¡Maravillosos pájaros del alba!
Los musicales ramos
del aire, quietos. ¿Para quién
cantamos?
...Decís el cielo, lejana rosa
y violeta; en lo alto,
es azul, tiempo. ¿Para quién
cantamos?
La primavera secará sus flores.
cuando el amor vuele en el viento, el tallo
estará roto. ¿Para quién
cantamos?
¡Música dulce, oh voz de madrugada!
No he conocido lo que amo;
pero yo canto con vosotros,
¡maravillosos pájaros!
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Cansa la voz, que se deshace en pan,… – Paloma Palao
Cansa la voz, que se deshace en pan,
lengua de costumbre. Cansa
la concordancia
de fugacidades, que extienden
la mano sobre el peso
del tiempo, momento de lentitud
en la paciencia. Cansa
la ambigüedad
del beso —intercambio de necesidades—,
raíz de la luz en la inocencia, descubrimiento
de las exequias
de una a paz tolerable. Cansa
la inquietud de la mano, que arrastra
soledad en el tiempo: poseo
lo que se me entrega en la nostalgia
—tiempo sobre la razón que araña—. Esta es
mi senda
para alcanzar
la garganta de nieve del amor. Cuerpo el mío
disociado de la razón, canto imposible
de una unión pasajera.
Seguiré en pie – Samira Brigüech
El canto de tu voz,
tu llanto ciego,
el amor de mis luces
y tu gloria agrietada
han traído en las palmas
de tu inmenso destino…
su nombre.
¿Qué me has hecho Melilla?
El timón que gobierna
mi fe y mi Dios
me hace creer en los designios de mis lágrimas.
Evoco el infiel recuerdo
el contrato que firmé en mi cuna
y esas letras de oro que adornan tu nombre
y que debo venerar y que adoro,
pero debo confesarte, mi adorada melilla,
que la paz de mi alma
en tu seno no guarda mis desidias.
Un desierto inmenso,
abarrotado de calles grises,
aguardan en todos los rincones de mi senda,
queriendo inundarme en sus aguas muertas,
que no puedo vivir ni revivir. Porque aún no han nacido.
No tengo oídos a tu voz,
no tengo belleza alguna de tus rasgos,
no tengo odio alguno al barro que pisas,
cuando caminas alrededor de sus besos,
no amo y amo, aún sin saber…
¡Y tu voz de niño,
acaricia mis oídos, en mi sueño
y pasa y llega más allá de las fronteras
y atraviesa los océanos y las tierras extranjeras
y llega a la nada y muere de soledad!
Mi adorada Melilla, tus hermosas murallas
que me tienden la melancolía de todas las lenguas
que cobijas, me baña con este Mediterráneo eterno,
así como las piedras de tu cuerpo, y hace temblar sin querer
mis labios y mi virgen calor,
y me hace gritar ensordeciendo al mundo con mi orgullo.
¡Espero el deseo de tus pupilas que no me miran!
Y le gritó aún más,
arrodillada ante esta laguna
de lágrimas ardientes,
¡Melilla, aún te espero… ver
y encontrar más allá de la misma… y de mis logros!
Epílogo – Vanesa Pérez-Sauquillo
desde entonces, el día en que descubrí
el secreto de los vasos canopes
y fui vaso canope para ti,
y carne de gata disparada contra mujeres
con las que tú duermes y yo sueño
(amor, me confieso una rabia
de XIX dinastía. He masticado pelos
yo que fui flor de loto), dirás,
mucho ha llovido desde entonces,
pájaro de tormenta.
Y sin embargo no hay cobijo interior,
estoy mojada todavía
de aquel tiempo de furia extraordinaria,
de amor imperdonable,
bajo la lluvia equivocada.
Cuando el amor no dice la última palabra – Vicente Gaos
La tarde pastoral, de alterno cielo
rayos de tu tormenta desatados,
mas luego azul total, cielo amados,
me llena de pasión o de desvelo.
Asciendo así del tormentoso anhelo
a una paz de reposos entregados,
mas desciendo otra vez a los estados
mismos de que partí para mi vuelo.
Ay, esta indócil pleamar me inunda,
esta tarde frenética y liviana.
Déjame, pues, sí, deja que me hunda
en este frenesí de lluvia vana.
Luego me elevaré hasta ti, profunda.
Luego serás mi primavera humana.
Adelina, de paseo – Federico García Lorca
la mar no tiene naranjas,
ni Sevilla tiene amor.
Morena, qué luz de fuego.
Préstame tu quitasol.
Me pondrá la carne verde
-zumo de lima y limón-,
tus palabras -pececillos-
nadarán alrededor.
La mar no tiene naranjas.
¡Ay!, amor.
¡Ni Sevilla tiene amor!
He soñado contigo… – Susana March
He soñado contigo
sin saber que soñaba…
En la gran chimenea
crepitaban las llamas,
la tarde se moría
detrás de la ventana.
Te he visto en mis ensueños
como un blanco fantasma,
alto junco ceñido
al aire de mi alma.
Te he visto ennoblecido
por estrellas lejanas,
turbado por la fiebre
de mi propia nostalgia.
Sobre la alfombra, quieta,
te sueño arrodillada.
Te sueño como a un Príncipe
de los cuentos de Hadas,
como a un vikingo rubio
con escudo de plata.
¡Qué bien quererte mucho
hasta quedar exhausta!
¡Qué bien sentirme siempre,
–¡Dios mío!– enamorada!
Me da miedo el vacío
que me queda en el alma,
el frío que me hiela
cuando el hechizo pasa.
Yo quiero amarte mucho,
con un amor sin pausa,
con un amor sin término,
como los dioses aman,
como los astros, como
las bestias y las plantas.
Siento celos del leño
que acaricia la llama…
¡Igual me abrasaría
si tu me acariciaras!
Ahora en este encuentro – Enrique Gracia Trinidad
Cuando la fiesta del señor se acaba
y empieza la del siervo...
-quizá tan solo un niño sueña con el mar-
cuando ya desoladas las botellas ofrecen lo que no pudo
entrar en las frágiles copas...
Ahora es cuando entro en la partida, ahora
es cuando juego mi baza
y abro mi camisa.
Ahora,
cuando la noche vino a encamar al hombre del smoking
y la señora del collar y el traje supercaro
es una prostituta,
ahora que las acciones duermen en la banca
y el sereno es un búho taciturno.
Vedme bajar del humo de un cigarro o del perfume
de un frasco Made in France que se ha quedado
abierto en la consola.
Soy un nocturno pájaro sin sueño, me poso en el alero
de las torres, descubro vuestra noche,
hago de voceador, me infiltro en vuestro lecho
y voy dejando negras pesadillas en los párpados,
en los labios que alguna vez besaron,
que alguna vez besaron...
Desde las chimeneas sé lo que os ocurre,
desde los altos techos de técnica y lujuria
descubro a las parejas que se aman,
y a los que no saben qué van a comer cuando despierten.
Mi carcajada y mi llanto dibujan escalofríos
en todos los pijamas.
Pienso en mi amor dormido hace algún tiempo,
y en amplios butacones donde vivir no es ningún milagro.
Cuando viene la luz arrojo este cansancio
y enciendo un cigarrillo por el mundo.
Alguien me pide fuego y os puedo asegurar que no lo entiendo.
Dolor – Rocío Arana
DOLOR de ser contigo para ti
y no tener tus manos de silencio.
Dolor de ver la vida tan hermosa
desvestida de fiesta tras la lluvia
olor a pueblo, tierra, tulipanes
mojados en un patio blanco y rojo
y no tener un tú para contarlo.
Dolor de lo que fue, lo que no fue,
dolor de la callada por respuesta,
de tu llaga en mi boca derruida
doliéndome tu voz cuando callaste.
Dolor de ser feliz o de intentarlo,
dolor de ser feliz en este yermo
donde crecen las flores a deshora.
Mujer desnuda ante el espejo – Jaime Siles
Una mujer desnuda
delante del espejo
fluye por el cristal
anónimo del tiempo.
Flota en un mar de azogue
con su cielo hacia dentro
llevada por las olas
de su mismo reflejo.
Está ahí y no está
más cerca ni más lejos,
más allá de sus ojos,
más allá de su cuerpo.
Está siempre marchándose¡
y está siempre viniendo.
No se ha ido aún
y ya está de regreso.
Vuelve, se va y vuelve.
Vuelve y se va volviendo.
Borrada en la brisa
y en el color del viento.
Respirada, vivida
en el vaho soñoliento,
¿te creo o te imagino?,
¿te veo o te invento?
Tú, dentro del cristal,
y yo, dentro del tiempo,
sin poder encontrarnos,
sin poder poseernos.
Un relámpago rápido.
Un relámpago lento,
y nosotros, sumidos
en el son de lo eterno.