Cantan. Cantan.
¿Dónde cantan los pájaros que cantan?
Ha llovido. Aún las ramas
están sin hojas nuevas. Cantan. Cantan
los pájaros. ¿En dónde cantan
los pájaros que cantan?
No tengo pájaros en jaulas.
No hay niños que los vendan. Cantan.
El valle está muy lejos. Nada…
Yo no sé dónde cantan
los pájaros -cantan, cantan-
los pájaros que cantan.
Llueve, llueve... Goterones
caen con fuerza. Un gran río
¡es mi calle sin navío!
Árboles son los balcones
que amparan a los obreros
que fuman. Y el capataz
aguarda el brillante haz
de luz. Y los barrenderos
se guarecen. Con sus botas
y sus cubos plateados
—brillantes pero enfangados—,
cristal son, que llora en notas.
Le llamaron folklore a la miseria
y reserva moral al abandono;
le llamaron virtud a la ignorancia,
pecado al horizonte...
Se desnudó de mar, y echó sus anclas
a lo interior Castilla;
su impulso de expansión trocó en amarga
lección de narcisismo, y, por creerse
señora de la luz, cerró ventanas
a la canción del viento y al mensaje
forastero del agua.
Y así vivió en sí misma la meseta,
como la luz de sus contornos, plana.
¡Oh anacrónica monja de clausura
que medita su calma rutinaria
protegida por tocas ancestrales...
oh arruga invertebrada!
Silencio de una tierra ardiente y vieja
que por caminos lentos se desangra.
Ya no atrapes el día -no se deja,
no es tan fácil ser dueño del presente,
persistir en la dicha o detenerla
para el trámite mínimo
de asignarle palabras.
Y ni al acariciar
las sienes o los pómulos o el pecho
que con furia deseas, cuando la luz parece
palparse con las yemas de los dedos,
estás lejos al fin de los vampiros:
la Utopía, el Vacío, la Memoria.
Amas para escribirlo solamente,
la dicha pide a gritos que un recuerdo
del futuro la abrace y la duplique.
No corras tras el día. Si no lo acosas puede
que se tienda sumiso
de noche en tu regazo.
Se rebela mi mano si la escribo,
me traiciona la lengua si la nombro,
se va de mascarada por las calles
la palabra que arranco de mi pecho.
La necesito aquí, junto a los míos,
en esta casa lóbrega y en este
momento de llorar, petrificado.
No quiero darle el pésame al espejo.
¿Qué le pasa a la gente que me mira?
¿O qué me pasa a mí si, como a un loco,
tapando la sonrisa me señalan
con un gesto de duda y aceleran
el paso? No comprendo lo que dicen.
No entienden lo que digo. Eso que veo
volando en torno a mí sé que es un pájaro.
¿Qué nombre le darán los que me niegan?
...de la misma manera, ellos pronuncian
«justicia», «libertad», «amor» y «patria»,
y sé que están nombrando algo distinto
de lo que esos vocablos significan.
¡Liberemos, amigos, el idioma!
Desnuda en su pureza la palabra
de la trampa social del adjetivo,
tendrá el mismo sentido para todos.
Serán las cosas todas para todos.
La noche de san juan
en la hora más ciega se aparece
coronada de rosas, como una llama blanca.
¿A quién festeja, a quién
busca encendida, a quién,
lasciva y dulce, entregará su boca?
Los que la vieron, sueñan
con camelias azules estallando en las manos,
con bambúes fragantes y caobas y garzas.
Pero Ella, que mana de Sí misma
y a Sí propia regresa,
lleva en Sí todo el vino,
toda la miel, el heno, la salvia y los enjambres
florecidos en ojos y en caricias.
Con el alma en las manos
la Magna, la Dichosa, ferviente sobre atlas
atraviesa la tierra,
porque Ella es el mundo.
No sé esculpir el verso, pues prefiero
la paloma que vuela a la que mira
su graciosa silueta cincelada
sobre un rico cristal.
Palabras en reposo no las quiero,
ni la belleza estática me inspira;
me gusta la que colma, derramada,
su cauce natural:
el grito de liberación del río
que invade el mar; el bosque cuando canta
su agreste sinfonía a toda orquesta;
la euforia del volcán...
y vuela desbordado el verso mío
para el hombre que lucha y que levanta,
sin que le estorbe el miedo, su protesta
con los que piden pan.
De los jardines mágicos, dolientes,
bañados por la luna y por el frío,
de indolente belleza refinada,
no brota mi canción...
delante del rosal, indiferentes,
corren mis pensamientos como un río...
mas nunca desatienden la llamada
que angustia el corazón.
Y así son las palabras que os entrego,
dictada por el ansia y la certeza
de que un día vendrá para el hermano
que hoy sangra de sudor...
palabras que os entrego con un ruego:
que las tiréis si, bajo su corteza,
no tropezáis con la caliente mano
rendida del amor.
Fugaz está la luz en mi turgencia,
fugaz en la mirada que me vuelve
paisaje enrojecido,
con un hombre a la espera
del aire que desplazan mis destellos,
cuando va la ciudad a hacerse noche
dejándose acunar por fuegos fatuos.
Los brazos vespertinos
me han rendido despacio, mientras sigue
la anónima mirada
vagando por las calles,
buscando mi turgencia
rosácea, que le alumbre mientras muere
su luz de cada día.
Pero este amor...
A veces me da miedo de este amor
que empuja,
que ciega,
que puede agarrotar mi mano en torno
de un pedazo de hierro, de un pedazo
de vida,
porque
con el amor a mil que están debajo
del pan que no les llega,
del aire que no rozan,
del ocio de otras manos,
debajo
de todo lo que infecta mi garganta,
puedo
llenar hasta los bordes,
apurar
una copa de odio
para el hombre entre mil a quien no amo;
puedo
odiar hasta que cruce al otro lado
–orilla de la vida –
al que descarga el látigo,
comprueba los cerrojos,
esconde los trigales,
se emborracha
de espuma sin saberlo:
sin saber que se embriaga con su sangre.
Mis versos no son míos: lo confieso.
Estaban en el borde del camino
cubiertos por el polvo,
muy lejos de la ruta
vertical hasta el cielo de mis sueños,
y apenas alcanzaban
la incierta ingravidez de mis sandalias...
(la mano en los bolsillos, y en el pecho
la canción y el sosiego,
las estrellas dictaban mi camino).
No supe descubrirlos
hasta el primer tropiezo:
cuando azoté la tierra con las manos
y la noche murió sobre mi espalda,
y sólo entonces supe
que entre el polvo y el barro se escondían
el manantial primero
que alumbra el río,
el río de incansable singladura
que vierte sobre el mar su propia entrega,
el mar que se alimenta
de su escena de amor sobre la playa...
Pero caí de bruces en el polvo
y me dolió la tierra,
y cuando nuevamente
me alcé sobre mí mismo y contra el cielo
y la noche volvió a tener su espejo,
mis manos ya no estaban
ociosas en el fondo del bolsillo,
y buscaban con gesto sorprendido
la causa soterrada
de la voz dolorida que se apretó en mi carne;
la palabra antes dicha
gota a gota de sangre, verso a verso,
con amor y dolor puesta en barbecho
a cada nueva siembra
por los hombres que hicieron el camino
para que yo pudiera recorrerlo.