Todas las entradas por Ricardo Fernández

Aficionado a la ciencia ficción desde hace más de 40 años. Poeta ocasional y lector de poesía, novela negra, ensayo, divulgación científica, historia y ciencia ficción.

Carmen nostálgico – Eugenio de Nora

Ah la sonrisa, alegría cierta
que como una paloma blanca
vuela en tu pequeña ciudad.

Los atardeceres del valle
coronando de guirnaldas breves
la lejanía honda y azul.

Desde la cima, en primavera,
el oleaje verde y claro
de la llanura floreal.

Y nuestros árboles, doseles
de fibra y luz, entrelazados
por los rosales del amor.

Y la penumbra, con la fuente.
Y el aire, maravilla, nuestro,
al respirar en él y en ti.

...Quién diría que no es un sueño
el mundo; que es más bello todo
para vivir que al recordar.

Quién soñaría lo que he visto
en tus ojos, ni la ternura
que puede acariciar tu voz.

O quién te adoraría, oh noche
de suaves claveles unidos,
sino el que besa, por amar.

Piedra del sueño – José María Álvarez

             En medio de tantos desórdenes siempre reinó una 
                         alegría que los hizo menos funestos
                                                    Voltaire

                               Para Hélene y Bobo Ferruzzi

Este pasador... En el oro más fino
cincelado. Cuántas veces
dedos anhelantes lo habrán apartado
para que una melena oliendo a mujer
cayese abandonada
sobre unos hombros mórbidos.
Ahora, muerto en esta vitrina,
parece reírse de nosotros, reprocharnos
que seamos capaces de pasar el tiempo
admirándolo.
                        «No soy nada
—nos dice—, sólo un objeto
para sujetar el pelo. Soy hermoso
porque cuando alguien me hizo
era impensable no modelar belleza.
Pero sólo existo cuando brillo
allí para donde fui concebido,
no en el acabamiento de esta veneración mediocre,
sino sobre un rostro hermoso y moreno».

Carmen del amanecer – Eugenio de Nora

En las praderas de la madrugada
rociadas de estrellas fugaces,
me gusta recordar tu alma.

Y aspiro hondo, al sol rasante
de luz tan tibia, la delicia
de sentir como tu boca el aire.

¡Canta la tierra, canta! Duda
entre los embriagados pájaros
y las corolas de hermosura.

Y pasa, como el agua al fondo
del cielo suyo, ¡la alegría
—azul, azul—, de gozo en gozo...!

¡Uno, cien, mil, todos los días!
Es la canción que dice siempre,
que canta ¡siempre!, repetida.

¡La eternidad cada mañana!
—Eres la vida que amanece.
Tierra de luz, ilimitada...

Ustedes y nosotros – Mario Benedetti

Ustedes cuando aman
exigen bienestar
una cama de cedro
y un colchón especial

nosotros cuando amamos
es fácil de arreglar
con sábanas qué bueno
sin sábanas da igual

ustedes cuando aman
calculan interés
y cuando se desaman
calculan otra vez

nosotros cuando amamos
es como renacer
y si nos desamamos
no la pasamos bien

ustedes cuando aman
son de otra magnitud
hay fotos chismes prensa
y el amor es un boom

nosotros cuando amamos
es un amor común
tan simple y tan sabroso
como tener salud

ustedes cuando aman
consultan el reloj
porque el tiempo que pierden
vale medio millón

nosotros cuando amamos
sin prisa y con fervor
gozamos y nos sale
barata la función

ustedes cuando aman
al analista van
él es quien dictamina
si lo hacen bien o mal

nosotros cuando amamos
sin tanta cortedad
el subconsciente piola
se pone a disfrutar

ustedes cuando aman
exigen bienestar
una cama de cedro
y un colchón especial

nosotros cuando amamos
es fácil de arreglar
con sábanas qué bueno
sin sábanas da igual.

Carmen de lo indecible – Eugenio de Nora

Recostado en mi alma, yo no sé qué es más bello
si sentir a la tierra matinal respirar,
(oh muchacha dormida bajo ramas de oro),
o mirar las estrellas que abren ojos de luz.

Yo no sé qué es más bello: si en la noche tan sola
tus cabellos se extienden y oscurecen el mar,
(oh caricia tan leve, suavidad del suspiro
que me devuelve todo, todo tu corazón),

o en el día radiante, por el aire que vuela
—¡libertad fatalmente, florecer y cantar!—
arboledas, praderas, cielo azul reflejado,
paraíso que copian esos ojos de amor.

                           *

¡Soledad de la noche, pura estrella entregada!
¡Alma, alma mía, forma que la luz ve brillar!
Quién te mira y no sueña... Quién dirá qué es más bello,
embriagar tacto y vida, o saber que eres tú.

Amor – Idea Vilariño

Amor
desde la sombra
desde el dolor
amor
te estoy llamando
desde el pozo asfixiante del recuerdo
sin nada que me sirva ni te espere.
Te estoy llamando
amor
como al destino
como al sueño
a la paz
te estoy llamando
con la voz
con el cuerpo
con la vida
con todo lo que tengo
y que no tengo
con desesperación
con sed
con llanto
como si fueras aire
y yo me ahogara
como si fueras luz
y me muriera.
Desde una noche ciega
desde olvido
desde horas cerradas
en lo solo
sin lágrimas ni amor
te estoy llamando
como a la muerte
amor
como a la muerte.

Carmen de los sentimientos – Eugenio de Nora

Mira, sobre las olas
blancas y azules,
canta nuestra alegría
florece y sube.

Sobre esas flores raudas
que ayer perdían
y van ganando ahora
luz y sonrisa.

¿O quizá ellas son otras,
y las enlaza
nuestra alegría, nueva
cada mañana?

Yo no sé si el cariño
—ni tú lo sabes—
es lo que pasa, o queda
por los instantes.

¡Olas blancas y azules;
cesan y vuelven!
¿Como el amor? ¿Son otras,
o las de siempre?

El verso- Pureza Canelo

Es un coloquio		
que me bebe;		
no me orienta, me adentra,		
responde a mi ceguera		
y acaba perdonándome en su rostro.		
Trae fortunas heredadas,		
abrazos de otros, leyendas visibles,		
invisibles, rectas de la muerte,		
volutas del momento,		
cántico rodado de hace mucho,		
el verso.		

Resbala del pelo a la garganta,		
me hace tropezar de veras,		
guiña su ojo		
tiende el mar		
y yo me tiento.		

El verso es un ojo		
pensado para ciegos,		
para mí,		
un caballo al fondo		
volver a casa		
y encender la lámpara del miedo,		
del miedo o la pregunta.		

Tanto		
me estrecha la cintura,		
se escapa de mis brazos,		
me adentra en la campana del llanto,		
de oros con llanto, del din don,		
en la plegaria.		
Y coge mi mano recién hecha		
al vacío		
y no me deja en paz		
aunque lo mate.		

El verso		
puede con mi vida		
sin pedirme permiso para la muerte.		

Carmen del valle de estío – Eugenio de Nora

Yo estaba en la pradera, junto a los grandes álamos,
y en el aire sereno, acariciante,
venía la fragancia de los juncos y el trébol,
venía, como si alguien la esperase.

¡Ah plenitud del valle, pecho del horizonte!
Los susurros, los suspiros del río,
llegaban a mi alma, desde el agua con cielo,
como si yo fuera sonoro, como diciendo pensamientos míos.

En las briznas pisadas, en las hojas
que tiemblan si las apartamos,
en las sombras más tibias, algo había,
algo quedaba de mi corazón, antiguo y cálido.

Y yo estaba en la tarde solo, pero con un cariño
reflejado ya en todo, completo;
¡oh maravilla feliz, encontrar a través de la tierra
con nosotros, presente, el amor ofrecido tan lejos!