todavía la enclítica no destruye
los peones reverentes ante él
millares de montañas
revientan exquisitas
delante del sol rojo
(no sol amarillo)
pensar innato en moldeadas rejas
torta trashumeante de vela sin fogón
quisiera ser masa lingüística
para cortarle la barba
ondas en preciosa lumbre
alzar bandera gratuita
kilómetros de nueces
y golpes en relevante torniquete
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Humo – Alejandra Pizarnik
marcos rozados en callado hueso
agitan un cocktail humeante
miles de calorías desaparecen
ante la repicante austeridad
de los humos vistos de atrás
dos manos de trébol roto
casi enredan los dientes separados
y castigan las oscuras encías
bajo ruidos recibidos al segundo
los pelos ríen moviendo
las huellas de varios marcianos
cognac boudeaux-amarillento
rasca retretes sanguíneos
tres voces fonean tres besos
para mí para ti para mí
pescar la calandria eufórica
en chapas latosas
ascendente faena!
Agua de lumbre – Alejandra Pizarnik
Sí. Llueve...
el cielo gime montones desteñidos
sombras mojadas recogen sus trozos
cavidades barrosas tremendas
mezquinas gotas de agua sulfurada
si bien no sé cómo recojo las masas
de ver si me agita la pálida lumbre
tremendo espesor de perros y gatos
las gotas siguen
Noche – Alejandra Pizarnik
correr no sé dónde
aquí o allá
singulares recodos desnudos
basta correr!
trenzas sujetas a mi anochecer
de caspa y agua colonia
rosa quemada fósforo de seda
creación sincera en surco capilar
la noche desanuda su bagaje
de blancos y negros
tirar detener su devenir
Dos sueños – Noni Benegas
Tomo un libro de la mesa de novedades, y al abrirlo caen unas páginas.
Intento recuperarlas para volverlo a armar. La gente se vuelve y mira.
Me oigo decir: lo compro de nuevo... ¿cuánto puede costar? Responden:
carísimo; son libros importados y valen un dineral.
Al cabo me entero de que ese cuadernillo que se soltó
es el correspondiente a mi vida. El resto es de otros autores.
*
Iban a hacerla desaparecer a la manera egipcia. El detalle era
que le cortaban la mano derecha por haber sido una letrada.
Escondían el cuchillo dentro de un pez color plata abierto a lo largo,
y lo llevaban hasta donde ella estaba.
Luego, veía cenizas en una urna. Pero no la mano.
Pensé que igual seguiría viva, tecleando.
Transparencias – Paulina Vinderman
Escríbanme.
Resuelvo en medio de la crisis
volverme carta:
papeles que atraviesen los océanos
como frágiles balsas
(para dar importancia a las tormentas)
Anoche llovió.
Los senderos se embarraron,
atrapé una luciérnaga equivocada
-y esquiva-
y después leí poemas isabelinos
hasta que amaneció
(U n cierto orden es el que sostiene
la soledad
y los abrazos)
Hoy tomé cerveza con un hombre cansado
-de ojos endiabladamente hermosos-
y enmudecimos
frente a un pueblo fantasmagórico
levantado sobre nosotros como una
pintura surreal.
Todos los días voy hasta el río
después del café. Todos los días desisto
de mirarme en el agua barrosa.
En realidad, ya ninguna trasparencia es posible,
como si la vida se ocultara a sí misma
en el penacho de los cocoteros.
Como si la vida fuera todo y nada, orgullosa
de sus fosforescencias
hasta en las palabras, que finalmente nada dicen,
nada reclaman
sino el mínimo lugar en un universo
de ruido de sartenes
amores suntuosos
olas que arrasan las orillas
y códigos infinitos para desenterrar tesoros
(casi siempre con palas prestadas
y al amanecer.)
Dulce tortura – Alfonsina Storni
POLVO de oro en tus manos fué mi melancolía;
Sobre tus manos largas desparramé mi vida;
Mis dulzuras quedaron a tus manos prendidas;
Ahora soy un ánfora de perfumes vacía.
Cuánta dulce tortura quietamente sufrida,
Cuando, picada el alma de tristeza sombría,
Sabedora de engaños, me pasaba los días
¡Besando las dos manos que me ajaban la vida!
Capricho – Alfonsina Storni
ESCRÚTAME los ojos, sorpréndeme la boca,
Sujeta entre tus manos esta cabeza loca;
Dame a beber, el malvado veneno
Que te moja los labios a pesar de ser bueno.
Pero no me preguntes, no me preguntes nada
De por qué lloré tanto en la noche pasada;
Las mujeres lloramos sin saber, porque sí:
Es esto de los llantos pasaje baladí.
Bien se ve que tenemos adentro un mar oculto,
Un mar un poco torpe, ligeramente estulto,
Que se asoma a los ojos con bastante frecuencia
Y hasta lo manejamos con una dúctil ciencia.
No preguntes, amado, lo debes sospechar:
En la noche pasada no estaba quieto el mar.
Nada más. Tempestades que las trae y las lleva
Un viento que nos marca cada vez costa nueva.
Sí, vanas mariposas sobre jardín de Enero,
Nuestro interior es todo sin equilibrio y huero.
Luz de cristalería, fruto de carnaval
Decorado en escamas de serpientes del mal.
Así somos, ¿no es cierto? Ya lo dijo el poeta:
Movilidad absurda de inconsciente coqueta.
Deseamos y gustamos la miel de cada copa
Y en el cerebro habernos un poquito de estopa.
Bien; no, no me preguntes, Torpeza de mujer,
Capricho, amado mío, capricho debe ser.
Oh, déjame que ría... ¿No ves qué tarde hermosa?
Espínate las manos y córtame esa rosa.
Dime – Alfonsina Storni
DIME al oído la palabra dulce;
Camoatí zumbador,
Las letras que se asomen a tus labios
Han de oler a malvón,
Y empacarán insectos en el rojo
Panal del corazón.
Dime al oído la palabra tenue,
Gasa, bruma, vapor...
Fineza de sus signos como leves
Alas de mariposa en la tensión
Del vuelo recto. Peligrosa tela
Urdida en los telares del amor.
Ay, que en los finos hilos de la malla,
Puede morir sin aire el corazón.
Dime al oído de palabras todas
La palabra mejor.
Si puedes, que se escurra de los labios
Modulada sin voz.
Música, de tu boca a mis oídos
Todas palabras son.
Música que adormece bajo el fino,
Rubio vellón,
De los cabellos de la primavera:
Gracia y olor.
Poema de amor desesperado – Silvina Ocampo
Todas, todas las tardes con su fases,
alucinantes y ceremoniosas,
con sus reinos de nubes ingeniosas
lejos de tu presencia son falaces
y fatuas y espantosas.
Las vi con pena, pero atentamente,
como en las galerías, mal pintadas,
se ven sobre las telas arrumbadas,
las guirnaldas, las frutas y la fuente
con flores nacaradas.
Las vi en la circular paz de las plazas
donde los árboles escrupulosos
elevan sus follajes venturosos
ocultando en los muros de las casas
balcones tenebrosos.
En vano las he visto y demasiado
a través del cristal enrojecido
de las ventanas, o en un desvalido
jardín entre las rejas olvidado
como un niño perdido;
debajo de los plátanos dorados
las vi aspirando en la fragancia pura
del follaje esa insólita amargura
que sólo han de sentir los desterrados
con igual desventura.
Cuando elevan los vientos sus murallas
nocturnas en el agua azul del mar,
yo las he visto en vano iluminar
con esplendores largos, en las playas,
la arena sublunar;
las vi en la levedad de las espumas,
en los acantilados donde velan,
en las piedras, palomas que revelan
el mar, el aire, el cielo, hechos de plumas,
trémulas, cuando vuelan.
Mientras pensaba en dónde vagarías
contemplando las mismas deslumbrantes
virtudes de la tarde, suplicantes,
rutilaban vedadas lejanías
para mí en sus diamantes.
Las vi en los cielos de oro perdurables
con nubes que pendían como flecos
purpúreos entre rocas o en los huecos
donde nace en reflejos memorables
la hermana voz del eco.
En sus rosados y altos frontispicios
los cupidos, los leones, las sirenas
dieron formas de sueños a mis penas
en las molduras de los edificios
que creí ver apenas.
Podría dibujarlas una a una
con sus volutas de humo alambicados
en largos arrabales alumbradas
por el fulgor naciente de la luna,
con ramas abrazadas.
Como en los libros más arrobadores
de la infancia, en que todos los objetos
conservan en las láminas secretos
que atesora el amor —con los colores
de algunos alfabetos—,
grabados por tu ausencia en mi memoria
están la esfinge, el quiosco verde, el puente,
el terreno baldío en la pendiente,
la rosa, cualquier rosa invocatoria,
y la estatua obsecuente.
En los senderos grises del invierno
están las plantas del jardín botánico
donde canta un zorzal dulce y tiránico
que podría agravar cualquier infierno
con su canto mecánico.
Están en las anchas márgenes del río
con suaves y patéticas neblinas,
como en un marco de oro las glicinas,
en la desolación del caserío
final de las esquinas;
en el boscaje, oculta está la flor—
cuyo nombre jamás he conocido—
esa flor que el silencio ha conmovido
y que satura el aire de frescor.
¡Oh tardes que no olvido!
Tardes en que las calles habituales
llenas de vanidad y de banderas
tiznan de hollín las plácidas palmeras
y el cielo que se mira en los claustrales
patios con sus higueras.
Tardes en que la música es palpable
como una joya de oro entre las manos,
o un jazmín o el teclado de los pianos
o el agua donde el sol dibuja un sable
de luz en los veranos.
Tardes en que mi oscuro corazón,
al sentir mis tristezas tan ajenas,
se helaba de congoja entre mis venas
viendo la impura representación
lejana de mis penas.
Cuánta felicidad me prometieron,
cuántos milagros mientras he esperado
que retornen estando yo a tu lado
no vanas mas hermosas como fueron
en mi amor conjurado.