EL domingo por la tarde
la luz, incierta, vacila
como una puerta entornada
sobre la curva del día.
Los pájaros oscurecen
el cielo con sombras chinas,
bailan sobre el horizonte
y se alejan de mi vista.
Como un enigma, oscuro,
desaparece el domingo:
un sumidero de sombras,
pájaros en el abismo.
Y aquella luz tan extraña
que ahora miro tranquilo,
como se evoca, de pronto,
el rostro de un viejo amigo.