Ayer la vi. No me lo van a creer. Ayer me encontré con ella en el parque por donde caminábamos a los veinte años. Está igual que siempre. En todo caso la muerte la ha embellecido, la rejuvenece, la hace adolecer de adolescencia. Ya no tiene veintidós años, sino dieciocho a lo sumo. Quién penetra el misterio de estos números y estos años, su más tiempo de muerta que edad de viva. Pero cómo ilumina los dos orbes y es la estrella del alba y el crepúsculo: muchacha para siempre, también sombra que nunca volverá de las tinieblas. La vi de lejos y como es natural me fue imposible dominar el impulso de acercarme, verla de nuevo, implorarle: “No sabes cómo te extraño. No me resigno a perderte. No te he olvidado.” Abrí la boca. No pude pronunciar la menor palabra. Me congeló la mirada que sin decirlo decía: “¿Cómo se atreve, señor? ¿No se ha visto al espejo? ¿No hay calendarios? ¿No toma en cuenta las edades que nos separan?” Y de este modo yo, el aún vivo, me convertí en el fantasma.