Quisimos jugar
a hacer del invierno
una excusa para quitarnos la ropa
y terminamos haciéndonos la cama,
un día,
y otro,
y otro,
y ya era primavera en nuestra cara.
Intentamos
dejar de mirarnos
anteponiendo nuestros miedos
a las ganas,
pero entonces nuestros ojos
se encontraron con todos ellos
cruzando la calle,
de la mano,
y no volvimos a verlos.
Pretendimos
controlar cada latido,
pausar el pecho cuando se hacía de día,
malgastar el corazón a la primera
para no dejar poesía en el tintero.
Dormimos dándonos la espalda
en vez de las buenas noches
en un intento
de matar al amor,
pero nos levantamos sin ropa
envueltas en un abrazo desnudo
que seguía el compás
de un beso con lengua entre dos bocas
llenas de ternura,
y aquel despertar
fue como abrir la ventana
y el corazón con ella.
Simulamos
anteponer la carne al cariño,
reducirnos a cuatro manos
llenas de polvos mágicos,
regalarnos un par de noches
y bailar con el amor en otras camas.
Pero entonces nos descubrimos
buscando nuestra cara por la calle,
el café de media tarde
empezaba a saber a un día entero
entre las mantas de tu cama,
desaprendí a dormir
si tu voz no me decía esa noche
que el día siguiente nos veríamos,
todas las paredes de mi casa protestaban por tu ausencia
y cada reparo comenzaba a diluirse
por las paredes de mi espalda
cada vez que me acariciabas el pelo
y me decías que besarme
era como una nube.
Y entonces yo,
en vez de bajarte el cielo,
te subí a él.
Nos quedamos aquí,
te dije.
Seamos una estrella
que se cumple.
Nunca tuve tantas ganas
de ponerle a mi rutina tu nombre
como ahora.
Es como añadirle una exclamación
a un puñado de frases corrientes.
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Dos sueños – Noni Benegas
Tomo un libro de la mesa de novedades, y al abrirlo caen unas páginas.
Intento recuperarlas para volverlo a armar. La gente se vuelve y mira.
Me oigo decir: lo compro de nuevo... ¿cuánto puede costar? Responden:
carísimo; son libros importados y valen un dineral.
Al cabo me entero de que ese cuadernillo que se soltó
es el correspondiente a mi vida. El resto es de otros autores.
*
Iban a hacerla desaparecer a la manera egipcia. El detalle era
que le cortaban la mano derecha por haber sido una letrada.
Escondían el cuchillo dentro de un pez color plata abierto a lo largo,
y lo llevaban hasta donde ella estaba.
Luego, veía cenizas en una urna. Pero no la mano.
Pensé que igual seguiría viva, tecleando.
Deriva – Gabriel Celaya
Son poemas, poemas;
son los entusiasmos que para bien nos mienten,
los hundimientos siempre superables,
los errores que quizá no sean errores.
Es el motor de explosión «hombre»,
los fácil-felizmente caprichos sucesivos,
la melancolía con demoras sensuales,
unos versos, restos de cierta hermosa anchura.
Son los grandes gritos por pequeñas causas,
una amada, el deseo que al fin dice su nombre,
y una fecha, un lugar, un sobresalto:
Dios fotografiado al magnesio.
El brillante delirio de una rosa impalpable,
el yo que ahora resulta que realmente existe,
los mil fuegos cambiantes de un anhelo sin meta:
un ala retenida, pero que palpita.
Son las cabezudas evidencias de un niño
hidrocéfalo y tierno que, triste, sonríe;
las muchachas que mueren porque son impalpables,
las balanzas nocturnas, casi musicales.
Aquí peticiones de principio cantan.
Días suman días; yo derivo versos,
versos engañosos que no acaban nunca;
versos que quisieran morderse la cola.
Resbalo en mí mismo cambiando de nombre,
cambiando de forma, cambiando el futuro.
Es el amor —se entiende— o bien —no se entiende—
la libertad abierta: vivir de entregarse.
Julia – Luis Alberto de Cuenca
Mientras haya ciudades, iglesias y mercados,
y traidores, y leyes injustas, y banderas;
mientras los ríos sigan vertiendo su basura
en el mar y los vientos soplen en las montañas;
mientras caiga la nieve y los pájaros vuelen,
y el sol salga y se ponga, y los hombres se maten;
mientras alguien regrese, derrotado, a su cuarto
y dibuje en el aire la V de la victoria;
mientras vivan el odio, la amistad y el asombro,
y se rompa la tierra para que crezca el trigo;
mientras tú y yo busquemos el medio de encontrarnos
y nuestro encuentro sea poco más que silencio,
yo te estaré queriendo, vida mía, en la sombra,
mientras mi pecho aliente, mientras mi voz alcance
la estela de tu fuga, mientras la despedida
de este amor se prolongue por las calles del tiempo.
La señal – María Victoria Atencia
Plenitud fuera esta levedad.
Hondos cuencos
me ofrecen aún el oro de su fruta.
Tomad mis manos: siento el frío entre las vuestras,
o ardo enseguida, y vivo, pues engendré belleza.
Y aliento —o finjo— aún, y tan profundamente que me puedo
saber huésped de vuestros días aunque lleve en los labios la
señal de otro beso
por el que, en cortos trechos de alquitrán y pizarra,
los pájaros de nácar abatidos
incendian la distante orilla del verano.
Hoy – Ángel González
Todo lo que yo tengo de animal,
de vertebrado,
de mamífero,
hoy se adueña de mí con descaro exultante.
Hoy no tengo razón, y estoy contento.
¿De qué me serviría,
salvo para evaluar ciertas catástrofes?
No pienso, luego existo
a duras penas, malamente,
qué voy a hacer, paciencia.
Soy esto
-dice o casi relincha, desafiante, mi cuerpo-
y nada más que esto:
cuadrumano o solípedo
y poca cosa más: sedentario, nocturno.
Y ya es bastante.
Si me quedara ánimo trotaría por los campos
como un caballo joven bajo la luna llena.
Pero no tengo fuerzas;
igual que un elefante centenario
-vertebrado, mamífero-,
me voy por una senda sin regreso.
El origen – Rafael Guillén
Yo sólo puedo hablar, amigos, cuando
algo como una lluvia, desde dentro,
pero también cayendo dentro, pone
por mi manera de mirar, y pone
por el cauce de entrada o de salida
al exterior del sentimiento, un velo
de agua, o luz, o niebla,
o, yo diría, algo
como una mano de agua, una mano
lúcidamente opaca, que recoge
suavemente las externas formas
de ver, o de pensar, también las formas
de ver, y las sitúa
junto al mismo brocal a donde asoma
de vez en cuando mi palabra. Entonces
puedo decir: estoy lloviendo; yo
estoy lloviendo, aquí. Esta es la hora
del poema.
Sucede
que esta lluvia, o manera, o ser en sí
que condiciona mi salida, nace
de un océano extenso original
al que vierte el dolor —porque el dolor
también es agua— y nace
de originales lagos diminutos,
bajo los manantiales o cascadas
de la dicha. En su doble,
desigual procedencia, esta lluvia,
o mano de agua, o fondo neblinoso
que engendra la palabra, que es palabra
anticipada a los sonidos o ecos
que consigue de mi oquedad, ya hereda
un más alto legado doloroso.
Yo empiezo a hablar, o como
quise decir, si tomo formas, modos
de ver que me presenta el agua
desde dentro, yo empiezo
a llover, y contemplo cómo afuera,
ajeno y lejos de este velo umbroso,
el tema o el suceso toma cuerpo
por sí mismo y se forma
independiente de mi lluvia, pero
sustentado por su humedad o aliento.
Y puede ser que al cabo de una misma
manera, que es la mía, de ponerme
a mirar, siempre abrumado
por el agua, los seres
que se conforman a su amparo tengan
distinto germen natural.
Por eso,
amigos, sólo puedo
asegurar que algunas veces, pocas,
estoy en situación de lluvia, estoy
en personal estado de palabra.
Luego llega el poema, si es que llega,
por sí mismo; no siempre
con una misma intensidad, o modo,
o razón para ser. Y yo lo veo
alejarse. Esto es todo.
La túnica en el viento – Antonio Gracia
Miamada: eres la luz, y siempre has sido
la aurora de mis días, y la carne
y el pan de mi existencia.
Sacio en ti cuanta sed habita al hombre.
Tus labios, porque me amas,
tienen forma de beso.
La savia sexual ha florecido
más allá de nosotros, y su urdimbre
se extiende al infinito.
Oriundo del amor, orfebre tuyo,
te espero en ese prado inextinguible
en donde el horizonte se renueva
como eterna atalaya divisándose.
Llevo tus besos y tu piel conmigo
y te dejo mi amor mientras tú llegas.
Serás conmigo más allá del tiempo
y, más allá del túnel, nos veremos
luz otra vez tú de mis ojos, círculo
de mi sed, herramienta de mi vida.
Pensar en ti llena de lluvia el mundo
y lo inunda de hiedras y diamantes.
Recuerda que te amé, que soy un niño
esperando tu amor para nacer.
Y si no vivo, víveme en tu boca,
resucítame tú, sé mi destino.
Ir y quedarse, y con quedar partirse,… – Lope de Vega
Ir y quedarse, y con quedar partirse,
partir sin alma, y ir con alma ajena,
oír la dulce voz de una sirena
y no poder del árbol desasirse;
arder como la vela y consumirse,
haciendo torres sobre tierna arena;
caer de un cielo, y ser demonio en pena,
y de serlo jamás arrepentirse;
hablar entre las mudas soledades;
pedir prestada sobre fe paciencia,
y lo que es temporal llamar eterno;
creer sospechas y negar verdades,
es lo que llaman en el mundo ausencia,
fuego en el alma , y en la vida infierno.
La dulce boca que a gustar convida… – Luis de Góngora y Argote
La dulce boca que a gustar convida
un humor entre perlas distilado,
y a no invidiar aquel licor sagrado
que a Júpiter ministra el garzón de Ida,
amantes, no toquéis, si queréis vida;
porque entre un labio y otro colorado
Amor está, de su veneno armado,
cual entre flor y flor sierpe escondida.
No os engañen las rosas, que a la Aurora
diréis que, aljofaradas y olorosas,
se le cayeron del purpúreo seno;
manzanas son de Tántalo, y no rosas,
que después huyen del que incitan ahora,
y sólo del Amor queda el veneno.