Ahora, cuando recuerdo tus labios de cereza, vagabundos de amor entre las calles, y la dulce penumbra de tus ojos, viajeros del ocaso. Cuando sé positivamente cierto que no hubo corazón más traspasado que el que yo te ofrecí, escríbeme una carta o llama por teléfono para que alguien recoja mi persona que dejo abandonada en el asfalto donde los coches claman su impaciencia fallida en el semáforo, y los hombres soportan su soledad de estatua indiferente.
Y si alguien me encontrara con los ojos cerrados, aunque caballos lancen mi corazón al cielo, será que ya estoy muerta y alguien me dejará una flor en las manos.