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Voy a a arraigar en ti… – Ernestina de Champourcín

Voy a a arraigar en ti. Mis fuerzas más oscuras
remueven lentamente la tierra de tu alma.
Quisiera penetrarte y enraizar mi esencia
sobre la carne viva que nutre tu fervor.

Ahondaré en ti mismo y abrasará tu sangre
el fuego de la mía rebelde y soñadora.
Invadido por mí, derribarás la cumbre
que te aleja del cielo.

¿No sientes mis raíces? Tu tallo florecido,
ebrio de sí, eterniza mi cálida fragancia.
¡Irguiéndolo alzarás la copa de mi frente,
hasta volcar su zumo en los labios del sol!

Ante el mar – Antonio Lucas

Detrás de tanta noche hereditaria
un hombre mira el mar de espaldas a lo vivo.
Confía en la aventura
de no tener delante más párpado que el agua.
Es alguien asomado a su extremo más mortal,
donde todo se libera de sentido.
Un hombre ya sin gozo ni trofeo.
Un hombre con la voz desordenada,
con la piel de muchos años como un alcohol fingido.

Está mirando el mar donde el mundo no merece más pretexto.
Es uno de nosotros, visible en lo invisible.
Un cuerpo con sus glóbulos, su prodigio, su sonido,
con su verdad que llega a oírse.
Un hombre sabiéndose irreal cuándo aún se siente cierto.
Un hombre ya implacable, con su estatura de fiebre,
con su atlas de espumas,
con la vida un poco aparte y derramando olvido.

Es exactamente así:

Pues cuando un hombre observa el mar
amplía la nostalgia de sí mismo.

Si mi amor es tan cauto que, a buscarte… – Susana March

Si mi amor es tan cauto que, a buscarte, prefiere
aguardar en la sombra tu primera llamada,
si mi tímido anhelo sabe apenas decirte
con torpe lengua el verso que me dicta la sangre.

Si no sé darle nombre a esta hoguera en que vivo,
ni logro desprenderme de mis cansados credos,
y ahuyento entristecida los rápidos corceles
que habrían de llevarme a tu sueño, a tus labios…

Si soy así, tan pobre, con mi cuerpo encendido,
encarcelado al vago fantasma de mi miedo,
el alma hecha jirones, batiendo sobre ella,
los pecados del mundo, tercamente, uno a uno…

Ven tú que desafías leyes, prejuicios, miedos;
tú, que llevas la vida sobre los hombros, ancha,
tú que arrasas montañas, que desnucas el mundo
con tu fuerza de macho sin fronteras ni angustias.

Lo mismo que las otras, yo te estoy esperando.
Sellada está mi boca; sellada mi ternura.
-¡Oh Dios, cómo rebosa este fuego, esta llama!-
Rompe tú todo sello, desgarra, libra, entra.

El silencio – Isla Correyero

Todo el silencio de mi vida
está encerrado en un grano de ámbar.
Todo lo que callé y aún callaré
está escondido allí.

La sola voz desnuda que me obliga al secreto
y ni lágrimas vierte ni impaciencia,
en un punto negro dentro del amarillo fulgor
que el alma tiene,
una extensa planicie de oro en el desierto
esférica y helada
con un solo habitante en su interior:
un pájaro gigante, muy lejano
atrapado en la quietud de la resina
derretidas las patas por el tiempo
y la mirada ingenua del que muere inocente.

Todo el silencio cabe en un segundo
en un sueño
en una seña
o en el último estertor junto a otra boca.

Por eso escribo sin violar las leyes del silencio
con la tristeza en flechas arrancadas del labio
escarchada en cristales de azúcar y aguardiente
cual ramo de anís en la botella blanca
o faisana soñando solitaria
en los bajos espumeros de la sal.

Todo mi reino está rayado a esmeril
y es pasto del olvido
costa brumosa surcada de aguanieves
intenso mar que vive en mí
con la niebla y la sombra.

De sus playas extraje todo el ámbar
de mi azotado corazón, todo el silencio.

Iniciación – Chantal Maillard

Estoy creciendo de la nada.
Mis ojos tantean
la claridad difusa
mis manos
se posan y tantean
abro agujeros
mi cuerpo agujeros
en el cielo agujeros
tanteo las estrellas
agujeros que llueven
y es dolor
y el dolor penetra
mi cuerpo tantea
el dolor tal vez
el gozo
indaga
descubre el mí
mi boca dice
vuelvo sobre mí
misma y tanteo
¡es tanta la ceguera!
cierro los ojos
lo cierro todo
y de repente me abro
veo
veo lo que no hay
veo
estoy creciendo de la nada.

A las estrellas – Ángel de Saavedra (Duque de Rivas)

¡Oh, refulgentes astros!, cuya lumbre
el manto oscuro de la noche esmalta,
y que en los altos cercos silenciosos
        giráis mudos y eternos;

y ¡oh tú, lánguida luna!, que argentada
las tinieblas presides, y los mares
mueves a tu placer, y ahora apacible
        señoreas el cielo:

¡ay, cuántas veces, ay, para mí gratas,
vuestro esplendor sagrado ha embellecido
dulces felices horas de mi vida
        que a no tornar volaron!

¡Cuántas veces los pálidos reflejos
de vuestros claros rostros derramados,
húmedos resbalar por las colinas
        vi, apacibles, del Betis,

y en su puro cristal vuestra belleza
reverberar con cándidos fulgores
admiré, al lado de mi prenda amada,
        más que vosotros bella!

Ahora, al brillar en las salobres ondas,
solo y mísero, prófugo y errante,
de todo bien me contempláis desnudo
         y a compasión os muevo.

¡Ay! Ahora mismo vuestras luces claras,
que el mar repite y reverente adoro,
se derraman también sobre el retiro,
         donde mi bien me llora.

Tal vez en este instante sus divinos
ojos clava en vosotros, ¡oh, lucientes
astros!, y os pide, con lloroso ruego,
         que no alteréis los mares.

Y el trémulo esplendor de vuestras lumbres
en las preciosas lágrimas rïela,
que esmaltan, ¡ay!, sus pálidas mejillas
        y más bella la tornan.

No es sólo belleza – Samira Brigüech

¡Qué belleza volver a amanecer
adornado de chispas fugaces,
y a sus labios unir la lealtad
y la traición de la mar,
y el brillar y encender
del tiempo!

¡Qué belleza alentar
la lluvia y la tierra,
el sabor agridulce del invierno,
la sencillez de mi pueblo de pan,
con aquella su tenue fragancia
dorada de tantos y tantos lloros!

¡Qué belleza al despertarme
soñando con volver a sentir,
ver, gozar, de toda esta vida
esculpida en oro y plata pero que…
no es sólo belleza!

Lamento – Eugenio de Nora

¡Seguid, seguid ese camino,
hermanos;
y a mí dejadme aquí
gritando!

¡Dejadme aquí! Sobre esta tierra seca,
mordido por el viento áspero
—campanario de Dios
frente al derrumbe rojo del ocaso—.

¡Dejadme aquí! Quiero gritar,
tan hondo en el dolor, tan alto,
que mi voz no se oiga sino lejos, muy lejos,
libertada del tiempo y del espacio.

¡Dejadme aquí! Dejadme aquí,
gritando...

A Eugenio de Nora – Blas de Otero

Hay una rabia dentro de los ojos,
una rabia de Dios y de los hombres,
y de ti mismo y de mí mismo. Nada
es comparable a un mar que ya se rompe.

Que ya no puede más. Pero nosotros
insistimos, entramos por la noche
no con las manos, no, tendidas, nunca:
gritando a voces y llamando a golpes.

¡A fuerza de querer que se despierten,
palios de luz, penumbra de rincones,
todo, lo desgarramos, no queremos
limosna: manos no, garras insomnes!

Amigo mío, mi cansancio es bello.
Se parece a ese ruido de los bosques.
Cualquier día sabrás que me he callado,
como hice ayer, para inventar más nombres.

Tú y yo, cogidos de la muerte, alegres,
vamos subiendo por las mismas flores:
un manto rojo, en pleamar, el tuyo;
un manto verde, como el mar, el monte.

Apóyate. Ay, apoyémonos.
No te importe ser mástil. Que se ahonde
más, y que, hendiendo por el fondo, falte
arriba poco para hender los soles.

Aquí estoy expuesta como todos – Gloria Fuertes

Aquí estoy expuesta como todos,
con una mano ya en el otro mundo,
con una suave cuerda en la garganta
que me da música y me quita sangre.
Esto de escribir esto es horroroso,
—un día moriré de amar a alguien—,
lo llaman ser poeta y es ser santo,
nadie nos canoniza pero andamos,
con raras aureolas por las sienes,
por las noches a veces relucimos,
con invisibles seres conversamos,
apariciones múltiples tenemos
y dormimos sentados en la sala.
Nos desprecian los jefes, se nos ríen
detrás los empleados,
y los perros nos siguen por las calles.
Que yo tengo de santo y de mendigo
esto de amar a un ser sobre las cosas
esto de no tener nunca zapatos
y esto de que Dios baje por peinarme.