Archivo de la categoría: Premio Cervantes

Supervivencia – José Manuel Caballero Bonald

Musgo mefítico, adherencia		
matinal de lo inerte, día		
a día arrastrándome		
hacia un fondo de esponjas		
oxidadas, broncas burbujas		
balbucientes, tentáculos		
que en las marañas de la noche		
acechan.		
      Toco a ciegas
la luz, las alas		
de las horas, escucho		
cómo restallan los cristales		
de la mañana llameando		
desde el centro		
del sueño, desde el centro.		
Lentas ondas me emplazan		
en lo opaco del día, busco		
la cajita de yerbas, el papel		
ocasional de los recados.		
                      Salto
por fin al borde de la vida.

A mi Ángel – María Zambrano

... Y no hay misterio
sólo trabajos, pesadumbre,
y esa amarga yerba.
Pero tú me conduces
y nada te pido.
Sí, quiero ser tus alas
caídas, ahora, llanto,
lluvia de lágrimas por mí.
Porque tú me lloras,
lloras mi no ser
porque me sientes amantísima a tu lado.
Soy tu fealdad, tu impotencia
extranjera a ti confiada.
Cómo te peso,
yo, la invisible,
soy tu piedra,
el aceite que unta tus alas,
tu rémora
y, en instantes infinitos,
tu desesperación.
¡Oh, Ángel!
¿Seré tu infierno?
Eterno retorno
de tu ligereza por mí aprisionada.
Como una oscura cosa
me ofrezco a tus pies
para ser quemada, ahumada,
víctima necesaria de tu libertad.
No me dejes existir, pues que te
peso.
Tú me mides,
soy tu irreductible,
¿hasta cuándo?,
tu condena.

Voces – Juan Gelman

eugenio triste era un
triste que a veces preguntaba
si solamente era verdad
la lejanía el cierto olvido
más cierta la hoja seca que
el brote nuevo preguntaba
eugenio el harto mi reDiós
de tanta técnica o científica
o máquinas que nunca le
devolvieron la mujer muerta

de su mujer nacían números
otros abstractos sin calor
color olor o simple vida
a modo de ruido insolente
o gran saliva en el amor
o equivocadas dolorosas
las dos distancias que se ataban
o ardían sin cuidar el arte
del rizo o raso sobre el labio
sin cuidar fuegos como lujos

ah camarada en la tristeza
linda podrida del revés
le subían exactitudes
planetas ya vacíos como
los vestidos sin cuerpo donde
amarilleaban los aromas
los encuentros los desencuentros
que hubo o hubieron como hubiesen
o celebrando la pasión
o las porfías espantosas

eh camarada triste triste
eh triste eugenio raro es
el mundo el barro el río el tiempo
que te dio vuelta el rostro para
que te miraras el través
la espalda que latía bajo
el diente que le hincaron y
agujeritos como perros
que no respetan dioses se
cubren de dorados ungüentos

¿también a usted lo preocupaba
el rigor mortis conturbat me
a manera de perfección
de grande pájaro en su luz
quieto en innúmeras regiones
del corazón acomodado
mientras rumores en la noche
crecían como desamparos
y se desceñían los mirtos
que lo honraban especialmente?

ah caballadas del pesar
lo galoparon o dejándole
un gran polvo en la boca o
una verdad como una furia
o sea como una tristeza
le taparon el ojo del
alma como se dice y un
tajo hondo le dejaron donde
pasa volando el amor de oro
¡oh niño tierno ciego no!

con eugenio hicieron un vuelo
que buscaba una amiga dulce
para dormir para dormir
de las que ven la luz del sol
no tienen doble la salud
y fluyen como ríos como
los animales en su pico
gallos que anuncian la mañana
también para el silencio hay
una recompensa sin riesgo

¿cuándo levantarás un palo
con tu pedazo ya mitad
en los cajones de la cielo
y no apagando nunca lámparas
como cenizas triste triste
y de las manos te salieran
toda la ausencia como miel
la dolor como suave pájaro
la sufrimiento como mundo
y el adverbio con yerba encima?

así quisieron verte eugenio
los insectos alados que
por los caminos más oscuros
las algas viejas las ballenas
las dos maneras de la mar
los matrimonios instantáneos
buscan comer vírgenes suaves
goletas delirantes antes
de convertirse en sus retratos
como espectros los más humanos

ah pobres de la tierra nunca
terminarían de pagar
himnos que hacen brillar al sol
como bandidos que vigilan
viejos tesoros escondidos
puros terribles como plantas
curanderas del corazón
para el eugenio triste triste
al que jamás le devolvieron
la esposa muerta muerta muerta

ojos orejas para quién
boca nariz hacia qué carne
y así el eugenio se encerró
como rodeado de injusticias
se le caían astros antiguos
que él no iba a levantar
y una silencio lo envolvió
que lo hizo hablar por una vez
sin saber quién lo trajo o
como empezando su defensa

cuando sus palabras se hundieron
en la tierra que lo esperó
aún tuvo tiempo de mirar
la luz que le subía del pecho
afirmando que todo es muerte
afirmando que todo es vida
como una última mujer
o esposa con la que bajara
ya libres de escaleras por
lo que come a buenos y a malos

Los nombres – Jorge Guillén

Albor. El horizonte
Entreabre sus pestañas
Y empieza a ver. ¿Qué? Nombres.
Están sobre la pátina

De las cosas. La rosa
Se llama todavía
Hoy rosa, y la memoria
De su tránsito, prisa,

Prisa de vivir más.
A lo largo amor nos alce
Esa pujanza agraz
Del Instante, tan ágil

Que en llegando a su meta
Corre a imponer Después!
Alerta, alerta, alerta,
Yo seré, yo seré

¿Y las rosas? Pestañas
Cerradas: horizonte
Final. ¿Acaso nada?
Pero quedan los nombres.

evohé (selección) – Cristina Peri Rossi

Una mujer me baila en los oídos
palabras de la infancia
yo la escucho
mansamente la miro
la estoy mirando ceremoniosamente
y si ella dice humo
si dice pez que cogimos con la mano,
si ella dice mi padre y mi madre y mis hermanos
siento resbalar desde lo antiguo
una cosa indefinible
melaza de palabras
puesto que ella, hablando,
me ha conquistado
y me tiene así,
prendido de sus letras
de sus sílabas y consonantes
como si la hubiera penetrado,
me tiene así prendido
murmurándome cosas antiguas
cosas que he olvidado
cosas que no existieron nunca
pero ahora, al pronunciarlas,
son un hecho,
y hablándome me lleva hasta la cama
adonde yo no quisiera ir
por la dulzura de la palabra ven.


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La mojo con un verso,
y ella, húmeda de mí,
rencorosa, me da la espalda.
Le digo que prefiero las palabras,
entonces se burla de ellas con gestos obscenos.
La persigo por el cuarto
y así, desnuda y herida,
con el cuerpo lleno de señales
le tomo una fotografía.
Un día seré un escultor famoso,
y ella posará para mí,
muerta de palabras,
llena de letras como despojos.



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Por la calle, venían tantas mujeres
que no puedo pronunciarlas a todas,
en cambio, las amé una por una.

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Las mujeres vienen de lejos,
a consolar a los poetas
de la decepción de las palabras.

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Las palabras vienen desde lejos,
a consolarnos de la decepción de las mujeres.

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Los poetas aman las palabras
y las mujeres aman a los poetas
con lo cual queda demostrado
que las mujeres se aman a sí mismas.

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La palabra está sola.
El poeta         ausente.
La mujer en tinieblas.

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Las mujeres, son palabras de una lengua antigua
y olvidada.
Las palabras, son mujeres disolutas.

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Era ciego, y como la única realidad es el lenguaje,
no veía una mujer por ningún lado.

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Los ciegos no pueden amar a las mujeres
porque no ven las palabras, bajo las que ellas andan
disfrazadas.

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y húmeda de la lluvia de palabras,
en tu vientre crecen los sonidos
con que empezar
modestamente
a nombrar las cosas.

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Cuando te nombro,
y quedas anegada,
como después de la lluvia.


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Silencio.
Cuando ella abre sus piernas
que todo el mundo se calle.
Que nadie murmure
ni me venga
con cuentos ni poesías
ni historias de catástrofes
ni cataclismos
que no hay enjambre mejor
que sus cabellos
ni abertura mayor que la de sus piernas
ni bóveda que yo avizore con más respeto
ni selva tan fragante como su pubis
ni torres y catedrales más seguras.
Silencio.
Orad: ella ha abierto sus piernas.
Todo el mundo arrodillado.

Los elementos de la noche – José Emilio Pacheco

Bajo el mínimo imperio que el verano ha roído
se deshacen los días.
En el último valle
la destrucción se sacia
en ciudades vencidas que la ceniza afrenta.
La lluvia extingue
el bosque iluminado por el relámpago.
La noche deja su veneno.
Las palabras se rompen contra el aire.
Nada se restituye ni devuelve
el verdor a la tierra calcinada.
Ni el agua en su destierro sucederá a la fuente
ni los huesos del águila volverán por las alas.

Hablo con mi madre – Antonio Gamoneda

Mamá: ahora eres silenciosa como la ropa		
del que no está con nosotros.		
Te miro el borde blanco de los párpados		
y no puedo pensar.		

Mamá: quiero olvidar todas las cosas		
en el fondo de una respiración que canta.		
Pasa tus manos grandes por mi nuca		
todos los días para que no vuelva		
la soledad.		

Yo sé que en cada rostro se ve el mundo.		
No busques más en las paredes, madre.		
Mira despacio el rostro que tú amas:		
mira mi rostro en cada rostro humano.		

He sentido tus manos.		
Perdido en el fondo de los seres humanos te he sentido		
como tú sentías mis manos antes de nacer.		

Mamá, no vuelvas más a ocultarme la tierra.		
Ésta es mi condición.		
                   Y mi esperanza.

El mar – Jorge Luis Borges

El mar. El joven mar. El mar de Ulises
y el de aquel otro Ulises que la gente
del Islam apodó famosamente
Es-Sindibad del Mar. El mar de grises
olas de Erico el Rojo, alto en su proa,
y el de aquel caballero que escribía
a la vez la epopeya y la elegía
de su patria, en la ciénaga de Goa.
El mar de Trafalgar. El que Inglaterra
cantó a lo largo de su larga historia,
el arduo mar que ensangrentó de gloria
en el diario ejercicio de la guerra.
El incesante mar que en la serena
mañana surca la infinita arena.

Agua escondida – Dulce María Loynaz

Tú eres el agua oscura
que mana por dentro de la roca.
Tú eres el agua oscura y entrañable
que va corriendo bajo la tierra,
ignorada del sol,
de la sed de los que rastrean la tierra,
de los que ruedan por la tierra.

Tú eres agua virgen sin destino y sin nombre
geográfico; tú eres la frescura intocada,
el trémulo secreto de frescura, el júbilo secreto
de esta frescura mía que tú eres, de esta agua
honda que tú has sido siempre,
sin alcanzar a ser más nada que eso;
agua negra, sin nombre…
¡Y apretada, apretada contra mí!