Todas las entradas por Ricardo Fernández

Aficionado a la ciencia ficción desde hace más de 40 años. Poeta ocasional y lector de poesía, novela negra, ensayo, divulgación científica, historia y ciencia ficción.

Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba… – Sor Juana Inés de la Cruz

Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
como en tu rostro y en tus acciones vía
que con palabras no te persuadía,
que el corazón me vieses deseaba;

y Amor, que mis intentos ayudaba,
venció lo que imposible parecía,
pues entre el llanto que el dolor vertía,
el corazón deshecho destilaba.

Baste ya de rigores, mi bien, baste,
no te atormenten más celos tiranos,
ni el vil recelo tu quietud contraste

con sombras necias, con indicios vanos:
pues ya en líquido humor viste y tocaste
mi corazón deshecho entre tus manos.

Sierra de Córdoba – Antonio Gala

El olvido no existe. La belleza
se añora sin cesar y se persigue,
memoria y profecía de sí misma.
La belleza es un sino, lo mismo que la muerte.

Teníamos once años,
y la palabra abril significaba
igual para los dos...

Puede el amante
dejar de amar, pero, ay, amará siempre
el tiempo en el que amó:
cuando, al amanecer,
cabía el mundo entero
dentro de una mirada;
cuando al amanecer rompió a cantar
lo que no se sentía con fuerza de decir.

El justo – José Manuel Caballero Bonald

Aquel que edificó su casa
con nobles piedras y a su abrigo
vivió decentemente
sin mandar ni ser mandado,

aquel que obedeció los estatutos
de la naturaleza y así pudo
igualar con la vida el pensamiento,

aquel que compartió los venerables
ordenamientos de la soledad,

ése no podrá nunca ser vencido
porque nunca tampoco
usará contra nadie su poder

En la demente dispersión… – Giorgos Seferis

En la demente dispersión
a diestra y a siniestra por encima y abajo
revolotean las basuras.
Sutiles humos deletéreos
paralizan los miembros de los hombres.
Las almas
apresuradas a dejar el cuerpo
tienen sed y no hallan agua por ningún sitio;
fíjanse acá fíjanse allí a la ventura
pájaros atrapados en varetas;
inútilmente se debaten
tanto que no resisten más sus alas.

La región se reviene sin cesar
jarro de tierra cocida.

Sol – Jidi Majia

Al observar el sol, deseo
Con ayuda de sus rayos
Descubrir y despertar a mis ancestros
Al observar el sol, hablo recio
De forma que puedan escuchar
Me dirijo a sus almas
En mi propio lenguaje místico
Al observar el sol, a pesar de las heridas
Y no ser comprendido por otros
Creo todavía
Que la mayoría de la gente pertenece al lado bueno
Al observar el sol, qué maravilloso es,
La marea invisible de las estaciones lame
Mi piel de bronce
Observar al sol siempre me hace extrañar
A aquellos de antes de mi tiempo
Que alguna vez pudieron sentir esta calidez
Y ya no están en este mundo 

Una novela – Louise Elisabeth Glück

Nadie podría escribir una novela sobre esta familia:
hay demasiados personajes parecidos. Además, todos son mujeres.
Tan sólo un héroe hubo.

Y el héroe ya murió. Las mujeres, como ecos, duran más;
resisten demasiado por la cuenta que les trae.

Y a partir de aquí, nada cambia:
sin héroe, no hay argumento.
Y en esta casa argumento significa historia de amor.

Las mujeres no evolucionan.
Oh sí, se visten, comen, guardan las apariencias.
Pero no hay acción, no hay desarrollo en los personajes.

Todas han decidido suprimir
la crítica del héroe. El problema reside
en que el héroe es débil, sus escenas indican
su función, no su carácter.

Quizá eso explique por qué su muerte no fue conmovedora.
Primero está sentado en la proa de la mesa,
donde más se necesita el mascarón.
Luego, a pocos metros, agoniza y su mujer
le acerca un espejo a los labios.

Asombroso, cómo se afanan estas mujeres, la esposa y las dos hijas.
Ponen la mesa, retiran los platos.
Una espada les perfora el corazón.

Crepúsculo – Huang Fang

Cuántos crepúsculos
ella se sentó en los escalones más altos
para ver condensar y dispersarse los pliegues del ocaso.
La gente vestida de rojo sube.
La gente vestida de verde desciende.
El viento bateó la enorme túnica gris.
Parecía un excedente de huesos
pesados y saltarines.
Por fin, las luces de la calle se iluminaron en sucesión.
Los árboles, las casas, la multitud,
largas sombras menguantes.
Los excedentes de pliegues se entrelazaron
como un oráculo en el espacio de los mortales.