QUIEN hace del dolor ajeno,
impasible,
rentable y vanidosa inspiración,
no debería pasar a la historia
ni como hombre ni como poeta.
Hombres y poetas hay pocos.
Raposas entre las viñas los más.
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Ellos,… – Almudena Guzmán
ELLOS,
juglares y trovadores,
también estaban allí.
Lo vieron todo
pero no hicieron nada
hasta el fin del asedio.
(Se rasgaron las vestiduras
y escribieron en mi honor
sonoros versos
que les abrieron las puertas
de palacio.)
Aquella palabra – Elena Martín Vivaldi
Encontrar la palabra extraviada,
huida entre la noche. Doblemente
de mí perdida. Lejos. Ciegamente
la busca el corazón desde su nada.
De las demás iguales desterrada,
tiene el secreto de mi voz. Y fuente
de mi sentir. La quiero como ausente,
como antigua caricia y arraigada.
Diría, yo, si viene, verdadera
mi canción, que en las manos ya me grita
realidad, luz y su emoción primera.
Aguardo —sol de niebla— y desespero,
si, olvidada de mí, falta a la cita
donde, en la sombra, su retorno espero.
Joven desnuda ante el espejo – Joaquín Márquez
No salgas que hace frío.
Deja a la noche donde está. Las fiestas
son un engaño torpe por el que se acostumbran
los cuerpos al cansancio. Quédate en ese aljibe
ahora que eres tan joven, ahora que no hay madrastra
capaz de conminarte a inclinar la sonrisa.
No salgas que han dictado leyes contra la música
de las ondulaciones, y cercenan gladiolos
por todas las esquinas. Que han abierto el olvido
y urgen, con agujeros, la piel de los zapatos.
No salgas. No te asomes al balcón
de ese traje de noche, o se te irán los pechos
a cazar golondrinas por el país del mirto.
Quédate en ese arroyo que se muerde la cola,
que desemboca y nace para ti y tu desnudo.
Deja sola a la noche columpiarse en su miedo.
Deja a los bailarines que desangren sus tangos.
Deja que el whisky archive su pena en los vencidos.
Déjale libre el día a tu ángel de la guarda.
Y sigue duplicándote para engañar al tiempo.
No salgas. No hagas caso de guiños fluorescentes.
Agárrate a ese espejo. Sujétate con clavos.
Si sales esta noche te morirás de prisa.
Que ya están escondidas por todos los rincones
las ancianas que vienen a mustiar los espejos.
EL BESO – PATRICIO DE LA ESCOSURA
Levantan en medio de patio espacioso
cadalso enlutado, que causa pavor:
un Cristo, dos velas, un tajo asqueroso
encima; y con ellos, el ejecutor.
En torno al cadalso se ven los soldados,
que fieros empuñan terrible arcabuz,
a par del verdugo, mirando asombrados
al bulto vestido del negro capuz.
«¿Qué tiemblas, muchacho, cobarde alimaña?
Bien puedes marcharte, y presto, a mi fe.
Te faltan las fuerzas, si sobra la saña;
por Cristo bendito, que ya lo pensé».
«Diez doblas pediste, sayón mercenario,
diez doblas cabales al punto te di.
¿Pretendas ahora negarte, falsario,
la gracia que en cambio tan sola pedí?».
«Rapaz, no, por cierto, ¡creí que temblabas!;
bien presto al que odias verasle morir».
Y en esto, cerrojos se escuchan y aldabas,
y puertas herradas se sienten abrir.
Salió el comunero gallardo, contrito,
oyendo al buen fraile que hablándole va.
Enfrente el cadalso miró de hito a hito,
mas no de turbarse señales dará.
Encima subido, de hinojos postrado,
al mártir por todos oró con fervor;
después, sobre el tajo grosero inclinado,
«El golpe de muerte», clamó con valor.
Alzada en el aire su fiera cuchilla,
volviéndose un tanto con ira el sayón,
al triste que en vano lidió por Castilla
prepara en la muerte crüel galardón.
Mas antes que el golpe descargue tremendo,
veloz cual pelota que lanza arcabuz,
se arroja al cautivo, «¡García!», diciendo,
el bulto vestido del negro capuz.
«¡Mi Blanca!», responde; y un beso, el postrero,
se dan, y en el punto la espada cayó.
Terror invencible sintió el sayón fiero,
cuando ambas cabezas cortadas miró.
La Infancia – Vicente Gallego
La infancia en mi memoria es un derroche,
una inmensa fortuna en el desierto,
una flor en las manos de un cosaco,
un tiempo en que creí no tener nada
y sin saberlo tuve lo más grande:
esa firme creencia en que los años
pondrían a mis pies el mundo entero.
La infancia se parece a esos regalos
que a los niños les hacen para luego,
diciendo que los guarden, que algún día
aprenderán sin duda a utilizarlos.
La infancia es un regalo que disgusta
porque uno no sabe de qué sirve,
y, cuando al fin lo entiende, ya lo ha roto.
Salinero – Rafael Alberti
...Y ya estarán los esteros
rezumando azul de mar.
¡Dejadme ser, salineros,
granito del salinar!
¡Qué bien, a la madrugada,
correr en las vagonetas,
llenas de nieve salada,
hacia las blancas casetas!
Dejo de ser marinero,
madre, por ser salinero.
Sueño del marinero – Rafael Alberti
Yo, marinero, en la ribera mía,
posada sobre un cano y dulce río
que da su brazo a un mar de Andalucía,
sueño en ser almirante de navío,
para partir el lomo de los mares
al sol ardiente y a la luna fría.
¡Oh los yelos del sur! ¡Oh las polares
islas del norte! ¡Blanca primavera,
desnuda y yerta sobre los glaciares,
cuerpo de roca y alma de vidriera!
¡Oh estío tropical, rojo, abrasado,
bajo el plumero azul de la palmera!
Mi sueño, por el mar condecorado,
va sobre su bajel, firme, seguro,
de una verde sirena enamorado,
concha del agua allá en su seno oscuro.
¡Arrójame a las ondas, marinero:
-Sirenita del mar, yo te conjuro!
Sal de tu gruta, que adorarte quiero,
sal de tu gruta, virgen sembradora,
a sembrarme en el pecho tu lucero.
Ya está flotando el cuerpo de la aurora
en la bandeja azul del océano
y la cara del cielo se colora
de carmín. Deja el vidrio de tu mano
disuelto en la alba urna de mi frente,
alga de nácar, cantadora en vano
bajo el vergel añil de la corriente.
¡Gélidos desposorios submarinos
con el ángel barquero del relente
y la luna del agua por padrinos!
El mar, la tierra, el aire, mi sirena,
surcaré atado a los cabellos finos
y verdes de tu álgida melena.
Mis gallardetes blancos enarbola,
¡oh marinero!, ante la aurora llena
¡y ruede por el mar tu caracola!
Epitafio – Eloy Sánchez Rosillo
Detened, caminantes, vuestros pasos.
Sabed que aquí reposa alguien que amara mucho
La hermosura del mundo: los árboles, los libros,
La música, el verano, las muchachas.
No preguntéis quién fue, ni desde cuándo
Es ya silencio, olvido de las cosas.
En la tierra que cubre sus despojos
Plácidamente descansad un rato.
Y proseguid después vuestro camino
Bajo el propicio sol que en su noche os desea.
Desnudo de mujer – Amalia Bautista
Para ti nunca fui más que un pedazo
de mármol. Esculpiste en él mi cuerpo,
un cuerpo de mujer blanco y hermoso,
en el que nunca viste más que piedra
y el orgullo, eso sí, de tu trabajo.
Jamás imaginaste que te amaba
y que me estremecía cuando, dulce,
moldeabas mis senos y mis hombros,
o alisabas mis muslos y mi vientre.
Hoy estoy en un parque donde sufro
los rigores del frío en el invierno,
y en verano me abraso de tal modo
que ni siquiera los gorriones vienen
a posarse en mis manos porque queman.
Pero, de todo, lo que más me duele
es bajar la cabeza y ver la placa:
«Desnudo de mujer», como otras muchas.
Ni de ponerme un nombre te acordaste.