Orilla
laxitud donde se duerme un río
tierra húmeda
placidez del silencio.
Deseo que crece
en las fuentes del sueño
o en el paisaje cálido
donde la luz se anida.
Camino blanco
concierto unánime
¡amanecer abierto de campanas!
Archivo de la categoría: Poesía colombiana
Deslumbramiento – Dora Castellanos
Era lirio en el aire y fragancia en el viento;
ondas sobre las aguas y temblor en el río;
cuando vi su hermosura, con todo el pensamiento,
grabé su amado nombre para llamarlo mío.
Nunca supe la hora ni el exacto momento
en que amé su mirada. Sólo sé que tardío
su amor llegó a mi vida con el deslumbramiento
de una fruta en invierno, de una flor en estío.
Por menos presentido, todo fue tan hermoso
como ver cuando caen nieves en primavera,
lluvias en el verano, lágrimas en el gozo.
Después de haberlo amado que mi alma responda
si sabe por qué existen sobre la tierra entera
el perfume en el aire y el temblor en la onda.
Enredados los cuerpos… Renata Durán
Enredados los cuerpos
en el agua del amor
gimiendo sudorosos.
Latigazos de sangre
alucinados.
Me abres de par en par,
nos penetramos.
El deseo con sus brazos de sed
navega ahogando las fronteras,
rompiéndolas.
Más allá de nosotros el sol
amor, el sol
que es carne viva.
Inagotable -Cristina Maya
Deshabitada,
ausente del lugar
acostumbrado,
enclavada en un tiempo indefinido
así me siento en esta noche.
Ah, no quiero saber más
de las fugas perpetuas,
de las claudicaciones.
Mi mente vuela ágil
sin poder detenerse
guiada por una luz inagotable,
por un sueño de estrellas
que calcinan el cielo.
Me erijo en el recuerdo
y busco mi lugar
en la cambiante forma
de las cosas.
Porque ahora la noche se perfila
en su mudez pesada
donde queda temblando
el pulso de las horas
y mi deseo habita
esa región innominada
que se quiebra por dentro
en mil pedazos.
Entonces no puedo desprender
la recia costra de los años
y soy sólo el fluir de mi conciencia
¡debatiéndose sola
entre la nada!
Algún día – Dora Castellanos
Un día llegarás;
el amor no espera.
Y me dirás:
Amada, ya llegó la primavera.
Un día me amarás.
Estarás de mi pecho tan cercano,
que no sabré si el fuego que me abrasa
es de tu corazón o del verano.
Un día me tendrás.
Escucharemos mudos
latir nuestras arterias
y sollozar los árboles desnudos.
Un día. Cualquier día.
Breve y eterno,
el amor es el mismo en primavera,
en verano, en otoño y en invierno.
No podría obligarte… – Renata Durán
No podría obligarte
a no seguir tu sino.
Eso sería negarte
todo lo que de carne eres
y que somos.
Vete ya a acariciar
largos cuerpos,
distintos a este mío,
desde el cual te diviso,
viviéndome de adentro.
Tú vives desde afuera.
Con sólo ser tocado
ya existes.
Yo necesito más.
Quiero manos de amor,
sabias manos que
atraviesen la piel
de que estoy hecha,
y conozcan
la pura consistencia
de mi barro.
No es verdad… – Renata Durán
No es verdad
que tú cuentas
conmigo,
ni con nadie.
Sólo cuentas
contigo
y tu mentira.
Entraste en el túnel
de ti mismo,
volcándote
en los otros.
Cuando te puse
enfrente del espejo
te encegueciste más,
y me dejaste
a la orilla de ti,
sin brazos para hallarte.
Madame – Mario Rivero
Siéntese frente al fuego
y hable madame
leyendo hacia adentro
en la pizarra donde la vida escribe.
Tal vez a mi pueda contarme
que alguien un día
llevó su mano -como un clavel
por una calle solitaria-.
Estoy enferma de ti… – Renata Durán
Estoy enferma de ti,
maltrecha adolorida.
Otros brazos me buscan
y no puedo abrazarlos.
Me besan y no puedo
responder con mis labios.
Ando desintegrada,
dispersa por el mundo.
Y solo hay un momento
en que me encuentro:
Cuando los dos
jugamos a ser uno.
Cuando te siento
indefenso
en mis brazos,
y pierdes la conciencia
de que nos separamos.
La luna y Nueva York – Mario Rivero
Nos encontrábamos todos los días
en el mismo sitio
compartíamos versos, cigarrillos
y a veces una novela de aventuras.
Lanzábamos piedrecillas
desde el puente donde almorzaban
los obreros de la fábrica de vidrio.
Le decía que la tierra es redonda
mi tía bruja y la luna un pedazo de cobre.
Que un día iría a Nueva York
la ciudad abundante en cosas estrambóticas
donde los gatos vagabundos
duermen bajo los automóviles
donde hay un millón de mendigos
un millón de luces
un millón de diamantes . . .
Nueva York donde las hormigas
demoran siglos trepando al Empire State
y los negros se pasean por Harlem
vestidos con colores chillones
que destilan betún en el verano.
Iría por los restaurantes
hasta encontrar un cartelito:
“Se necesita muchacho para lavar los platos.
No se requiere título universitario”.
A veces comería un sandwich
recogería manzanas en California
pensaría en ella cuando montara en el elevado
y le compraría un traje parecido al neón . . .
me iba a besar
cuando sonó el pito de la fábrica.