Lenta, olorosa, redonda, la flor de la maravilla se abre cada vez más honda y se encierra en su semilla. Cómo huele a abril y a mayo ese barrido desmayo, esa playa de desgana, ese gozo, esa tristeza, esa rítmica pereza, campana del sur, campana.
Yo creo mi forma.
Soy mi propio Dios
y mi demonio.
Alejaos figuras ya hechas.
Quiero el barro
la carne no modelada
el alba de la palabra.
Yo modelare su nada
su naturaleza esquiva.
Dadme la lágrima
y el suspiro.
Les daré forma,
cuerpo, luz.
Había una luna grande en medio del mundo
Era vieja de muchos años y flaca
Como si le hubieran estirado el cuero
Esta es mi muerte dijo
Si usted viera el gentío de ánimas
Que andan sueltas por la calle
Estoy aquí boca arriba
Pensando en aquel tiempo para borrar mi soledad
Me mataron los murmullos
Y se fue montado en su macho sin mirar hacia atrás
Dejándonos la imagen de la perdición
Él duerme
No lo despierten
No hagan ruido
Duró varias horas luchando con sus pensamientos
Tirándolos al agua negra del río
Y se fue desmoronando
Como un montón de piedras
Un hombre está tendido en la playa nudista del
Inconsciente
A esa hora de la noche en que salen dos soles
La parte mujer de hombre corre graciosamente hacia el
Agua
La parte hombre camina en dirección a la orilla
En la playa nudista del inconsciente
Las dos partes se bañan tomadas de la mano
El sol negro se baña en el horizonte
El sol blanco se pone al rojo vivo
La mujer y el hombre hacen el amor hasta el vértigo
Sus cuerpos luchan en la arena fosforescente
Y el firmamento se llena de aerolitos
Que se desplazan a la velocidad de la luz
Entré en la sala de baño
cubierto con la sábana de arriba
Dibujé tu nombre en el espejo
brumoso por el vapor de la ducha
Salí de la sala de baño
y miré nuestra cama vacía
Entonces sopló un viento terrible
y se volaron las líneas de mis manos
las manos de mi cuerpo
y mi cuerpo entero aún tibio de ti
Ahora soy la sábana ambulante
el fantasma recién nacido
que te busca de dormitorio en dormitorio
Estar sin ti es como estar sin música
sin Mozart sin Vivaldi
y sin el clavecín bien temperado
Estar sin ti es como si de pronto
un gran silencio despojara al mundo
del canto de las olas y del trino
del ruiseñor o la alondra en Verona
Estar sin ti es como estar sin música
ni de la tierra ni de las esferas
Aquella dulce muerte tu hermosísimo amor
Me ha traído a la orilla de este río nevado
De pronto en pleno invierno la descongelación
Descubre rosas rojas y bárbaras azules
Los pájaros helados se entibian sorprendidos
Un trino de color rosado pinta el cielo
A las diez de la noche: y un alba deslumbrante
Se levanta a deshora limpiándose las plumas
Aquella dulce muerte tu hermosísimo amor
Me ha rozado los ojos con su estela celeste
Y ahora en vez de lágrimas una constelación
De hipocampos dorados rueda por tus mejillas.
Lento voy con la tarde
meditando un recuerdo
de mi vida, ya sólo
y para siempre mío.
Y en el ciprés, que es muerte,
reclino el cuerpo, miro
la superficie blanca
de los muros, y sueño.
El sol da en la varilla
de hierro, y una sombra
señala en la pared,
lentamente la mueve.
Cierro los ojos. Llega
la brisa, gira las hojas,
roza mis sienes. Abro
nuevamente los ojos.
En la pared anida
la tarde oscura. Nada
visible late, rueda.
Callan el mar y el campo.
Muy despacio se mueve
el corazón, señala
las horas de la noche.
Lucen altas estrellas.
Vive por él un muerto
que ya no tiene rostro;
bajo la tierra yace,
como el vivo, esperando.
Llamarla mía y nada todo es uno
aunque naciera en ella y siga a oscuras
fatigando sus tristes espesuras
y ofrendándole un canto inoportuno.
Juré sus fueros en Guemica y Luno,
como mandan sus santas escrituras,
y esta tierra feroz, feraz en curas,
me dio un roble, un otero y una muno.
Y una mano —perdón—, mano de hielo,
de nieve no, que crispa y atiranta
yo no sé si el rencor o el desconsuelo.
Y una raza me dio que reza y canta
ante el cántabro mar Cantos de Lelo.
No merecía yo ventura tanta.
Deja que ascienda por tu río
que es mi río: el de los orígenes.
En él ya no hay orillas
que dividan las sangres
y hasta los lobos solo son las almas
que bajan al anochecer a beber en sus aguas.
Nuestro río tiene los ojos inocentes
de la cierva que lleva a su cría
en su vientre
y que, antes de morir, espera mansa
el disparo mirando fijamente con sus ojos
a los ojos del furtivo.
Este río no nace de manantial alguno
sino de un enjambre de cascadas
que se funden en un lago que es Dios,
pues siendo uno el lago representa
a todas las aguas.
Es la unidad de lo múltiple.
«Ya todo es uno y todo es diverso»,
nos dijeron los griegos,
y antes Lao Zi.
Ascendiendo río arriba no veo
a los nuestros, mas no nos olvidamos
de que el agua del río y nuestra sangre y la de ellos
son una unidad maravillosa.
Nuestro río nace de un sueño
de campanas hundidas,
de campanas de un pueblo sumergido
en lo hondo del lago
que suenan en la noche de San Juan.
Acaso sean quienes ya se fueron
los que en la lejanía ahora están tañendo
las campanas sonámbulas
para que no olvidemos que ellos fueron
los que lograron domar el hierro
y la madera rebelde de los robles.
Ellos hicieron resonar
los yunques en sus fraguas
hasta que lo más duro solo fue
serena agua que fluye,
hasta que del metal y la madera
saltó la luz.
Sé que Heráclito pudo referirse
a un río como este, del que fluye
belleza y verdad.
Siempre es el mismo y siempre será otro
para acabar perpetuándose
como ojo de cierva asustada,
como espejo del cielo.
El río nos recuerda que nosotros
nunca debemos conocer el miedo,
pues nos sustentan los castaños
y las hayas más duras
que se yerguen ligeras para dar
alas a nuestro espíritu.
Nuestro río son muchos ríos
y tiene muchos nombres, mas nosotros
solemos llamarlo en secreto
Valparaíso.