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Yo no sé que tengo… – Josefina de la Torre

Yo no sé qué tengo.
Si son vuelos ciegos de tormenta oscura,
o es reposo lento de inmóviles aguas.
Pero todo gira cerca de mi sombra
y conmueve el aire de mi pensamiento.
Es el mar y el sol y la arena misma
y es la vela blanca por la orilla abierta
y es todo que vibra dentro de mi sangre
y cubre mis brazos de áspero reflejo...
No sé qué me pasa.
Siento que me espera una hora de luces,
un inesperado vaivén del misterio.
Y en mis sienes vivas, sabias compañeras,
ya siento la huella del primer latido.
¡Ah, sonrisas libres de todos los niños,
voces olvidadas de todos los viejos,
rodeadme ahora,
pedidme consejos!

Toda mi ilusión… – Josefina de la Torre

Toda mi ilusión la he puesto		
en la espera de un mañana.		
¿Cómo vendrás? ¿Adornado		
de blanca flor de retama		
o de flor de pensamiento		
que de luto se engalana?		
¿Vendrás con rojas miradas		
o con pálidas miradas?		
¿Tendrás voz, tendrás sonrisa,		
o no me guardarás nada?		
¡Mañana, horizonte en niebla,		
fiel timón de mi fragata:		
hace tiempo que me llegas		
con las velas desplegadas!

Te dije… – Josefina de la Torre

Te dije aquella palabra
porque la sentí de pronto
inesperada,
y la cogí en los labios
intacta.
Tuve un momento la duda
de tu mirada.
Pero aquella palabra, 
¡qué caprichoso juego
de tenaces instantes
me dejaba!
Estaba aquí, segura, 
entre los dientes,
clara,
libre de la garganta.
Tú te quedaste absorto,
contemplándola.

Quisiera – Josefina de la Torre

Quisiera tener sujeta		
la naranja de la tarde		
así entre las manos, fresca,		
sin la piel rubia y brillante,		
tirabuzón de la luna		
peinado por mi cuchillo.		
Qué sabor a fruta nueva		
ha de tener en los bordes		
el mar, la arena y el aire.		
¡Qué deseo de partir		
en dos mitades la tarde!		
Cuando la noche se asome		
a su ventanal de cobre		
se tragará la naranja.		
¡Ay, niña desconsolada!

Noches – Josefina de la Torre

Noches sobre la playa: rumor de orilla fresca.		
Blanco batir de remos que la sombra sorprende.		
Sobre la barra grande los hachones de pesca,		
y un cuerpo perezoso que en la arena se tiende.		

En lo alto de la Isleta el faro gira y gira.		
Un denso olor a algas... Venus, la Osa Mayor...		
Rasguea una guitarra. Una mujer suspira.		
La brisa trae aromas de madreselva en flor.		

Y en las noches de luna, sentados en la acera,		
al ritmo melodioso de una antigua habanera		
lánguida y cadenciosa con su aire dulzón,		

evocar las figuras de la memoria mía		
(los padres, el hermano, Dolores y María)		
envuelta entre los pliegues de un viejo pañolón.