A veces en el fondo de mi alma
bulle una antigua fe resplandeciente,
como un grumo de púrpura extendido
tiñe mi corazón y de ese gozo
sube a mi faz con fértiles destellos
una espléndida sombra de tristeza.
Minutos cual suspiros, leve tiempo
que nadie ve pasar, aquí se siente
como una verde espada que se templa
en la carne gentil de la poesía.
¿Será verdad que el mundo está rodando
en sus inexorables fuerzas ciegas?
¿Que hay lastimeros ayes, que hay matanzas
en los oscuros días de los hombres?
¿Por qué yo pues me siento redimido
y esta alegre tensión de mis entrañas
hace ascender dichosa hasta mis labios
una dorada espuma? Viejos monstruos,
destructoras legiones de infortunio,
espíritus aciagos que pretenden
sellar al hombre dulce como bestia
sometido a la paz de su rebaño:
Doblad ante mi júbilo indefenso
vuestra horrenda cerviz, llorad al menos
vuestra insana impotencia rebelada,
cuando no habéis podido aniquilarme,
y cual nocturno beso del rocío
hace brillar la tierra entre cendales
de tenebrosos sueños, un ser puede,
con sólo abrir sus labios encantados,
hacer brotar de sí la dicha ajena.