Y después de tener perdida lo mismo que un pomar la vida, —hecho ceniza, sin cuajar— me han dado esta montaña mágica, y un río y unas tardes trágicas como Cristos, con qué sangrar.
Los niños cubren mis rodillas; mirándoles a las mejillas ahora no rompo a sollozar, que en mi sueño más deleitoso yo doy el pecho a un hijo hermoso sin dudar...
Estoy como el que fuera dueño de toda tierra y todo ensueño y toda miel; ¡y en estas dos manos mendigas no he oprimido ni las amigas sienes de él!
De sol a sol voy por las rutas, y en el regazo olor a frutas se me acomoda el recental: ¡tanto trascienden mis abiertas entrañas a grutas, y a huertas, y a cuenco tibio de panal!
Soy la ladera y soy la viña y las salvias, y el agua niña: ¡todo el azul, todo el candor! Porque en sus hierbas me apaciento mi Dios me guarda de sus vientos como a los linos en la flor.
Vendrá la nieve cualquier día; me entregaré a su joya fría (fuera otra cosa rebelión). Y en un silencio de amor sumo, oprimiendo su duro grumo me irá vaciando el corazón.