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Poemas con el hijo – Juan Gelman

   Dice la palabra poesía por primera vez

¿Sabes el tiempo, todo el tiempo,
entre esa palabra y tu tiempo?

¿Sabes el aire, todo el aire,
entre esa palabra y tu aire?

¿El mar, acaso, sabes, el dolor,
el amor, la tierra, la muerte,
sabes,
entre esa palabra y tus finísimos hilos?

¿Llegó hasta ti como una magia,
como una vejez de pronto?

¿Mojó con agua delicada
tu agua, la purísima, la quieta?

¿Te coronó de viva luz?
¿Puso en tu voz harinas dulces?

Quién dirá alguna vez lo que sucede
cuando dos niños se besan.


Pregunta qué es el agua

Olvido, olvido.

Un largo camino puro hacia el olvido.

Una joven memoria del olvido.

Una lágrima sola
mirando y olvidando lo que somos.

Lo que olvidó, lo que olvidó la muerte.

Hasta que la dijiste.

Que podrá ser ahora que tu temblor es dentro de ella.


Sonríe

¿Y alguna vez he sonreído así?
¿Fui como tú de luz, candor que tiembla?
¿Supe dar la mañana, confundirla,
equivocar al mundo?

¿Fui como tú despertador
de la ternura quieta? ¿Agua capaz?
¿Detuve al aire, al gran maestro?

La pureza más desnuda es en tu boca
y avergüenza.

Ángeles, ángeles.
Quien dice que los vio, nunca los vio.

El que los ve se canta para adentro.


Digo cómo lo quiero

Caminarás, caminarás.

Cielo, aire con nombre,
hijo a quien digo hijo sin saber,
sin comprender, y no,
cómo pudo ocurrirnos la pureza.

¿Qué agua secreta dimos a beber al amor?
¿Qué intocada sustancia
teníamos aún, qué cosa, qué,
pudimos dar acaso? ¿O el amor?
¿O el temblor de la dicha que soñamos?
¿O abril que regalaba su misterio?

Caminarás, en cambio.

Pondrás tus ojos a mirar el mundo
impuro, impuro todavía.

Mucho más que quererte:
suelo amarte con pena.

Los niños – Juan Gelman

Les agradezco estar, amanecer.
Puros, azules, limpios, asomándose
detrás de la camisa, con la sonrisa puesta,
el pájaro en su sitio, el asombro en su lugar.

Bajo sus delantales la ternura hace ruido,
y todavía creen en el aire,
en la flor, en el cielo, en los rincones.

¡Vivan! ¡Vivan los niños y su gran campana,
tocando a muerto, a hombre, cuando crecen!

Dejad entonces, ciegos, que yo vaya a los niños.

Al paso de los días – Enrique Molina

Durante cierto tiempo, sin saberlo quizás,
viví la vida cotidiana, en medio de moscas aberrantes
y gentes que decían "Buenos días", "Adiós"
o "Eres sin duda alguna miserable, y hasta cuándo
tu maldita costumbre de perder pie, tan lamentable".
Dedicado a trabajos absurdos, aunque a pesar de todo 
                            la vida cotidiana
fluía beso a beso, latido a latido,
no era ni luz ni 'sombra, y siempre había
personas muertas o remotas en el hogar.

                              Pero después
llegó la extraña vida, la insaciable, la insólita,
pendiente de un hilo, convirtiendo en pasión
toda cosa, en lugares de pájaros y olas,
                          quemándome las manos,
envenenada por el viento y el mar, una existencia
eminentemente escandalosa, con moscas y ruinas
y bocas que decían "Buenos días", "Adiós"
y extrañas ambiciones y maneras de morir,
todo exactamente igual a la vida cotidiana.

Ajedrez – Alejandra Pizarnik

todavía la enclítica no destruye
los peones reverentes ante él
millares de montañas
revientan exquisitas
delante del sol rojo
(no sol amarillo)
pensar innato en moldeadas rejas
torta trashumeante de vela sin fogón
quisiera ser masa lingüística
para cortarle la barba
ondas en preciosa lumbre
alzar bandera gratuita
kilómetros de nueces
y golpes en relevante torniquete

Humo – Alejandra Pizarnik

marcos rozados en callado hueso
agitan un cocktail humeante
miles de calorías desaparecen
ante la repicante austeridad
de los humos vistos de atrás
dos manos de trébol roto
casi enredan los dientes separados
y castigan las oscuras encías
bajo ruidos recibidos al segundo
los pelos ríen moviendo
las huellas de varios marcianos
cognac boudeaux-amarillento
rasca retretes sanguíneos
tres voces fonean tres besos
para mí para ti para mí
pescar la calandria eufórica
en chapas latosas
ascendente faena!

Agua de lumbre – Alejandra Pizarnik

                      Sí. Llueve...
el cielo gime montones desteñidos
sombras mojadas recogen sus trozos
cavidades barrosas tremendas
mezquinas gotas de agua sulfurada
si bien no sé cómo recojo las masas
de ver si me agita la pálida lumbre
tremendo espesor de perros y gatos
las gotas siguen