Yo estaba envuelta en pieles negras y pieles blancas y tú me las quitaste y entonces me pusiste bajo la luz dorada y luego me coronaste, mientras fuera la nieve azotaba la puerta en dardos diagonales. Mientras un palmo de nieve caía como estrellas en fragmentitos de calcio, tú y yo estábamos en nuestros cuerpos (ese aposento que nos enterrará) y tú estabas en mi cuerpo (ese aposento que nos sobrevivirá) y al principio te sequé los pies con una toalla porque era tu esclava y luego me llamaste princesa. ¡Princesa!
Ay, entonces me incorporé con mi piel dorada y solté los salmos y solté las prendas y tú quitaste el freno y tú quitaste las riendas y tú quitaste los botones, los huesos, las confusiones, las postales de Nueva Inglaterra, la noche de enero a las diez, y nos elevamos como el trigo, acre tras acre de oro, y cosechamos, sí, cosechamos.