tu hijo no tiene nombre
tu pelo no tiene color
tu cara no tiene carne
tus pies no tienen dedos
tu país tiene diez banderas
tu voz no tiene lengua
tus ideas se deslizan cual serpientes
tus ojos no son iguales
comes ramos de flores
echas carne envenenada a los perros
te veo rondar los callejones con una porra
te veo con un cuchillo para cualquiera
te veo hacer pasar una cabeza de pescado por corazón
y cuando el sol caiga a plomo
vendrás de la cocina
con una copa en la mano
tarareando la canción más reciente
y sonriéndome con tu ceñido vestido rojo
extraordinaria...
–¿De dónde vienes, hermano?
–Hermano, vengo del mar.
–Y yo vengo de la tierra;
de la tierra: de sudar.
–La tierra vengo buscando.
–Y yo voy buscando el mar
porque en tierra he sido esclavo.
–Yo he sido esclavo en el mar.
–La tierra, hermano, te guarde.
–Hermano, guárdete el mar.
qué largas tienes las uñas, dijo,
Dios mío.
y yo dije:
no me corto nunca las uñas de los pies yo,
siempre hay alguna mujer que lo hace
por mí.
cogió el cortaúñas y empezó.
estaba en San Francisco
tumbado en el suelo.
ella era bailarina profesional,
habíamos hecho el amor, ido a Fisherman’s
Wharf, regresado y tomado una infusión
de hierbas, estábamos descansando antes
de hacer el amor
otra vez.
ella tenía un cuarto lleno de discos de música clásica
y libros,
hasta de los míos.
vaya uñas, dijo, Dios mío.
pero quédate quieto, no voy a
hacerte daño.
ya está, dijo cuando acabó de
cortármelas, ahora ya puedes buscar otra zorra
que te las corte la próxima
vez.
luego sacó un aceite y empezó a masajearme
los dedos y los pies.
vas a tener que hacerme un masaje en el cuello
a cambio, dijo.
le hice un masaje en el cuello mientras sonaba Mozart
y poco después estábamos haciendo el amor
otra vez.
ahora estoy de nuevo en Los Ángeles
sentado en la cocina
descalzo
y me vienen
a la cabeza imágenes
suyas.
Nina,
espero que la siguiente zorra que me corte las uñas de los pies
seas tú.
La nieve brilla bajo el sol de invierno,
recubre las montañas, almacena
largas sombras de bosques deshojados.
Señala, como un niño, los contornos
de un mundo sin aristas, infinito.
Sobre el mantel de nieve, candelabros
que tiemblan en las copas de los árboles,
fuentes de plata en los pantanos,
vanidosos espejos en el suelo.
Cuando nieva, el mundo es un museo
de alegres bodegones plateados.
Luego, la lluvia cruza el lienzo, rompe
los cristales y borra el horizonte
con la brocha frenética del viento,
como siembra la sombra silenciosa
preguntas sin respuesta en el vacío.
Te quedas pensativo y te somete
una tristeza antigua que regresa
quebrada como un sueño interrumpido.
Las calles escampadas te recuerdan
que el cielo se derrumba, y es contigo.
Seco rumor se expande por la orilla,
un puñal en cada costa está plantado.
Hasta la estrella que milenaria brilla
has de mirarla con ojo desconfiado.
De extremo a extremo, el mar está infestado
de extraños garfios, armas y flotillas.
¡Ah! Y con lo que musitas ten cuidado:
Hay una grabadora en cada silla.
Éste es el futuro que han labrado
manos esclavas y tipos con patillas.
No negarás que todo se ha observado.
Sólo la vida se ha como extraviado,
atada a otro tiempo, a otras pesadillas,
que no pertenecen al presente ni al pasado.
Toda mi ilusión la he puesto
en la espera de un mañana.
¿Cómo vendrás? ¿Adornado
de blanca flor de retama
o de flor de pensamiento
que de luto se engalana?
¿Vendrás con rojas miradas
o con pálidas miradas?
¿Tendrás voz, tendrás sonrisa,
o no me guardarás nada?
¡Mañana, horizonte en niebla,
fiel timón de mi fragata:
hace tiempo que me llegas
con las velas desplegadas!
Partiendo de la luz, donde solía
venir su luz, mis ojos me han cegado;
perdió también el corazón cuitado
el precioso manjar de que vivía.
El alma desechó la compañía
del cuerpo, y fuese tras el rostro amado;
así en mi triste ausencia he siempre estado
ciego y con hambre y sin el alma mía.
Agora que al lugar, que el pensamiento
nunca dejó, mis pasos presurosos
después de mil trabajos me han traído,
cobraron luz mis ojos tenebrosos
y su pastura el corazón hambriento,
pero no tornará el alma a su nido.
Te dije aquella palabra
porque la sentí de pronto
inesperada,
y la cogí en los labios
intacta.
Tuve un momento la duda
de tu mirada.
Pero aquella palabra,
¡qué caprichoso juego
de tenaces instantes
me dejaba!
Estaba aquí, segura,
entre los dientes,
clara,
libre de la garganta.
Tú te quedaste absorto,
contemplándola.
Quisiera tener sujeta
la naranja de la tarde
así entre las manos, fresca,
sin la piel rubia y brillante,
tirabuzón de la luna
peinado por mi cuchillo.
Qué sabor a fruta nueva
ha de tener en los bordes
el mar, la arena y el aire.
¡Qué deseo de partir
en dos mitades la tarde!
Cuando la noche se asome
a su ventanal de cobre
se tragará la naranja.
¡Ay, niña desconsolada!