POR el sendero de los robles rojos entra en el bosque hasta llegar al río antes que el indigente acorde de la lluvia vuelva a callar tus pasos. A tu descenso atiende, escapa al otro lado de tu cuerpo. Allí reposa. Entrégate de par en par a la intemperie en cada claro mientras rozas siempre el peligro de alzarte demasiado de las cosas. Antes que el aguacero llame en ti de nuevo ―sombra al tuétano, silencio al alma―, hunde tu sed en las orillas, congrega tu penumbra. En los zapatos llevas la tristeza de todos los caminos y ese frágil sopor de quien existe expoliando al crepúsculo un bárbaro sonido, su inhóspita esperanza. En ti se abre el instante de no ser o de ser lo otro: eso otro donde nunca eres. Reconoces el íntimo silbido de las hojas, sus aves escondidas. Venía por el bosque la noche de tu cuerpo y del insomnio. Te hurtaste a lo callado y no supiste. Ahora escuchas, nómada y cautivo desde el sendero de los robles negros como último sonido el del arroyo. No sabes la manera de estar en todo lo indecible.