Penetra. Yo te escucho,
latido leve, pluma prisionera.
Penetra en este círculo donde arrojo mi vida;
donde me pongo en pie cuando abriendo los ojos
como un árbol sereno a la muerte me ofrezco.
Yo te escucho, penetra,
mi orilla empieza siempre y no se acaba nunca
sobre esta tarde limpia,
bajo esta tierra seca...
Date prisa. Te espero
...y no se acaba nunca.
Contra el sol del crepúsculo transparento mi muerte.
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País de poetas – Elvira Sastre
Hoy a España le han dado una paliza
—el último parte indica agonía—
y llora como un cachorro abandonado en la cuneta
mientras susurra llena de pánico:
Se están llenando mis puentes.
Y yo la miro
con los ojos llenos de justicia
y le digo:
Aguanta, te salvaremos los supervivientes.
En la calle solo queda viva un hambre feroz
que aterra:
el canibalismo de un capitalismo devorador.
Quien dice defendernos nos acaricia
y nos deja la cara llena de sangre:
un abrazo falso duele más que una puñalada…
y lo saben.
Quieren rajar nuestras gargantas
y nutrirnos de sus restos,
atar la libertad de pies y manos y lanzarla al mar
como quien ahorca con saña los derechos humanos.
Son culpables de todo este daño
y no saldrán indemnes:
este aullido en su oído pronto se convertirá en dentellada.
Seguimos siendo salvajes humanos
dentro de su circo,
pero terminará la función y destrozaremos su sonrisa de payaso.
Os estamos descubriendo
y la rabia fluye por nuestras venas
junto al hambre, la pobreza y la injusticia.
Quién os lo iba a decir:
cabe más humanidad en estos cuerpos
que mierda en todos vuestros discursos.
Hoy España huele a podrido,
aunque yo la siento más guapa que nunca
cuando bajo a comprar al mercado
en ese puesto que está a punto de cerrar
y me desean buen día
o cuando veo a un estudiante
ceder su asiento a una mujer con una pensión de mierda
que sonríe con esa resignación
de quien ha vivido de paz a guerra de paz a guerra de paz…
Parece que cada mañana el pueblo grita:
Nos quedamos para salvarte,
España.
Y el pueblo nunca miente.
Y vosotros escuchad,
soltad los hilos corruptos de vuestras manos
y mirad hacia abajo,
cerrad vuestra boca llena de humo negro
y abrid bien vuestros oídos viciosos:
solo aquel que no tiene nada
tiene todo.
Nos habéis convertido en el ejército más poderoso:
ese que no tiene nada que perder.
Y vamos a por vosotros,
armados hasta los dientes de valor,
escudados con una resistencia caníbal
y con un amor violento por la supervivencia.
Jamás debisteis usar a las palabras en vano:
vivís en un país lleno de poetas.
Pero habrá otras noches… – José Antonio Molero Bote
Pero habrá otras noches
para acariciar tu pelo
o tu mirada perdida.
Volverás de las cenizas
para alimentar a los espíritus
y dormiremos desnudos
sobre ese mundo no oral
que nos habíamos construido
en un bosque nocturno
de unicornios
y dríadas maduras.
En el daguerrotipo – Verónica Aranda
En el daguerrotipo
te distancias de mí.
Hay sombras de otro siglo.
Y frente al mar,
la hipnosis.
Y bajando hacia el mar,
los motivos florales
y los cuartos a medio construir
donde amanezco hablando de los bosques.
HORAS DE PAPEL – JOSÉ LUIS GARCÍA HERRERA
Vas juntando memoria a las palabras. Vas creando
al hombre que ya no está en ti: que vive en ti
pero con otra sombra, con otra mirada, con otra voz.
Ese hombre que recita en la sala en penumbra,
con los ojos cerrados, con los pies en aquella plaza
donde el sol del invierno defendía el rumor de los sueños.
Hoy caminas desde la memoria. Desde aquellos versos
que guardas en viejas carpetas azules, muy juntos,
reuniendo cada pedazo de ti, cada jirón de esa vida
que tan sólo existe en esas páginas, en esa memoria
que transforma la sangre en versos y las lágrimas
en horas de papel y voces en el alma.
Cada día es más larga la mirada. Cada día
más palabras se pegan a tu piel y escriben
la memoria de ese hombre que siempre va contigo.
El viento – Susana March
Todo ha vuelto a quedarse quieto
todo en su sitio y en reposo.
Va navegando por los días
la barca triste del otoño.
Fue allá, por la primavera…
Era un mundo maravilloso.
Tú llevabas el Universo
metido dentro de los ojos.
Te vi llegar como se mira
todo lo extraño y misterioso.
Sentí lo mismo que si un viento
me sacudiera por los hombros.
Luego partiste… Fue un segundo.
Mi corazón se quedó solo.
Ahora miro pasar la vida
como un reguero sobre el polvo.
Compañera de celda – Ana Merino
No me obligues a vivir
como si cada instante
fuese la tarea acumulada
que dejamos para el último minuto.
Si quieres ser mi cuerpo
no me robes la calma
ni la penumbra de la tarde
que nace tras la bruma
de un bosque encantado.
He huido tantas veces de ti,
pero siempre estás a mi lado.
Tus rodillas y mi forma de llorar,
tus manos y mi sudor,
tus ojos y mi mirada.
No me obligues a vivir
pensando que no tienes ganas
de hacerte vieja conmigo,
que existo en ti por inercia,
que no te importa que me duela
saberte tan frágil.
He tratado de ignorarte,
de evitar la sensación
de tus dedos
cuando sienten la extrañeza
de unos síntomas grises.
Mi angustia
como un aliento fantasma
se aferra al sueño de la vida
y aprende a sonreír
con tu boca a los médicos.
Si quieres ser mi cuerpo
déjame adormecerme en tus párpados,
soñar que somos una sola,
y tú no me traicionas
en la mesa de un quirófano,
que vas a despertarte conmigo
de la misma pesadilla,
que vas a sentirme
más viva que nunca en tu garganta.
No me obligues a madurar
aprendiendo a leer
el mapa de cicatrices de tu cuerpo,
no quiero reconocer otra herida
ni que confundas
el desamor con las enfermedades
y sus nudos de fiebre.
Que no pague tu cuerpo mis pecados
en el naufragio azul de los océanos,
que la distancia sea
un reloj de metal y una tarde de nieve
donde la vida quiera
aprender a besarme en tus labios.
ANGELITOS AL CIELO – ANTONIO ROS DE OLANO
En casa del gitano
se escuchan jácaras…
¿Es boda o nacimiento?
¿Qué es lo que pasa?
Fijé la vista,
y asomaron en grupo
niños y niñas.
Les marcaba el origen
la tez morena;
conforme iban saliendo,
paraban fuera.
Formaron calle,
y anduvieron y anduve…
Ellos delante.
Al son de castañuelas
y de panderos,
cantando iban alegres…
¡Era un entierro!…
Seguí, y callaron
al traspasar la puerta
del camposanto.
A orilla de la zanja,
donde los pobres
caben, chicos con grandes,
hembras con hombres,
y caen todos,
a medida que llegan,
unos sobre otros;
allí, carne con carne
de los dos sexos,
cama sin sensaciones
de amor ni tedio,
en donde duermen
los que tanto rezaron,
sin que ya recen;
a orilla de la zanja
paró el concurso,
con la caja y el cuerpo
de su difunto…
¡Las crïaturas
llevaban otro niño
muerto en la cuna!
«¡Angelitos al cielo!»
gritaron todos,
y el menudo cadáver
cayó en el foso:
fue dando vuelcos,
y quedó boca abajo,
besando el suelo.
Como vino a este mundo
la crïatura,
del mundo se marchaba:
¡toda desnuda!
La abrigó el polvo;
manto que arropa a humildes
y poderosos.
Ya que la madre tierra
tuvo en sus brazos
el yerto cuerpecito
de ella formado,
vuelto a Triana,
el infantil cortejo
entró en la casa.
Ataúd que va y vuelve
cuando es de pobres,
pero, en vida del niño,
vaso de flores…
Tornar veían
padre y madre la triste
cuna vacía.
Águila de anchos ojos,
ávidos, fijos,
cuando llega y se lanza
sobre su nido;
leona enferma,
cuyo rostro tapaban
ásperas greñas;
la deshijada madre
del angelico,
de aquella pobre cuna
miró el vacío…
Todos bailaban…
¡Y ella sola vertía
mares de lágrimas!
Cuerpo – Antonio Martínez Sarrión
Se intentó lo posible, lo imposible:
negarlo, sublimarlo, resaltar su vigor,
su decaimiento.
Soldar la intolerable dualidad,
exaltar en las artes sus más bajas funciones
a fin de redimirlo una vez cuando menos
de los grilletes de la opacidad.
Fue inútil. Ahí está marcando el paso,
imposible es poner cotos a un fundo
lluvioso, soleado, sibilante, en silencio.
Es igual: terco siempre y correoso,
reñido a muerte -sólo ésta fatal-
con cuanto aspire a límite o a cifra.
Resurrección – Antonio Gracia
Cuando yo muera quiero
que olvides que existí.
Estaré en tu memoria,
la que no recordamos,
la que nos hace ser
quien somos porque fuimos.
En tu cuerpo, mi piel
continuará abrasándote.
Viviré en tus entrañas
y estaré en las palomas,
dondequiera que mires
y no esperes hallarme.
Por eso yo te digo
que cuando muera quiero
que me olvides, que abraces
los cuerpos de otros hombres
que te sigan amando
con la furia del tigre
y el tacto de las rosas.
Piensa que si viviera
querría oír tu risa
y saber que en el mundo
permanece el aroma
de tus senos de mar
y tus muslos de escarcha
y el orgasmo estridente
de la creación forjándose.
Escúchame, alma mía:
déjame que me vaya
sabiendo que mis dedos
moldearon tu carne;
que mi vida creció
en tu vida y que existo
a pesar de la muerte
en la vasta armonía
de la existencia: tú.