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La luz hierve debajo de mis párpados… – Antonio Gamoneda

La luz hierve debajo de mis párpados.

De un ruiseñor absorto en la ceniza, de sus negras entrañas musicales, surge una tempestad. Desciende el llanto a las antiguas celdas, advierto látigos vivientes

y la mirada inmóvil de las bestias, su aguja fría en mi corazón.

Todo es presagio. La luz es médula de sombra: van a morir los insectos en las bujías del amanecer. Así
arden en mí los significados.

Yo estaré en tu pensamiento… – Antonio Gamoneda

Yo estaré en tu pensamiento, no seré más que una sombra imprecisa;

habré existido en un instante en que la alegría y la piedad ardían en tus ojos.

Pero también quiero permanecer desconocido en ti.

Desconocido. Simplemente envuelto en tu felicidad.

Tú distraída en tu luz y yo apenas viviente en ella, y así, imperceptiblemente amado, esperar la desaparición.

Aunque quizá estamos ya separados por un hilo de sombra y cada uno está en su propia luz

y la mía es la que tú vas abandonando.

Ojos – Antonio Gamoneda

De vivir poco, de
un hombre contenido,
tenso hacia dentro, sólo
como el pájaro libres
quedan, puros, los ojos.

Luchadores, materia
prodigiosa del fuego
procedente y del llanto;
consistencia y penumbra
donde el ansia trabaja
hasta que el agua tensa
su contorno y, ya, queda
cristal vivo que, nunca,
no volverá a llorar.

En los ojos el ruido
del dolor se convierte
en música tan pura
que no se puede oír.

Lo primero que se ama
son los ojos: belleza
reunida mirándose.

Yo puse los ojos sobre
el mundo: mares, siglos
de sombra se elevaron.

De ahí, de mirar la vida
desde lo oscuro, viene
este amor invencible.

Alguien me está hablando
siempre de libertad.
El corazón pretende
vivir sobre la nieve
más alta de la tierra;
las manos en el fuego
sería hermoso, pero
nunca es posible: no
hay libertad.
Solamente, tan sólo,
libertad en los ojos:
invadir la belleza
y meterla en un hombre.

Al fin, dadme la mano,
mis ojos, unidad
de las aguas y el fuego,
intensidad que mira,
llanto, mundo callado
donde está luchando mi corazón por la belleza.

Prometeo en la frontera – Antonio Gamoneda

                         I

Acaso estemos en igual tormento.
Un dios caído en el dolor es tanto
como el dolor si sobrepasa el llanto
y se levanta contra el firmamento.

Un dios inmóvil es un dios sediento
y a mí me cubren con el mismo manto.
Yo tengo sed y lo que yo levanto
es la impotencia de levantamiento.

Oh qué dura, feroz es la frontera
de la belleza y el dolor; ni un dios
puede cruzarla con su cuerpo puro.

Los dos estamos por igual manera
a hierro y sed de soledad, los dos
encadenados contra el mismo muro.

                         II

Y este don de morir, esta potencia
degolladora de dolor, ¿de dónde
viene a nosotros? ¿En qué dios se esconde
esta forma siniestra de clemencia?

Una sola divina descendencia
a esta zona de sombra corresponde.
Si tú hablas a un dios, cuando responde
viene la muerte por correspondencia.

Si no fuera cobarde, si, más fuerte,
en un rayo pudiera por la boca
expulsar este miedo de la muerte,

como este inmortal encadenado
sería puro en el dolor. ¡Oh roca,
mundo mío de sed, mundo olvidado!

Amor – Antonio Gamoneda

Mi manera de amarte es sencilla:
te aprieto a mí
como si hubiera un poco de justicia en mi corazón
y yo te la pudiese dar con el cuerpo.

Cuando revuelvo tus cabellos
algo hermoso se forma entre mis manos.

Y casi no sé más. Yo sólo aspiro
a estar contigo en paz y a estar en paz
con un deber desconocido
que a veces pesa también en mi corazón.