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La isla del dios – Luis Antonio de Villena

Un mar verde de sol,
bate en los altos roquedos
de esta isla; y en su parte
cimera, sobre senderos
de viñas y de olivos, y entre
el dulce perfume de la adelfa,
han levantado una estatua al dios.
Una estatua como un cuerpo
de oro, de torso delicado y movimiento grácil, con
el cabello oscuro, ondeando
al viento entre reflejos de luz.
La mirada perfecta se pierde
al horizonte, y la piel desnuda
del intonso muchacho, brilla
al sol y arde, como fuego en el mar.
Llegan los adoradores cada
día a la isla, pues el dios
en ella se muestra en todas partes, y parece ocurrir que no hay otra edad
allí, sino esta que descubre
relucientes torsos y armonías
cobrizas, y la elegancia
del ciervo que se mueve, convertido
en apretada cintura casi rubia.
(...)

Madrigal – Félix Grande

Palabra, dulce y triste persona pequeñita,
dulce y triste querida vieja, yo te acaricio,
anciano como tú, con la lengua marchita,
y con vejez y amor aprieto nuestro vicio.

Palabra, me acompañas, me das la mano, eres
maroma en la cintura cada vez que me hundo;
cuando te llamo veo que vienes, que me quieres,
que intentas construirme un mundo en este mundo.

Hormiguita, me sirvo de ti para vivir;
sin ti, mi vida ya no sé lo que sería,
algo como un sonido que no se puede oír
o una caja de fósforos requemada y vacía.

Eres una cerilla para mí, como esa
que enciendo por la noche y con la luz que vierte
alcanzo a ir a la cama viendo un poco, como ésa;
sin ti, sería tan duro llegar hasta la muerte.

Pero te tengo, y cruzo contigo el dormitorio
desde la puerta niña hasta la cama anciana;
y, así, tiene algo de pálpito mi lento velatorio
y mi noche algo tiene de tarde y de mañana.

Gracias sean para ti, gracias sean, mi hormiga,
ahora que a la mitad de la alcoba va el río.
Después, el mar; tú y yo ahogando la fatiga,
alcanzando abrazados la fama del vacío.

Conversación con Elisa – Luis García Montero

CUANDO cierres la puerta
y traigas en los ojos
la próxima derrota,
piensa que yo he perdido
más batallas que tú.
Cuando tu soledad
pese en las multitudes
y los indiferentes,
piensa que yo he vivido
más solo que tú.
Cuando nadie comprenda
la realidad de un sueño
herido por el mundo,
piensa que yo he fallado
más veces que tú.
Y cuando te avergüencen
por acudir al frío
de los que te llamaban,
piensa que yo he deshecho
más nieve que tú.
La vida nunca es fácil,
pero vas a entender
su corazón alegre,
tenaz y melancólico,
igual que yo.
Porque aparecerá
cualquier día del año
alguien mucho más joven
y más desobediente,
igual que tú.
Recibirás entonces
la mejor recompensa.
Todo tendrá el sentido
y una mirada limpia,
igual que tú.

Los sueños malos – Antonio Machado

Está la plaza sombría;
muere el día.
Suenan lejos las campanas.

De balcones y ventanas
se iluminan las vidrieras,
con reflejos mortecinos,
como huesos blanquecinos
y borrosas calaveras.

En toda la tarde brilla
una luz de pesadilla.
Está el sol en el ocaso.
Suena el eco de mi paso.

– ¿Eres tú? Ya te esperaba...
– No eres tú a quien yo buscaba.

El mal invitado – Pedro Salinas

Quedarme aquí
en esta casa
donde estoy de paso.
Y lo que cogen los ojos
con torpe prisa de avaro
—ángulo, relumbre en sombra,
hoja y cielo en la almohada—,
visto al fulgor del momento,
y lo agavillan ansiosos
para llevárselo,
verlo despacio,
a luz de sol y de luna,
a luz de estío y otoño,
a luz de goce y de pena.
Verlo tanto
que esto que me queda ahora
clavado e inolvidable
como el más alto cantar,
esto, que nunca se olvidará
en mí porque fue del tiempo,
de tan mío, de tan visto,
de tan descifrado, fuera,
eternidad, lo olvidado.

Pájaro del olvido – José Ángel Valente

Pájaro del olvido
jamás te tuve más cierto en mi memoria.

Vuelvo ahora
desde no sé qué sombra
al día helado del otoño en esta
ciudad no mía, pero al fin tan próxima,
donde el sol de noviembre tiene
la última dureza
de lo que ya debiera
morir.
     ¿Y es éste el día
de mi resurrección?

Las hojas arrastradas por el viento
apagan nuestros pasos.

Llego y ni siquiera sé muy bien quién llega
ni por qué fue llamado a este convite
tantos años después.

Madrigal a la ciudad de Santiago – Federico García Lorca

Llueve en Santiago
Mi dulce amor.
Blanca camelia del aire
brilla su tiniebla al sol.

Llueve en Santiago
por la noche oscura.
Hierbas de plata y de sueño
cubren la desierta luna.

Mira la lluvia en la calle,
queja de piedra y cristal.
Mira el viento desvaído
surco y ceniza tu mar.

Surco y ceniza tu mar,
Santiago, lejos del sol.
Agua de mañana antigua
temblando en mi corazón.

El lugar que tú ocupas – Elvira Sastre

Por suerte,
existes.

Y por suerte, también,
no solo existes,
sino que te colocas aquí,
justo al lado de todo lo que está lejos,
para estar cerca.

Y por suerte, aún más,
no solo existes
y te colocas aquí,
sino que es en ese exacto lugar
en el que me haces creer
que merezco habitarlo,
conocer los rincones que lo atajan
y saber mirarte también
cuando cierro los ojos.

Como un sueño.

Como el sueño que aparece
en el momento preciso
en el lugar que tú ocupas.

Sé tú mi límite – José Ángel Valente

Tu cuerpo puede
llenar mi vida,
como puede tu risa
volar el muro opaco de la tristeza.

Una sola palabra tuya quiebra
la ciega soledad en mil pedazos.

Si tu acercas tu boca inagotable
hasta la mía, bebo
sin cesar la raíz de mi propia existencia.

Pero tú ignoras cuánto
la cercanía de tu cuerpo
me hace vivir o cuánto
su distancia me aleja de mí mismo
me reduce a la sombra.

Tú estás, ligera y encendida,
como una antorcha ardiente
en la mitad del mundo.

No te alejes jamás:
Los hondos movimientos
de tu naturaleza son
mi sola ley.
Retenme.
Sé tú mi límite.
Y yo la imagen
de mí feliz, que tú me has dado.