al calor de mis entrañas.
Ya podrá Ella entonces desnuda luego palpitar.

¡De riberas adelante! ¿Dónde están los montes, las otras potestades?
En tela de su dicha, ¿dónde cabe más algo desear?

Ni seda otra, ni tal soporte.
Me conoces, me presentas en campos desatados.
Oh primicias de este único menester!
Mi frente airada, Amor, los ayes, ¡oh cuenca eterna de salivas!
De moradas me regalan.
Y tu vientre abierto en mi pesadumbre de caricias.
E! labio sumo mío cae de los siglos, a tu boca concebida,
¡A la herida declarada de tus senos!