Seco rumor se expande por la orilla,
un puñal en cada costa está plantado.
Hasta la estrella que milenaria brilla
has de mirarla con ojo desconfiado.
De extremo a extremo, el mar está infestado
de extraños garfios, armas y flotillas.
¡Ah! Y con lo que musitas ten cuidado:
Hay una grabadora en cada silla.
Éste es el futuro que han labrado
manos esclavas y tipos con patillas.
No negarás que todo se ha observado.
Sólo la vida se ha como extraviado,
atada a otro tiempo, a otras pesadillas,
que no pertenecen al presente ni al pasado.
Toda mi ilusión la he puesto
en la espera de un mañana.
¿Cómo vendrás? ¿Adornado
de blanca flor de retama
o de flor de pensamiento
que de luto se engalana?
¿Vendrás con rojas miradas
o con pálidas miradas?
¿Tendrás voz, tendrás sonrisa,
o no me guardarás nada?
¡Mañana, horizonte en niebla,
fiel timón de mi fragata:
hace tiempo que me llegas
con las velas desplegadas!
Partiendo de la luz, donde solía
venir su luz, mis ojos me han cegado;
perdió también el corazón cuitado
el precioso manjar de que vivía.
El alma desechó la compañía
del cuerpo, y fuese tras el rostro amado;
así en mi triste ausencia he siempre estado
ciego y con hambre y sin el alma mía.
Agora que al lugar, que el pensamiento
nunca dejó, mis pasos presurosos
después de mil trabajos me han traído,
cobraron luz mis ojos tenebrosos
y su pastura el corazón hambriento,
pero no tornará el alma a su nido.
Te dije aquella palabra
porque la sentí de pronto
inesperada,
y la cogí en los labios
intacta.
Tuve un momento la duda
de tu mirada.
Pero aquella palabra,
¡qué caprichoso juego
de tenaces instantes
me dejaba!
Estaba aquí, segura,
entre los dientes,
clara,
libre de la garganta.
Tú te quedaste absorto,
contemplándola.
Quisiera tener sujeta
la naranja de la tarde
así entre las manos, fresca,
sin la piel rubia y brillante,
tirabuzón de la luna
peinado por mi cuchillo.
Qué sabor a fruta nueva
ha de tener en los bordes
el mar, la arena y el aire.
¡Qué deseo de partir
en dos mitades la tarde!
Cuando la noche se asome
a su ventanal de cobre
se tragará la naranja.
¡Ay, niña desconsolada!
La ciudad inmóvil brilla bajo la luna, alguien sin embargo ha encendido mi corazón, arde contra el silencio de las viejas paredes.
Sólo este fuego me acompaña en la ciudad nocturna y fría, es la ciudad a la que siempre entro por primera vez, se calla frente a mí como un desconocido.
Alguien sin embargo me ha amado antes aquí, sobre estas piedras nos besamos a través de la noche, alguien también tembló por mí bajo las madrugadas de ceniza.
La impiadosa ciudad nunca da coartadas, quién sino ella ha encendido este fuego.
Noches sobre la playa: rumor de orilla fresca.
Blanco batir de remos que la sombra sorprende.
Sobre la barra grande los hachones de pesca,
y un cuerpo perezoso que en la arena se tiende.
En lo alto de la Isleta el faro gira y gira.
Un denso olor a algas... Venus, la Osa Mayor...
Rasguea una guitarra. Una mujer suspira.
La brisa trae aromas de madreselva en flor.
Y en las noches de luna, sentados en la acera,
al ritmo melodioso de una antigua habanera
lánguida y cadenciosa con su aire dulzón,
evocar las figuras de la memoria mía
(los padres, el hermano, Dolores y María)
envuelta entre los pliegues de un viejo pañolón.
Habíamos dado más de mil órbitas sobre el mar sin haber jamás arribado a ningún cabrón puerto Coritani nos traía por mar perdidos algún tiempo para después dormirse y dejarnos otra vez perdidos No quedaba un solo Harrier a bordo y las cargas de armamentos y alcohol arrojadas al mar por unas rocas que eran como olas varadas MaCoritani hacía detener el viento para salir a guerrear a cubierta pero amodorrado por el rocío y el sueño veía nubes que se hundían en el mar Entonces alucinó hundir el portaaviones hasta la mitad, hasta dejar flotando sólo las gigantescas velas en cubierta para que parecieran unas dunas de mármol levantando una capilla Mientras el arsenal de agua debajo del casco y el mar rodeando por todos lados a la vez hacía estremecer de gozo a los rapsodas druidas porque PatrescaOssavinci de una belleza que mandaba a irse de lado al cielo iba levantando el mármol y lo socavaba con su cuerpo hurgándole un hombre la ternura despiadada de un hombre y con sus ojos hurgándole un faro.
Agua clara del estanque.
Era un espejo del chopo
y alfombra verde del cielo
con reflejos de los árboles.
¡Oh si yo hubiera podido
entrar con los pies descalzos
y ser el viento en el agua
y hacer agitar el chopo!