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Dime que sí – Rafael Alberti

Dime que sí,
compañera,
marinera,
dime que sí.

Dime que he de ver la mar,
que en la mar he de quererte;
compañera,
dime que sí.

Dime que he de ser el viento,
que en el viento he de quererte;
marinera,
dime que sí.

Dime que sí,
compañera,
dime,
dime que sí.

Del barco que yo tuviera,
serías tú la costurera.

Las jarcias, de seda fina;
de fina holanda, la vela.

—¿Y el hilo, marinerito?
—Un cabello de tus trenzas.

Hastío – Juan José Domenchina

 Hastío -pajarraco		
de mis horas-. ¡Hastío!		
Te ofrendo mi futuro.		

A trueque de los ocios		
turbios que me regalas,		
mi porvenir es tuyo.		

No aguzaré las ramas		
de mi intelecto, grave.		
No forzaré mis músculos.		

¡Como un dios, a la sombra		
de mis actos -en germen,		
sin realidad-, desnudo!		

¡Como un dios -indolencia		
comprensiva-, en la cumbre		
rosada de mi orgullo!		

¡Como un dios, solo y triste!		
¡Como un dios, triste y solo!		
¡Como un dios, solo y único!

Toda mi ilusión… – Josefina de la Torre

Toda mi ilusión la he puesto		
en la espera de un mañana.		
¿Cómo vendrás? ¿Adornado		
de blanca flor de retama		
o de flor de pensamiento		
que de luto se engalana?		
¿Vendrás con rojas miradas		
o con pálidas miradas?		
¿Tendrás voz, tendrás sonrisa,		
o no me guardarás nada?		
¡Mañana, horizonte en niebla,		
fiel timón de mi fragata:		
hace tiempo que me llegas		
con las velas desplegadas!

Te dije… – Josefina de la Torre

Te dije aquella palabra
porque la sentí de pronto
inesperada,
y la cogí en los labios
intacta.
Tuve un momento la duda
de tu mirada.
Pero aquella palabra, 
¡qué caprichoso juego
de tenaces instantes
me dejaba!
Estaba aquí, segura, 
entre los dientes,
clara,
libre de la garganta.
Tú te quedaste absorto,
contemplándola.

Quisiera – Josefina de la Torre

Quisiera tener sujeta		
la naranja de la tarde		
así entre las manos, fresca,		
sin la piel rubia y brillante,		
tirabuzón de la luna		
peinado por mi cuchillo.		
Qué sabor a fruta nueva		
ha de tener en los bordes		
el mar, la arena y el aire.		
¡Qué deseo de partir		
en dos mitades la tarde!		
Cuando la noche se asome		
a su ventanal de cobre		
se tragará la naranja.		
¡Ay, niña desconsolada!

Noches – Josefina de la Torre

Noches sobre la playa: rumor de orilla fresca.		
Blanco batir de remos que la sombra sorprende.		
Sobre la barra grande los hachones de pesca,		
y un cuerpo perezoso que en la arena se tiende.		

En lo alto de la Isleta el faro gira y gira.		
Un denso olor a algas... Venus, la Osa Mayor...		
Rasguea una guitarra. Una mujer suspira.		
La brisa trae aromas de madreselva en flor.		

Y en las noches de luna, sentados en la acera,		
al ritmo melodioso de una antigua habanera		
lánguida y cadenciosa con su aire dulzón,		

evocar las figuras de la memoria mía		
(los padres, el hermano, Dolores y María)		
envuelta entre los pliegues de un viejo pañolón.

Qué alegría, vivir… – Pedro Salinas

Qué alegría, vivir
sintiéndose vivido.
Rendirse
a la gran certidumbre, oscuramente,
de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,
me está viviendo.
Que cuando tos espejos, los espías,
azogues, almas cortas, aseguran
que estoy aquí, yo, inmóvil,
con los ojos cerrados y los labios,
negándome al amor
de la luz, de la flor y de los nombres,
la verdad trasvisible es que camino
sin mis pasos, con otros,
allá lejos, y allí
estoy besando flores, luces, hablo.
Que hay otro ser por el que miro el mundo
porque me está queriendo con sus ojos.
Que hay otra voz con !a que digo cosas
no sospechadas por mi gran silencio;
y es que también me quiere con su voz.
La vida -¡qué transporte ya!-, ignorancia
de lo que son mis actos, que ella hace,
en que ella vive, doble, suya y mía.
Y cuando ella me hable
de un cielo oscuro, de un paisaje blanco,
recordaré
estrellas que no vi, que ella miraba,
y nieve que nevaba allá en su cielo.
Con la extraña delicia de acordarse
de haber tocado lo que no toqué
sino con esas manos que no alcanzo
a coger con las mías, tan distantes.
Y todo enajenado podrá el cuerpo
descansar, quieto, muerto ya. Morirse
en la alta alta confianza
de que este vivir mío no era sólo
mi vivir: era el nuestro. Y que me vive
otro ser por detrás de la no muerte.

La felicidad inminente – Pedro Salinas

Miedo, temblor en mí, en mi cuerpo;
temblor como de árbol cuando el aire
viene de abajo y entra en él por las raíces,
y no mueve las hojas, ni se le ve.
Terror terrible, inmóvil.
Es la felicidad. Está ya cerca.
Pegando él oído al cielo se la oiría
en su gran marcha subceleste, hollando nubes.
Ella, la desmedida, remotísima,
se acerca aceleradamente,
a una velocidad de luz de estrella,
y tarda
todavía en llegar porque procede
de más allá de las constelaciones.
Ella, tan vaga e indecisa antes,
tiene escogido cuerpo, sitio y hora.
Me ha dicho. "Voy". Soy ya su destinada presa.
Suyo me siento antes de su llegada,
como el blanco se siente de la flecha,
apenas deja el arco, por el aire.
No queda el esperarla
indiferentemente, distraído,
con los ojos cerrados y jugando
a adivinar, entre los puntos cardinales,
cuál la prohijará. Siempre se tiene
que esperar a la dicha con los ojos
terriblemente abiertos:
insomnio ya sin fin si no llegara.
Por esa puerta por la que entran todos
franquearé su paso lo imposible,
vestida de un ser más que entre en mi cuarto.
En esta luz y no en luces soñadas,
en esta misma luz en donde ahora
se exalta en blanco el hueco de su ausencia,
ha de lucir su forma decisiva.
Dejará de llamarse
felicidad, nombre sin dueño. Apenas
llegue se inclinará sobre mi oído
y me dirá: "Me llamo..."
La llamaré así, siempre, aún no sé cómo,
y nunca más felicidad.

Me estremece
un gran temblor de víspera y de alba,
porque viene derecha toda, a mí.
Su gran tumulto y desatada prisa
este pecho eligió para romperse en él,
igual que escoge cada mar
su playa o su cantil donde quebrarse.
Soy yo, no hay duda; el peso incalculable
que atas leves transportan y se llama
felicidad, en todos los idiomas
y en el trino del pájaro,
sobre mí caerá todo,
como la luz del día entera cae
sobre los dos primeros ojos que la miran.
Escogido estoy ya para la hazaña
del gran gozo del mundo:
de soportar la dicha, de entregarla
todo lo que ella pide, carne, vida,
muerte, resurrección, rosa, mordisco;
de acostumbrarme a su caricia indómita,
a su rostro tan duro, a sus cabellos
desmelenados,
a la quemante lumbre, beso, abrazo,
entrega destructora de su cuerpo.
Lo fácil en el alma es lo que tiembla
al sentirla venir. Para que llegue
hay que irse separando, uno por uno,
de costumbre, caprichosos,
hasta quedarnos vacantes, sueltos,
al vacar primitivo del ser recién nacido,
para ella.
Quedarse bien desnudos,
tensas las fuerzas vírgenes
dormidas en el ser, nunca empleadas,
que ella, la dicha, sólo en el anuncio
de su ardiente inminencia galopante,
convoca y pone en pie.

Porque viene a luchar su lucha en mí.
Veo su doble rostro,
su doble ser partido, como el nuestro,
las dos mitades fieras, enfrentadas.
En mi temblor se siente su temblor,
su gran dolor de la unidad que sueña,
imposible unidad, la que buscamos,
ella en mí, en ella yo. Porque la dicha
quiere también su dicha.
Desgarrada en dos, llega con el miedo
de su virginidad inconquistable,
anhelante de verse conquistada.
Me necesita para ser dichosa,
lo mismo que a ella yo.
Lucha entre darse y no, partida alma;
su lidiar
lo sufrimos nosotros al tenerla.
Viene toda de amiga
porque soy necesario a su gran ansia
de ser
algo más que la idea de su vida;
como la rosa, vagabunda rosa
necesita posarse en un rosal,
y hacerle así feliz, al florecerse.
Pero a su lado, inseparable doble,
una diosa humillada se retuerce,
toda enemiga de la carne esa
en que viene a buscar mortal apoyo.
Lucha consigo.
Los elegidos para ser felices
somos tan sólo carne
donde la dicha libra su combate.
Quiere quedarse e irse, se desgarra,
por sus heridas nuestra sangre brota,
ella, inmortal, se muere en nuestras vidas,
y somos los cadáveres que deja.
Viva, ser viva, en algo humano quiere,
encarnarse, entregada; pero al fondo
su indomable altivez de diosa pura
en el último don niega la entrega,
si no es por un minuto, fugacísima.
En un minuto sólo, pacto,
se la siente total y dicha nuestra.
Rendida en nuestro cuerpo,
ese diamante lúcido y soltero
que en los ojos le brilla,
rodará rostro abajo, tibio par,
mientras la boca dice: "Tenme".
Y ella, divino ser, logra su dicha
sólo cuando nosotros la logramos
en la tierra, prestándole
los labios que no tiene. Así se calma
un instante su furia. Y ser felices
es el hacernos campo de sus paces.