POR el sendero de los robles rojos
entra en el bosque hasta llegar al río
antes que el indigente acorde de la lluvia
vuelva a callar tus pasos.
A tu descenso atiende,
escapa al otro lado de tu cuerpo.
Allí reposa.
Entrégate
de par en par a la intemperie
en cada claro mientras rozas siempre el peligro
de alzarte demasiado de las cosas.
Antes que el aguacero llame en ti
de nuevo ―sombra al tuétano,
silencio al alma―, hunde
tu sed en las orillas, congrega tu penumbra.
En los zapatos llevas
la tristeza de todos los caminos
y ese frágil sopor de quien existe
expoliando al crepúsculo
un bárbaro sonido, su inhóspita esperanza.
En ti se abre el instante
de no ser o de ser lo otro:
eso otro donde nunca eres.
Reconoces el íntimo silbido
de las hojas, sus aves escondidas.
Venía por el bosque
la noche de tu cuerpo y del insomnio.
Te hurtaste a lo callado y no supiste.
Ahora escuchas, nómada y cautivo
desde el sendero de los robles negros
como último sonido el del arroyo.
No sabes la manera
de estar en todo lo indecible.
Poesía de todas la épocas y nacionalidades