PÁLIDOS bustos de belleza griega, como un largo espejismo quedaréis fijos en un lugar de mi memoria. Bebiendo un café insípido vislumbro las negras aves en el cielo. Hace frío y el mundo brilla tenuemente bajo la luz herida de septiembre. El tiempo se detiene en una calle, como un turista confundido, quieto ante el enigma mudo de una esfinge que custodia la entrada de la Acrópolis. Los griegos cincelaron un instante sobre el rostro inmutable de este mármol. Cierro los ojos y contemplo: todo tiene ahora la forma de mi sueño... Las nubes cubren los desnudos bustos mientras trazo la luz en estas líneas y agoniza el verano estoicamente sobre la superficie de las cosas.