Libre y frágil y armónica,
liviana compañera,
paloma mía, vuela desvalida.
Asirte no, pero sí hacerte,
hacernos juntas
y el zureo sea un cántico
unísono, una nueva sinfonía,
un ritmo repetido,
entre la novedad y la rutina,
hacia adentro, anidada perdurable,
huésped de mi sonido más profundo,
en el tiempo enroscada
antes de alzar el vuelo
pronunciado, en la voz.
Ave de mí, palabra fugitiva.
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Muñeca rota – María Victoria Atencia
¡Qué me intenta decir tu deterioro? Vente,
muñeca frágil y doliente y herida,
sin faldones que cubran tu cuerpo descompuesto,
sin un alma mecánica que te cubra, desastre
de los años y el trato.
No me aparté de ti; nos apartaron
convenciones y usos: no era propio quererte,
y hoy pienso que otras manos te han mecido en exceso.
Allí estoy, proyectada en la luna… – Rosa Díaz
Allí estoy, proyectada en la luna
de mi cuenta hacia atrás:
pero ya no soy yo o yo no soy ahora.
Soy una extraña mía con una risa intacta,
con una piel intacta. Confiadamente nueva
y pisando los pecados capitales.
Y allí me dejo hoy. Me dejo.
Me hago peregrina de mi acervo interior
y me recorro, me hurgo y aprendo a conocerme,
a sacarme a la luz.
Y bajo la renuncia diaria y las claudicaciones
me he dado muerte pero me he nacido.
Quiero arrastrar el claro de luna… – Clara Janés
Quiero arrastrar el claro de luna
sobre las aguas de la noche,
ser en ellas remo de plata y surcarlas,
y confundirme luego con la estrella
que despierta el dormido camino de la luz.
Quiero entonces perderme
en un nimbo lejano y envolvente,
quedar fija amando en par de lo inasible,
sin ser notada,
y permanecer así
en el desolvido del día
Los conejos blancos – Martha Asunción Alonso
El primer conejo blanco que recuerdo fue una cría de gorrión
que nos cayó del cielo.
Era la época de la ductilidad y el miedo a la cicatriz:
cualquier duda de fe,
la varicela o el amor, podían dejarnos marca.
Las monaguillas lo metimos, igual que en un sagrario,
entre algodones, en una caja de quesitos,
dándole de rezar migas de pan.
Según cuenta la Biblia, le crecieron las alas esa noche:
el conejo debía ver el mar y nosotras debíamos
ser solas.
Por eso nos tocó, cada verano en fiestas de nuestra adolescencia,
el cordero blanquísimo en la rifa.
Les fabricábamos biberones con botellas
de Coca-Cola. Supimos, a cambio, de la higiene
sentimental del topetazo.
Y el balido,
a trotar en la búsqueda y no apartar
el llanto cuanto ante ti degüellen lo que amas.
Devorar, caníbales en defensa propia,
devorar el dolor
crudo que nos devora.
Luego del despertar…. – José Ángel Valente
Luego del despertar
y mientras aún estabas
en las lindes del día
yo escribía palabras
sobre todo tu cuerpo.
Luego vino la noche y las borró.
Tú me reconociste sin embargo.
Entonces dije
con el aliento sólo de mi voz
idénticas palabras
sobre tu mismo cuerpo
y nunca nadie pudo más tocarlas
sin quemarse en el halo de fuego.
Antes… – Almudena Guzmán
Antes,
nunca hubo el silencio necesario entre abrazo y abrazo
para advertir el parpadeo de esta guillotina
que hoy,
al rozar por sorpresa mi nuca con sus manos de lejía
me ha puesto los ojos amargos.
Yo misma no me oigo cuando grito.
Querría huir. Pero ya es tarde:
las sábanas se han convertido en agua cenagosa mezclada
con pegamento.
Y dentro de poco,
como esa cosa horrible siga detrás de mí
y usted continúe dormido,
me moriré de risa ante el retrato de Leonardo que tengo
enfrente de mi cadáver.
Mañana de ayer, de hoy – Jaime Gil de Biedma
Es la lluvia sobre el mar.
En la abierta ventana,
contemplándola, descansas
la sien en el cristal.
Imagen de unos segundos,
quieto en el contraluz
tu cuerpo distinto, aún
de la noche desnudo.
Y te vuelves hacia mí,
sonriéndome. Yo pienso
en cómo ha pasado el tiempo,
y te recuerdo así.
Fragmentos de un jardín (III) – Benjamín Prado
Un coche: el lento
oleaje de un tigre
salta el cercado.
Está el aroma
en la flor y no está:
luz sobre un vidrio.
El alba deja
los bosques planteados,
la luz vacía.
Mira las rosas
que la luna ha encendido,
más que a la luna.
Corta la flor
y que la noche caiga
sobre la noche.
Fragmentos de un jardín (II) – Benjamín Prado
Esconde un trazo
de paloma agrupada
la rosa blanca.
¿En qué consiste
un jardín? Luz confusa,
flores concretas.
Era un extremo
visible del olvido:
eso era el moho.
Noche de viento.
Junto al estanque, un seto
suena a agua fría.
Es simple: el hombre
es la raíz y el fruto
es el poema.