Me ha picado esta noche
la mosca de los celos en la oreja
y quisiera saber si estás en casa
o con otro, corriéndote una juerga.
Aunque andes de puntillas
se despierta la fiera
y uno que es liberal y no le importa
lo que hagan con la vida, si es ajena,
se vuelve suspicaz, mezquino, espía,
ve visiones, se amarga y se atormenta.
—Es el amor que pasa.
Pues que llame a otra puerta.
Presiento que no soy el mejor yo
de todos los que quise ser y he sido.
He conocido a otros más hermosos,
mejor amantes y mejor vividos.
—Todos, sin excepción, mucho más jóvenes,
prometedores y atractivos—.
No soy el mejor yo.
Pero, al menos, aguanto y sobrevivo.
Los demás, con sus sueños
—cansados, derrotados, aburridos—,
fueron cayendo
uno tras otro en el camino.
La soledad no existe.
Dicen que es sólo un tema
que pone el tono triste
en algunos poemas.
Me he plantado mi abrigo
mejor, frente al espejo,
y he salido a la tarde
con un corazón nuevo.
¡Tanta gente...! Imposible
que alguien pueda dudarlo.
La soledad no existe
nada más que en los tangos.
En la mesa vecina
del café, una enfermera
le cuenta a sus amigos
detalles de una juerga.
Pasan dos quinceañeras
y en sus ojos hay algo
de gatitas en celo
con la fiebre del sábado.
La soledad... ¡Mentira!
La niegan las parejas
que en los bancos del parque
se muerden y se estrechan.
La soledad no existe.
Ya ves, sólo es un tema
que pone el tono triste
en algunos poemas.
Poesía de todas la épocas y nacionalidades