Canto a la felicidad – Juan Gil-Albert

A veces en el fondo de mi alma		
bulle una antigua fe resplandeciente,		
como un grumo de púrpura extendido		
tiñe mi corazón y de ese gozo		
sube a mi faz con fértiles destellos		
una espléndida sombra de tristeza.		
Minutos cual suspiros, leve tiempo		
que nadie ve pasar, aquí se siente		
como una verde espada que se templa		
en la carne gentil de la poesía.		
¿Será verdad que el mundo está rodando		
en sus inexorables fuerzas ciegas?		
¿Que hay lastimeros ayes, que hay matanzas		
en los oscuros días de los hombres?		
¿Por qué yo pues me siento redimido		
y esta alegre tensión de mis entrañas		
hace ascender dichosa hasta mis labios		
una dorada espuma? Viejos monstruos,		
destructoras legiones de infortunio,		
espíritus aciagos que pretenden		
sellar al hombre dulce como bestia		
sometido a la paz de su rebaño:		
Doblad ante mi júbilo indefenso		
vuestra horrenda cerviz, llorad al menos		
vuestra insana impotencia rebelada,		
cuando no habéis podido aniquilarme,		
y cual nocturno beso del rocío		
hace brillar la tierra entre cendales		
de tenebrosos sueños, un ser puede,		
con sólo abrir sus labios encantados,		
hacer brotar de sí la dicha ajena.

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