Archivo de la etiqueta: Poesía Mexicana

El infierno perdido – Gilberto Owen

Por el amor de una nube
de blanda piel me perdí
duermo encadenado al cielo
sin voz sin nombre sin ser
sin ser voz suena mi nombre
mas dónde sueña no sé
que se me enredó la oreja
descifrando un caracol
tras una reja de olas
lo hará burbujas un pez
mas mi boca ya no sabe
la sílaba sal del mar
sílaba de sal que salta
del mar a mis ojos sin
lágrimas que la desposen
y el frío mal traductor
mal traidor ángel del frío
roba mi nombre de ayer
y me lo vuelve sin fiebre
sin tacto sin paladar
contacto bobo del cero
grados que era su inicial
con sus tardes de ceniza
en mi lengua de alcohol
en su verde voz de llama
de menta ahogada mi voz
con su blando amor de nube
que al orden me encadenó.

Esta música – Xavier Villaurrutia

ESTA música tan sencilla
yo no sé por qué me conmueve.
Hasta los árboles se inclinan
como se inclinan cuando llueve.

Yo no quiero mirar al ciego...
Su violín es rudimentario,
pero las notas, aunque agudas,
no se han nunca desafinado.

Yo comprendo que el viejo llora,
su música lo hace sentir...
Serán sus ojos todo blanco,
no lo veo, no lo quiero oír...

Interminable la balada
que arranca del pobre violín,
interminable mi congoja.
¡Oh!, puede que no tenga fin...

En las tinieblas húmedas – Ramón López Velarde

En las alas obscuras de la racha cortante
me das, al mismo tiempo una pena y un goce:
algo como la helada virtud de un seno blando,
algo en que se confunden el cordial refrigerio
y el glacial desamparo de un lecho de doncella.

He aquí que en la impensada tiniebla de la muda
ciudad, eres un lampo ante las fauces lóbregas
de mi apetito; he aquí que en la húmeda tiniebla
de la lluvia, trasciendes a candor como un lino
recién lavado, y hueles, como él, a cosa casta;
he aquí que entre las sombras regando estás la esencia
del pañolín de lágrimas de alguna buena novia.

Me embozo en la tupida obscuridad, y pienso
para ti estos renglones, cuya rima recóndita
has de advertir en una pronta adivinación
porque son como pétalos nocturnos, que te llevan
un mensaje de un singular calosfrío;
y en las tinieblas húmedas me recojo, y te mando
estas sílabas frágiles en tropel, como ráfaga
de misterio, al umbral de tu espíritu en vela.

Toda tú te deshaces sobre mí como una
escarcha, y el translúcido meteoro prolóngase
fuera del tiempo; y suenan tus palabras remotas
dentro de mí, con esa intensidad quimérica
de un reloj descompuesto que da horas y horas
en una cámara destartalada...

La tristeza terrestre – Margarita Michelena

Vivo a veces mi muerte. Me recuerdo.
Adivino mi rostro y sé mi nombre.
Y la puerta se abre. Y yo penetro
en mi primera identidad y salgo
de la casa fugaz de mi esqueleto.

Qué difícil volver, con la memoria
de aquella viva muerte que se tuvo.
Qué mirarse a sí mismo,
ya ser desconocido e increíble,
después de ver las fuentes y los prados
de la morada quieta y misteriosa.

Ya se es criatura despojada,
ángel triste y vacío, helada estrella,
vagando por el dédalo sonoro
de una desconocida sangre, por la patria
extraña de unos ojos,
después de haber pisado un umbral de centellas.

Y las manos, que brotan
como súbitos seres impensados.
Y esta ciudad equívoca del cuerpo
donde somos viajeros extraviados.
Y este volverse a ciegas
a la oculta potencia, al signo visto
que de terrible amor ha enamorado.

Todo ya en la comarca desolada
de los torpes sentidos,
cruzando por acequias estancadas,
por extraños países moribundos
de cabellos y piel, huesos y sangre,
hacia el nombre y el rostro ya sabidos.

Ya no se vive, no, como los otros,
con esta muerte de fulgor probada,
ni es nuestro ya el cadáver que devora
la muerte igual, la muerte que es de todos.

Y no sé si Dios manda
esta dulce visita tenebrosa,
este veneno altísimo y terrible
o si se escucha el canto de un demonio
detrás de esta nostalgia,
de este volver de nuestra muerte propia

Pero sé que es morir. De eso se muere
de jubiloso atisbo fulminante,
de tremenda memoria recobrada.
Y aquel que haya caído
alguna vez desde su propio cuerpo,
como si despertando bruscamente
se despeñara de una torre sorda,
andará hasta la muerte como muerto.

Cuento de espantos – José Emilio Pacheco

Ayer la vi. No me lo van a creer.
Ayer me encontré con ella en el parque
por donde caminábamos a los veinte años.
Está igual que siempre.
En todo caso la muerte
la ha embellecido, la rejuvenece, la hace
adolecer de adolescencia.
Ya no tiene veintidós años,
sino dieciocho a lo sumo.
Quién penetra el misterio
de estos números y estos años,
su más tiempo de muerta que edad de viva.
Pero cómo ilumina los dos orbes
y es la estrella
del alba y el crepúsculo:
muchacha para siempre, también sombra
que nunca volverá de las tinieblas.
La vi de lejos y como es natural
me fue imposible dominar el impulso
de acercarme, verla de nuevo, implorarle:
“No sabes cómo te extraño.
No me resigno a perderte.
No te he olvidado.”
Abrí la boca. No pude
pronunciar la menor palabra.
Me congeló la mirada
que sin decirlo decía:
“¿Cómo se atreve, señor?
¿No se ha visto al espejo?
¿No hay calendarios?
¿No toma en cuenta
las edades que nos separan?”
Y de este modo yo,
el aún vivo,
me convertí en el fantasma.

Canción apasionada – Xavier Villaurrutia

COMO la primavera, ponía
en cada espíritu un azoro;
en su sonrisa desleía
la miel del ansia que encendía
en un relámpago sonoro.

Y como la noche, callaba,
y en el silencio azul y fuerte
de sus pupilas, concentraba
un temblor mayor que la muerte…

Su voz era mansa y cercana;
tenía brillos de manzana.
Y mi fervor asiduo ardía
en su carne como una llama
que ningún soplo inclinaría.

¡Qué fiel el zumo que su boca
exprimió en la mía temblorosa!
Su calor en mi alma coloca
reminiscente y roja rosa.

¡Qué firme apego el de sus brazos!
Lo siente ahora el desamor
en que se inundan mis ribazos
y en que se calla mi clamor…

Parábola del semáforo – Joaquín Antonio Peñalosa

en aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos
no he visto nada tan hermoso después de las estrellas
como un semáforo
la llama roja congelando las sandalias
la llama amarilla precaviendo el semáforo del ojo
la llama verde poniendo en marcha el bosque de los báculos
para el diluvio de las máquinas
repetid en cada esquina el arcoíris
y no emprendáis camino
sin alzar el candelabro de las tres pupilas.

Arroyo – Tomás Segovia

En la prisa de su ímpetu tiránico
No oye nada el arroyo
Desde el foso sin bordes de su propio fragor
Desde aquí arriba
Se ve el tropel de espaldas líquidas
Sin cesar arrojándose
Con la monótona constancia
De un perpetuo desorden

Esta vehemencia se abalanza
Hacia un túnel del tiempo
Que no debiera tener término

El arroyo perpetuamente empieza
Por siempre su después es otra vez ahora

¡Ah sí! resiste
No te dejes salvar por mis palabras
No cedas uno solo de tus ansiosos rasgos
A la imagen de ti
En la que te amaré luego

Te juro que estoy mirándote
Fuera de este poema
Donde corro contigo
Abrazado a un impulso y ciego a toda meta

Queriendo que mi vida igual que tú
No sepa nunca dónde acaba el tiempo.