La noche en que nos conocimos las palabras andaban por el aire un tropel de caballos que corrían al desierto para morir de sed. Suicidas de seda, kamikazes de organza. Nos mirábamos las bocas y buscábamos entre todos los ademanes la oportunidad para rozarnos. Nos olvidamos de que las palabras estaban cerca. Las dejamos flotar como niños malcriados sobre nuestra íntima ceremonia. Estábamos juntos y nos decíamos linduras al oído antes de partir en direcciones contrarias. La despedida fue breve, dejamos que nuestro piadoso vocabulario tuviera su minuto de descanso. Al llegar a casa, un dolor en la nuca me recordó que tenía un cuerpo y, en orden de mérito, vos te lo merecías por completo.