Tengo las manos muy tristes
y no sé qué hacer con ellas,
porque anoche me corté
los dedos en las estrellas.
Estaba pensando en ti,
en tus ojos estrellados,
y me pasé por la frente
los dedos enamorados.
Fue allí donde me corté,
en mi frente, con tus ojos,
y se me pusieron grandes
los pensamientos y rojos.
Hoy no he podido sembrar
mi tierra, mi agricultura,
y la comida me sabe
a tierra de sepultura.
Tengo las manos deshechas
por tus pupilas, mi amor,
por pensar en tus pupilas
y tocar su resplandor.
Su cuerpo es una aldea
donde yo me refugio cuando truena en el cielo,
y tiemblan los follajes de mis venas
y las agrupaciones de mi pelo.
Su cuerpo dulce y hondo
y sus dos brazos claros como ríos sin puentes,
donde me oculto con mis tempestades
y las constelaciones furiosas de mis dientes.
Vientos como caballos
me pisan todo el pecho de pan de amapolas
pero voy a su cuerpo
y su cuerpo me lava la sangre con sus olas.
Olas blancas y largas,
en cuyos precipicios y cimas espumosas
recobro mis batallas,
pero las que se ganan con caricias grandiosas.
Sólo su cuerpo dulce
en medio de estos días con sabor a ceniza,
y a semana nocturna
sobre la matutina tela de la camisa.
Su cuerpo dividido
en colinas, en valles, en boscajes, en nidos,
y prados de amapolas
donde hay niños oscuros y linajes dormidos.
Miel tibia, leche tibia,
y el rumor de la sangre bajo la piel delgada,
el rumor de la vida
bajo la piel desnuda y levantada.
Sólo su cuerpo dulce
para el mío de fibras y de zumos amargos, que ya está fatigado
de las noches oscuras y los caminos largos.
Poesía de todas la épocas y nacionalidades