Archivo de la categoría: Premio Nacional de Poesía

El círculo – José Ángel Valente

Estaba la mujer con sus dos senos,
su única cabeza giratoria,
la longitud de su sonrisa, el aire
de estar y de alejarse sabiamente fingido.

Estaba rodeada de sí misma,
de admiración opaca y compartida,
bajo la oscura luz de las miradas.

La complacencia del estar henchía
de estólida ternura los objetos cercanos.

Estaba en pie sumándose a su cuerpo.
Las palabras sonaban conllevando sentidos
superfluos y crasos.

Giraba la mujer.

Rebasaba su órbita
como un pronunciamiento
de todo lo que es bello,
vacío, ritual, sonoro, triste.

Junto al mar – José Hierro

Si muero, que me pongan desnudo,
desnudo junto al mar.
Serán las aguas grises mi escudo
y no habrá que luchar.

Si muero que me dejen a solas.
El mar es mi jardín.
No puede, quien amaba las olas,
desear otro fin.

Que siega pesadumbres. Y cuando
la noche empiece a arder,
soñando, sollozando, cantando,
yo volveré a nacer.

Lloraba recio, golpeando, oscuro… – Rafael Alberti

Lloraba recio, golpeando, oscuro,
las humanas paredes sin salida.
Para marcarlo de una sacudida,
Lo esperaba la luz fuera del muro.

Grito en la entraña que lo hincó, futuro,
Desventuradamente y resistida
Por la misma cerrada, abierta herida
Que ha de exponerlo al primer golpe duro.

¡Qué desconsolación y qué ventura!
Monstruo batido en sangre, descuajado
De la cueva carnal del sufrimiento.

Mama la luz y agótala, criatura,
Tabícala en tu ser iluminado,
Que mamas con la leche el pensamiento.

La Pendiente – Luis Rosales

YA EL SUEÑO HACIA LA MUERTE SE HA INCLINADO;
dame tu mano, Abril, sólo te pido
que quede la esperanza en lo que ha sido
y el trigo limpio en su sazón cortado.

No sé si tengo sed y he despertado
en la aceña del agua del olvido;
no sé, dintelo tú, si me he sentido
por mis propias palabras engañado;

no sé, dimelo tú, si en tu aspereza
no hay siempre un ademán de despedida
y hay un viejo mendigo puesto en cola;

la intensidad mantiene su pobreza,
su harapo de soñar, su desvalida
pasión por ti que permaneces sola.

El olvidado – José Hierro

Ya se ha parado tu tiempo,
pobre criatura.

A qué corazón irás
a derrumbarte, qué tumba
pudrirá tus pobres huesos
cuando tu tiempo se pudra…

Y quién pasará y dirá:
‹‹aquí fue un hombre››, qué música
será tu nombre, qué llama
tu memoria, qué penumbra
se iluminará, de pronto,
con tu luz oscura
(tu sombría luna…).

Ya se ha parado tu tiempo,
pobre criatura.
Y qué serás tú, sin tiempo,
piedra temporal, columna
del granito de la muerte,
rompeolas que retumba
cuando le hienden las olas
con hachas-espumas…

Qué serás, libre en la noche
total, pobre criatura,
qué memoria, estela, huella
dejó tu planta desnuda
–madera del sueño–,
tu planta desnuda.

Y quién pasará y dirá:
‹‹aquí fue un hombre››, qué música
será tu vestigio, quién
pondrá flores en tu tumba.
Qué descolorida hazaña
tuya pudrirá la lluvia.

Pobre criatura, leño
de sueño. Brote que acuna,
florece, moja, despoja
el tiempo (el sueño)… qué brusca
tu madrugada sin tiempo,
tu eternidad, ya madura,
piedra temporal, tallada
por el tiempo, carne dura
de tiempo, nacido para
el tiempo (el sueño), escultura
de tiempo, errante planeta,
pobre criatura,
descuajada ya del tiempo,
libre en la noche absoluta.

POR SEGUIRIYA – ANTONIO HERNÁNDEZ

El conserje de la casa en que vivo
es de mi pueblo y, como yo, vino
a Madrid hace ya muchos años.
Por las mañanas me despierta
con un largo lamento en el que caben
el río, el castillo, las torres
y su casa de entonces. En el patio
debe estar su madre cosiendo
esa nostalgia cana a cana, debe
de estar su primera novia, sus juegos
infantiles, los sueños por cumplir.
Todo en ese quejido de luz y de misterio
con que me despierta, con esa pena
balsámica con que hace amanecer
el mundo.
                      Y tiene vida la muerte
como cuando aún la noche muerde el alba.

El ángel – José Ángel Valente

Al amanecer,
cuando la dureza del día es aún extraña
vuelvo a encontrarte en la precisa línea
desde la que la noche retrocede.
Reconozco tu oscura transparencia,
tu rostro no visible,
el ala o filo con el que he luchado.
Estás o vuelves o reapareces
en el extremo límite, señor
de lo indistinto.
No separes
la sombra de la luz que ella ha engendrado.

HORA DE NOCHES – FÉLIX GRANDE

emparedado en un silencio
de madrugadas sucias de envejecido origen
de un modo helado suele sonreír
festejando su hora de noches

horas con olor a mal habitada covacha
y a taxativa lucidez espiral
y a crimen nonato y a impúdico terror
hora de noches

horas temibles y preexistentes
como deseos abominables
horas como un horrendo lienzo por la pared
desde el que innominadas bestias
apostrofasen al espectador
horas de hora de noches

desperdicios mutantes de todo lo real
o almas incompetentes de la materia
sudor inconforme del tiempo
arrugas vejatorias de lo oscuro
simientes mal nacidas
voces agachadas y pétreas que destilan
sofocaciones y venganzas

noches agrias que escupen miseria a la cabeza

El sueño recurrente – Silvina Ocampo

Llego como llegué, solitaria, asustada,
a la puerta de calle de madera encerada.

Abro la puerta y entro, silenciosa, entre alfombras.
Los muros y los muebles me asustan con sus sombras.

Subo los escalones de mármol amarillo,
con reflejos rosados. Penetro en un pasillo.

No hay nadie, pero hay alguien escondido en las puertas.
Las persianas oscuras están todas abiertas.

Los cielos rasos altos en el día parecen
un cielo con estrellas apagadas que crecen.

El recuerdo conserva una antigua retórica,
se eleva como un árbol o una columna dórica,

habitualmente duerme dentro de nuestros sueños
y somos en secreto sus exclusivos dueños.