Archivo de la categoría: Premio Nacional de Poesía

Letanía del ciego – Carlos Bousoño

Soy como un ciego
RUBÉN DARÍO
Y tú que tanto amas, tanto ríes,
tanto adivinas y conoces tanto,
¿dónde el escudo para que te fíes,
dónde el pañuelo de enjugar tu llanto? 

¿Dónde el camino que no veo ahora?
Dímelo o llora y el mirar suprime.
¿Es ya la noche que no tiene aurora?
Dímelo, dime. 

Y sin embargo tu vivir empaña
mi vivir con un vaho que es ternura,
que es caliente rumor que me acompaña
la noche oscura. 

Y sin embargo con tu mano guías
y a tientas toco lo que apenas veo
y digo acaso para que sonrías
lo que no creo. 

Y toco apenas y tu bulto aprendo
y torpe sigo lo que tú me indicas.
Lo que no miro, lo que no comprendo,
tú multiplicas. 

Tú multiplicas, o quizás es tu invento
porque lo vea aunque quizá no exista.
Entre la noche de mi pensamiento
dulce es tu vista. 

Dulce es tu vista, tu mirar risueño
que mira un llano donde estaba un monte
y que a mi alma de temblor pequeño
llamó horizonte. 

Dulce es tu vista que miró aquel lago
y lo llamaba alegre mar bravío.
Tu generoso corazón es mago.
¡Lo fuese el mío! 

La madeja – Carlos Bousoño

En la noche callada,
suspenderse a sí mismo, detenerse,
sonido, voz, pisada
confusión que nos llega,
el laberinto, el otro lado,
la vuelta a la desgracia,
la madeja que no se puede desenredar,
la maraña que nos congrega en meditación,
suspender ese movimiento, ese daño,
ese estupefacto dolor,
parados en la noche profunda,
detenidos en ella,
con una madeja en los dedos,
mirándola, sin poderla entender,
por qué la tengo aquí, por qué estaba,
una mano, una mano tan sólo,
una boca de lobo, que más da, alguna boca,
se interrumpe una sílaba, escisión de una lámina,
por que donde, o el viento,
por qué iba, o lloraba,
por qué estamos aquí,
no me puedo desenredar, ojo que mira desde
el sitio de una lágrima.
Algo pasa en el mundo, algo a mí me sucede,
despegarse es difícil, y una madeja lóbrega,
me asusta una madeja, y no entiendo

La tarde – Carlos Bousoño

Sí, nuestro amor trabaja cual labriego
que arroja la semilla que no nace
y el tiempo pisa y bajo el pie se hace
podredumbre que el viento arrastra luego.

Podredumbre es mi amor. Podrido fuego.
Miro la tarde que en el aire yace
como a la muerte. Lejos se deshace
alguna sombra. Es el mayor sosiego.

Ésta es la tierra en que nacimos. Ésta
en la que viviremos. Triste espía
mi corazón a la dorada cresta

del monte aquél. ¡Ansiada lejanía!
¡Quién pudiera creerte, dulce puesta
de sol; soñarte sólo, cielo, día!

El poema – Carlos Bousoño

Todo está allí, y sigue estando allí, en las palabras
misteriosas, que fueron dichas, pronunciadas,
rotas en una voz de hombre. La crispación del alma,
la grave hora del pesar
más hondo. Más también
aquel otro dolor,
mínimo para todos, pero no para ti,
en la estación de lluvias, junto al portal oscuro.
O nuestro recordar una canción, a la orilla del bosque,
en la ladera suave, un momento de marzo...

... Todo está allí, la sombra, el esplendor
del sol entre las ramas
bajas de los cerezos,
nuestros pasos que van por el sendero
junto al seto de moras,
de niños,
un poco retrasados. Y la riña al llegar
tras la merienda, cuando no lo esperábamos.

... Todo está allí, la sombra del castaño
en el verano suave del norte, y el calor de las islas,
la tristeza, el ensueño, la nostalgia,
la desesperación después, cuando todo cedió
rendidamente,
el caminar postrero...

... Todo está allí, moviéndose o inmóvil,
tal como fue en verdad, entre neblina y leve
sueño. Tal como fue, sin conexión, escaso
de realidad, confuso
como vida de hombre.
Y pues fue así, es bien que quede así,
por siempre,
en las fieles palabras.

Primera noche en la tierra – Carmen Conde

Desoladamente
nos ha dejado solos...
No vemos el Jardín de nuestro ocio.
¿Apagose del fuego la gran rama,
o Dios se la llevó fuera del aire?

Habrá luna. Él creaba estrellas,
las que en el agua florecían veloces
buscándome los dedos vegetales.

Habrá su sol.
La líquida corola derramándose
encima de las selvas inholladas
que yo caminaré descalza siempre.

Junto al árbol que lleva doce frutos,
dando uno cada mes, nunca hubo noche.
Ni urgencia de la antorcha ni la brasa.
¡Dios lo alumbra todo! Hizo astros
para nosotros en destierro de sus síes.

Tibias sombras apaciguan las memorias.
Frío de soledad. Ven a mi pecho,
que yo seré tu tierno prado tibio,
y seguro soñarás en mi corteza.

Allá no ululan lobos. Allí lamían dulces
mis pies sobre tomillos aceitosos.
Aquí se encienden ojos y dientes amenazan
modernos calcañares desgarrados.

Ladran los chacales. ¡Oh, las hienas
que lúgubres husmean nuestro sueño!
Toma el paraíso de mi cuerpo:
mis labios son de ascua, mis hogueras
serán lo único vivo de la noche.

Más fuerte que el amor no será el cierzo.
Más dura que tu pecho no es la sombra.
Defiéndete de mí, estoy buscando
olvido de las selvas que no huelo.

¡Noche, cueva negra de la tierra!
Vamos a bebérnosla de un trago
que deje descubiertas las auroras.

Pronóstico – José Manuel Caballero Bonald

En ese incauto instante que antecede
al olvido, ¿qué ocurre
por las densas cavernas
de la imaginación, dónde termina
la lenta luminaria de los años
y comienza el vacío
a ocupar las rendijas remotas del recuerdo?

Tantas noches en blanco, tanta
fugacidad sobrevenida, tanta aplazada
lucidez, ¿de qué han servido?

Oh memorial de nadie, oh tentación
de desandar el tiempo cuando ya no subsisten
sino tercas opciones a rescindir la vida.

Cómo te defiendes de mí – Luis Alberto de Cuenca

Cómo te defiendes de mí.
Cómo resistes,
desde la torre de la ausencia,
agitando el pañuelo para siempre,
sin forma ni color,
humo tan solo,
aérea y rígida en tu nube,
diciendo adiós al mundo y a mis brazos,
muerta y levísima.
Cómo te defiendes de mí.
Cómo, al fin, me derrotas
y me sepultas, también a mí,
en la tumba sin flores del olvido,
donde el silencio reina.

Peligrosa – Luis Alberto de Cuenca

«¿Qué es más, un inspector o un comisario?».
Lo dijo distraída, desde lejos.
Se lo expliqué. Siguió: «¿Por qué no tiemblas?
Yo soy más peligrosa que esos tipos».
No sabía que hacer. Quería irme.
Largarme a conducir por un sembrado.
Devolver la licencia. Suicidarme.
Pero no me marché. Busqué sus ojos
y le cerré la boca con un beso.

Soneto del amor oscuro – Luis Alberto de Cuenca

La otra noche, después de la movida,
en la mesa de siempre me encontraste
y, sin mediar palabra, me quitaste
no sé si la cartera o si la vida.

Recuerdo la emoción de tu venida
y, luego, nada más. ¡Dulce contraste,
recordar el amor que me dejaste
y olvidar el tamaño de la herida!

Muerto o vivo, si quieres más dinero,
date una vuelta por la lencería
y salpica tu piel de seda oscura.

Que voy a regalarte el mundo entero
si me asaltas de negro, vida mía,
y me invaden tu noche y tu locura.