El pasado es la constancia
de nuestro asombro,
el hueco de amor que deja
la experiencia en nuestro pecho.
(Sólo la infancia no tiene memoria
porque nada brilló antes que ella.)
Mi pasado es el saldo de lo nítido:
un aroma, un amor, una luna
sin cautela,
el viejo enigma en que amaneceré.
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Blues del nacimiento – Antonio Gamoneda
Nació mi hija con el rostro ensangrentado
y no me la dejaron ver despacio.
Nació mi hija con el rostro ensangrentado
pero me la quitaron de las manos.
Mi hija ahora ya va a hacer tres años
y habla conmigo y ella ve mi rostro.
Mi hija ahora ya va a hacer tres años
y canta y piensa pero ve mi rostro.
Yo ahora ya no me pregunto
por qué se ama a un rostro ensangrentado.
Poetas andaluces de ahora – Antonio Hernández
Salvo a Vicente y su callada riqueza
y salvo a Rafael y su escrutinio
de lo bello, nunca los vi. Porque la guerra
los puso lejos como un barco arrugado
en la memoria, no vi a Luis Cernuda,
ni a Federico, ni a Emilio Prados
o a Altolaguirre.
Ellos cantaban
la luz como los potros de mi pueblo
y extraían claveles de sus venas
astrales. Con mi edad, o mejor dicho
un poco más expertos en los astros
terrestres, se marcharon, con el ave
de la muerte o del exilio, a otros mundos
lejanos, perseguidos por la doble
sombra de la derrota para que,
de nuevo, se cumpliera el destino
de quien canta y quien ama.
(No los vi
y ahora serían amigos, a los cuales
cuesta trabajo visitar por miedo
a visitar la propia egolatría,
la de uno, la que al fin desaparece
con los versos de ellos.)
No los vi, y lo repito en un sollozo
con la herida cerrada, lo repito
con una salva póstuma de aplausos
y como un corazón para que todos
sepan que se recuerda con doliente
armonía a lo desconocido
que hace presencia en unos versos suyos
porque aparezca el Sur en la distancia,
habite el mundo entero, no disponga
la Tierra de lugar para otro sueño.
Para que, acaso, pueda contemplarlos
aún —no los vi— pues permanecen rotos.
Igual duran la gloria y la injusticia.
Ella y sus ojos – Pureza Canelo
Lo mejor de sus Ojos,
mi constancia.
Deprisa quieren madrugada,
mi ofrecimiento.
Si los miro
prendiendo fuego al vértice
crecen dentro, y hablan.
Lo mejor de sus Ojos
es un punto que comienza
en el asombro.
Y su hebra, a lo mejor
es la mía, que busca
la materia.
Va y viene.
Llamo al mundo. Se hace mundo.
Golpea, pero no a esta boca hiere.
Si lo hiciera, un brote de luz
bajaría
del paladar a los labios.
Es mi espacio de emoción
y la tela más pura
a mi único brazo.
Es la creación.
En la creación.
En sus Ojos.
Donde da la luz – Antonio Hernández
Se hace la pequeñez como un relámpago
que ilumina un instante cuanto observa
callado —cuanto
es parte de ella misma, también poco—
y entonces se engrandece.
Acaso sea
vivir para los otros nuestra forma
de ser el mundo entero, lo que existe
y lo que revelamos en el trance
del amor que nos crea.
Acaso crear sea
encender nuestras breves miniaturas.
Nueva Oda Elemental – Antonio Hernández
Reina del universo
que en todas partes te hallas
y en todas partes eres
aceptada, aplaudida,
flor de la discreción,
pulpa del sí que elogias
para se elogiada,
estrella de papel
de plata que perdonas
los pecados del mundo
con tu apariencia humilde,
cabeza de recato,
corazón de eutrapelia,
más feliz, orgullosa
de tu prebenda ignara,
iris de la modestia, sabes
que tan sólo arrastrándose
se llega al objetivo,
trepando al cielo,
al trono, de rodillas,
oh, tú, falsa, farsante,
diosa de bestsellers,
apártate de mí,
recluta esclavos lejos
de donde yo me encuentre,
que el espolique disfrazado,
el fámulo con máscara,
el siervo con librea
y el plagiario, el negrero,
el capataz, el cómitre
te amparen con su mierda
y con su látigo
y que te perpetúen
en tu reino, pues tú
misma eres su estampa
por mucho que te vistas
de sol, mediocridad,
mediocridad dorada,
luz de los académicos.
Abres los ojos y es una cosecha… – Antonio Hernández
Abres los ojos y es una cosecha
en la mañana nueva. En paz celeste
que quisiera bañar de alas el mundo
la pureza en tus ojos reaparece.
No cabe nada más en tu mirada,
que estrena y baña una luz inocente
con esa fe del río en los arroyos
y el lagar en las uvas de septiembre.
Acaso nada más, ni nada menos
porque no falta nada en lo que tiene
la plenitud del bosque al que la mano
del sol ha acariciado y ya se quiere
porque lo ha pretendido inexcusable
como explica el columpio a quien lo mece.
Si te dijera que te amo por mí,
que si te quiero es porque me quieres,
estoy seguro de que me oiría
sin escucharme, y sin querer creerme.
(Y sin que tú aceptaras pensar que esa
inocencia es tu embozo conveniente).
Porque el amor no admite que ha mentido
quien lo tejió, lo hizo de ignorar que
se quería a sí mismo. Y lo que es más
impúdico: tan sólo de quererse.
Dime oráculo – Pilar Adón
Dime Oráculo, Ser de las Adivinaciones.
¿Es siempre la hoja marrón una hoja marchita,
o puede ocurrir también, oh Oráculo, Ser de las Adivinaciones,
que la hoja marrón crezca fuerte y fresca, carnosa y viva,
como cualquier otra hoja verde, con ramificaciones blancas?
Dime Oráculo, Ser de las Adivinaciones.
¿Poseo una mano pálida y hábil para las enseñanzas de la tierra?
¿Poseo la capacidad de dar vida a lo inanimado?
¿O me veré relegada, como mis antepasadas, a engendrar,
a sentir en mi vientre los movimientos líquidos, lentos y densos,
de un ser creciente dentro de mí?
¿Podré tocar piedra y decir “Vive piedra”
y hacer que la piedra viva?
¿Podré poner la mano en río y decir “Avanza río”
y conseguir que las aguas fluyan sin sequía posible?
¿Podré traer al hombre de la camisa blanca de vuelta a este hogar
y decir “Hombre, vuelve y permanece”,
y lograr que me acune de nuevo
entre sus brazos de largo caminante,
sobre sus piernas de sagaz observador?
Estoy jugando a danzar entre las nubes y arañas de tierra seca.
Estoy jugando a buscar entre las rocas azules
tesoros de antiguas civilizaciones salvajes y crueles con los débiles.
Estoy jugando a hallar en las uñas negras de mis dedos
los restos de la tierra que penetro con las manos doloridas, sucias,
y cada vez más hábiles. Dime, Oráculo.
¿Dónde están mis manos, blancas,
capaces manos de acariciar los cabellos
de aquel que llegó por el sendero abandonado hasta la casa
que habitamos,
mientras me mecía
y me susurraba al oído canciones de un mar que no he visto?
¿Dónde están mis manos blancas mientras penetro la tierra
con estos sucios
y fríos dedos,
que no sienten ya el rastro de la arena entre ellos?
Te quiero porque tu corazón es barato – Pedro Casariego
Te quiero.
Te quiero
porque tu corazón es barato.
Yo soy un actor secundario
que se siente muy débil
porque no come lo suficiente.
Estoy ahí sentado,
sentado en una silla amarilla;
el suelo es amarillo,
está hecho de hojas muertas.
He olvidado mi papel.
Algún pájaro ha escrito en mi silla
el nombre de un actor importante.
El público está formado por miles de pájaros muy cultos
y espera ver algo grande.
Yo he olvidado mi papel
y mi piel de actor está llena de hongos;
estar plagado de hongos
y no comprar un tubo de pomada en la farmacia
hace que me sienta como un salvaje.
Pienso en la película
«Sangre sabia» de John Huston.
Pensar es muy trabajoso,
pensar es muy trabajoso.
Se me ocurre una frase bonita:
«La primera letra de tu nombre
es la letra de una canción,
y tus ojos son la música de esa canción;
tú estás muy guapa cantando la canción,
ni siquiera necesitas mis aplausos.»
Quisiera que mi sangre fuera sabia.
Mi sangre, todos los veranos,
busca heridas para salir a tomar
el sol.
Entonces, cuando las encuentra,
se seca,
como se secan las hojas de los
árboles y de los libros.
Tengo 25 años.
Si te revelo
este secreto de calendario
es para que comprendas
que estoy doblando una curva
y que tú puedes estar después de la curva
haciendo auto-stop.
Soy un hombre puro y huraño,
pero no soy amigo de Dios.
Reconozco, sin embargo,
que me gustaría hacerme una foto con Él,
aunque sólo fuera para salir en el periódico
y dejarte boquiabierta a ti.
Mírame:
debería estar fundando un hogar
y quiero ser atracador de bancos.
Tápame con una manta
y rompe el termómetro:
tengo fiebre
y tengo frío.
Soy puro y soy huraño,
pero no soy amigo de Dios:
Sus barbas me parecen demasiado
blancas, como si hubieran robado
a la nieve toda su belleza sin
dejar nada a cambio;
Dios es un jugador de ventaja,
un jugador muy importante,
un jugador
imprevisible.
Dios castiga y perdona porque sí:
puede que me ame
más que a los que Le aman.
Alguien ha grabado en mi espalda una boca azul.
Una risa que se derrumba cae desde la boca azul.
Pagaré una fortuna a quien borre el tatuaje.
Hoy prefiero una boca roja de mujer prohibida.
Estoy lleno de tatuajes:
mis recuerdos son tatuajes,
hasta mi pasado es un tatuaje,
cada mano en la mía es un tatuaje.
Me aparto cuando alguien se
acerca a mí.
A veces quiero que se acerquen los
A veces quiero que mi madriguera esté
vacía
porque mi corazón está vacío:
yo la vacio personalmente todas las mañanas.
Yo ya no tengo esperanza,
yo ya soy desesperación.
Veo cómo llegan los borrachos;
me asusto y me oculto
entre las botellas vacías, entre
los bares y sus luces perdidas para siempre.
Que olviden, que olviden:
yo no olvido;
que perdonen, que perdonen:
yo no puedo perdonar
la muerte agria de mis días.
Tengo miedo:
todos los bomberos llevan chistera
en este planeta de locura.
Aquí nadie puede escribir la palabra «flor»
sin querer cortarla.
Estoy sentado
y soy un actor mediocre.
El público es un cielo
que llama a las nubes
para dejar de ser azul.
Miro. Aquella papelera vacía
corrompida por su tristeza
quiere hablar con alguien.
Centenares de papeles rotos
hablan con el suelo amarillo.
Soy huraño. No soy puro.
No soy puro.
Odio.
Estoy harto de pasear entre ladridos,
de paseos entre ladridos
y semen en el pijama.
Confieso que soy
soledad sola.
Ella era una prostituta negra vestida con el peor de los gustos, era
grande como un hotel.
Reía con fuerza.
Yo no la había alquilado para que riera.
Ella estaba llena de salud.
Yo no estuve a su altura.
Me fui
humillado
con las manos en los bolsillos
fumando y jurando un poco
(quería parecer un héroe moderno):
cada esquina de la calle me dolía.
Las estrellas iluminan pero no ven;
su tragedia es dar luz y ser ciegas;
yo no sé si ilumino;
creo que a mi lado
todo se oscurece.
Espero que la noche que yo hago
sea una noche clara,
con una pareja de hogueras
y con un leopardo.
Estoy milagrosamente.
Estoy milagrosamente.
Estoy entre mis llagas.
Mi sangre no es sabia;
yo busco un manantial de sangre sabia:
ríos de sangre sabia
para regar mi cuerpo.
No creo en los ovnis:
he gastado mi fe
viviendo como una serpiente.
Mi pantalón es azul;
soy extraño y
siento desprecio;
me desprecio a mí mismo
cuando hablo tanto de mí,
porque yo desprecio a los que se desnudan.
Lucharé contra todos los que digan
lo que yo digo.
Mujeres gratis, mujeres que se pagan con un beso.
Existen. Las he perseguido;
son estrellas fugaces
son faroles
son tímpanos
¡valen su peso en oro!
son lápices
son tigres
son las mujeres de los tigres
son sombras de agua
¿qué son?
porque yo soy sangre.
UNA TARDE DE LLUVIA – NICOMEDES-PASTOR DÍAZ
Sobre el Betis tendidas como un velo
mira esas nubes deshacerse en llanto;
puras las rosas, su capullo en tanto
con más pompa y color abren al cielo.
Soltara, empero, el huracán su vuelo
y, so el crujir de su encendido manto,
gruesa avenida vierais con espanto
tronchar las flores y arrasar el suelo.
¡Así acontece al corazón, señora!…
Flor que con blanda lluvia de tristeza
balsámicos perfumes evapora;
mas si el cierzo desata su crudeza,
del torrente la furia asoladora
¡troncos deja no más…, cieno y maleza!