Archivo de la etiqueta: Poesia española

Piero della Francesca – Guillermo Carnero

Con qué acuidad su gestuario
pone en fuga la luz, la verticalidad,
la insulación de las figuras vuelve dudoso el símbolo,
hace abstracción del aire, censura de la flora,
sucumben los jinetes
al vértigo del tacto con su brillo.
No hay llaga, sangre, hiel: no son premisa.
Dormición de la sarga, crucifixión del lino;
última instancia del dolor celeste
angustia de la esfera, de los troncos de cono.
La geometría de los cuerpos
y la vaga insistencia de su enunciado único:
no hay hiel, la multitud
no es síntoma del mal, no es un signo del daño.

No estés triste‚ mi amor… – Jesús Aguado

No estés triste‚ mi amor‚
y si lo estás‚
que tu tristeza sea un modo de vengarte
de Dios y de las flores‚ de la alegría inútil
que debe ser la vida según ellos‚
y no estés triste nunca
por las cosas que pasan o no pasan‚
sino solo por esto: porque contempla la tristeza
desde lejos a Dios y a las flores y al tiempo
y nos lleva al lugar donde amar es posible.

Como el primer cigarro… – Luis García Montero

Como el primer cigarro,
los primeros abrazos. Tú tenías
una pequeña estrella de papel
brillando sobre el pómulo
y ocupabas la escena marginal
donde las fiestas juntan la soledad, la música
o el deseo apacible de un regreso en común,
casi siempre más tarde.

Y no la oscuridad, sino esas horas
que convierten las calles en decorados públicos
para el privado amor,
atravesaron juntas
nuestras posibles sombras fugitivas
con los cuellos alzados y fumando.
Siluetas con voz,
sombras en las que fue tomando cuerpo
esa historia que hoy somos de verdad,
una vez apostada la paz del corazón.

Aunque también los muebles
se hicieron a nosotros.
Frente a aquella ventana -que no cerraba bien-,
en una habitación parecida a l a nuestra,
con libros y con cuerpos parecidas,
estuvimos amándonos
en el primer bostezo de la ciudad, su aviso,
su arrogante protesta. Yo tenía
una pequeña estrella de papel
brillando sobre el labio.

Crepúsculo en el solar – Juan José Vélez Otero

Aquí cada tarde se llevan los bancos
y nunca encienden las farolas.
Los jaramagos mueren de lepra
entre las ortigas densas
y el paisaje agoniza en la luz
quemada de los cementerios dormidos.
Es muy posible, justamente lo es,
que después de esta hora
el sol se serene
y venga de nuevo una noche madura,
desnuda por el mar,
a traer la soledad
de las lápidas blancas
y el lamento lejano
de un fado en el crepúsculo.
La sal ha secado el terreno
adonde sólo llega el bronce
multiplicado y roto de las campanas,
el gesto de arena de la melancolía,
las alas crujientes de los pájaros muertos.
Aquí nunca encienden las farolas,
y el viento seco del desamparo
aúlla como un lobo solitario
y perdido
entre el salicor y las piedras.

Los dos sueños – Rosa Lentini

Un haz frente a la costa
y un fuego que arde en el espejo,
ambos guardan los recuerdos:
el primero enturbia el viento que encrespa
al mar contra las calles nocturnas,
región de plegarias susurradas
por nuestros ahogados,
sueño de vastedades y caídas
con anhelos de escapar o dolerse,
callado como un buril puliendo la arena.
El otro se nutre de un mar de cera, y arde.

Rápido en borrar huellas,
el mar hubiera envuelto el labio en su frío
si en otra noche, con otra sal en la piel
escociendo furiosa, hubiera suplantado los recuerdos
en una de sus mareas.
Para luego entregarse a ti sobre todos ellos,
al dormir las memorias
en la arena, o aún en la ceniza.
El mar antepasado,
moviéndose en su rutina,
sin gaviotas volviendo a casa,
sin misiones de encendidas preguntas,
la ola en su paso sobre la ola,
llevaría o traería un murmullo de gente,
rostros radiantes dejados atrás,
cuerpos en un mundo oscuro,
sin latidos de ausencia
en lo definitivo del adiós.

Con el tiempo, el suelo seca
voces vírgenes o recónditas
que nos contestan raspando las estrellas
con sus lenguas que la luna platea;
y bajo el palio de este cielo
pasa el viento la página
del centenario libro de registros,
al que acudimos una y otra vez
en busca de nuestros nombres.

Número seis – Pablo García Casado

me besa me desnuda hace de mí lo que quiere
estoy borracha todo me da vueltas tengo que ir
al baño dos veces para no vomitarle encima

se marcha temprano a toda prisa no hay despedida
nota justificativa o teléfono de contacto sólo dudas
todos los hombres son príncipes a las cinco de la mañana

todas las putas son tú cuando despiertas y no hay nadie

La voz de los muertos – Luis Rosales

Calla. Tienes que oírla. Es la voz de los muertos
polvo en el aire, polvo donde se aventa España;
abre a la luz los ojos que nunca amanecieron,
y las islas recuerdan que las unió la espuma,
y los mortales oyen:

                                     Ya la tierra no existe,
la tierra que reposa, como un niño, en las aguas,
la tierra expedientada que mantiene en el aire
la duración del ser frente a la muerte clara.

Todo está desolado como un lecho vacío.

No hay que llorar.
                                 No llores.
                                                    Escucha solamente
el ciego resbalar de la arena en el viento
cuanto tuvo sonrisa pertenece a la muerte,
y nace el resplandor en brazos del olvido.
¿Dónde está, tierra firme, tu sencilla entereza,
si los ojos del hombre, los ojos que llevaron
en su mirada amante toda la luz del día,
para siempre han perdido la memoria del tránsito
y reciben la luz como un túnel oscuro,
como una tierra estéril donde la mies se agota?

Y tú, ¿qué harás ahora? Tú, la España de siempre,
la vencida del mar, la pobre y la infinita,
la que buscaba tierras donde dar sepultura,
la que vuelve los ojos polvorientos al valle,
la España de ceniza, de espacio y de misterio
que nos brinda la sed y nos muestra el camino.
¡El amor de la muerte te quitó la hermosura,
y el mandamiento alegre de la espiga de trigo,
y el canto verdeante del ruiseñor, el canto
que acrecienta la efímera duración de las cosas,
y el espejo, o el cuerpo, de la mujer que amamos
por su evaporación de carne sucesiva!
¡Y aún descansa en tu frente la esperanza del mundo,
la unidad de las flores en el Cuerpo de Cristo,
la vigilia del agua que besa donde llega,
y derrama en los aires claridades y aroma!

Y tú, ¿qué harás ahora?
                                           Ya la tierra no existe,
y habrá que unir de nuevo la arena entre las manos
para soñar, de nuevo, con su contorno huidizo.
¡Tus muertos no descansan ni conocen su tumba!
Y tú, la España unida por el polvo, la España
que nació, alguna vez, del tiempo y la promesa,
Y tú, ¿qué harás ahora?
                                           Murieron los varones
cuya sola presencia cantaba en el silencio
llena de luz entera como el cuerpo del día,
quieta está para siempre la juventud del mundo,
quieta, sin movimiento que muestre su esperanza,
quieta tempranamente mientras la luna deja
su doliente esplendor sobre la carne joven.

Y tú ¿qué harás ahora cuando los muertos vuelven?
Sobre la arena sola, desnuda y sin rumores,
que consagró a los cuerpos su fervor silencioso,
sobre las aguas tristes que enlutaron la espuma
de sus olas en flor por los muertos que tienen
toda la mar de España por sepultura y gloria,
y de pie, sobre el viento melodioso y antiguo,
de pie, como murieron, ya sin peso en el aire,
vendrán todos los muertos al corazón del hombre,
vendrán a recordarnos la vida que tenemos,
la muerte que ganaron en penitencia súbita,
cansados de su cuerpo vendrán, y con la sangre
quieta, amante y vacía ya para siempre sola.

Y así en la tierra dura que el trigo amarillece
vuestro silencio ha sido la primera verdad.
silencio y luz de luna que la muerte hermosea,
silencio que ha de ser tierra para el arado,
¡gloria espaciosa y triste donde descansa España
su viril hermosura tan antigua y tan nueva!
¡Tierra de luto y sangre que crece con los muertos
y nos da nacimiento, costumbre y agonía!
Tierra que sólo brinda paciencia y superficie,
tierra para morir,
                                 deshabitada y loca.
¡Oh trágico destino de España, madre España!